ABUELA COCA

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En febrero fui a visitar a mi abuela Coca al geriátrico. En ese juego de adivinar un poco quién era yo, me iba diciendo cosas confusas, preciosas, desarticuladas. En algunas ocasiones la desmemoria es una suerte de bendición, abuela. 

Ella un poco lo sabía, de hecho siempre se dio el lujo de trenzar sus historias de los modos más arbitrarios. Pero esto del Alzheimer era otra cosa y en este caso no parecía sufrir el hecho de no reconocerme del todo. Y yo tampoco. Al contrario, estaba claro que me conocía, que le era familiar, se entusiasmaba con ciertos gestos, pero no sabía exactamente quién era. Y yo tampoco. Nos permitimos jugar un poco: ella me pedía pistas y luego con esos retazos hacía collages descomunales y reiterativos que componía con materias que obtenía de distintos estratos sedimentarios.

No creo poder explicarme, pero me parecía por momentos que tenía ante todo ganas de conocer a ese extraño familiar que tenía frente a sí, conocerlo como una persona a la que se encuentra en un bar y por algún motivo nos atrae. Sabiendo que siempre habrá algo en común, pero sin la urgencia de que el reconocimiento lo arruine todo demasiado rápido.

Me miraba con sus ojos chiquitos, siberianos, azules, con un pequeño sector bien delimitado de color marrón. No estaba avejentada, la vi bastante bien, digamos que tenía ya casi noventa años. Y el geriátrico estaba muy lindo, pasando Camino de Cintura, ahí por Villa Luzuriaga.

Hubo dos o tres oraciones de mi abuela Coca que fueron de una lucidez atroz, esa que nuestra forma de habitar cierta coherencia en el lenguaje nos impide. Esa que solamente se puede decir cuando no se sabe bien lo que se dice, como a veces hacen los niños. El oído está tan acostumbrado a la mediocridad que ese tipo de nueva verdad no pasa desapercibida. Mientras la escuchaba y me avergonzaba de mi incapacidad para alcanzar un estado así, sabía que no iba a poder recordar esas palabras, que algo se jugaba sólo en ese instante. En algunas ocasiones la desmemoria es una suerte de bendición, abuela.

¿Por qué será que nos apresuramos tanto en querer ser reconocidos? ¿Por qué nos ponemos un poco nerviosos cuando no sucede? ¿Por qué nos miramos cómplices cuando alguien está transitando alegre en uno de los bordes del lenguaje? ¿Cómplices de qué delito somos? 

Todo esto sucedió, claro está, antes de que la pandemia convirtiera nuestras vidas en esta suerte de desencuentro absolutamente localizado en el que estamos. Perdidos, abuela. Fijos en nuestros puestos, como esos soldados de guardia que no quieren pensar demasiado en lo que moviliza la guerra de la que forman parte, absorbidos más que nada en conseguir una ración de tabaco a tiempo.

La vida es discontinua y multiforme. Está compuesta de caracoles chiquitos, de papeles de colores plegados, de frutos inconcebibles que hacen ruido al agitarlos. Son experiencias infantiles, asombros primarios de una sensibilidad que extraviamos cuando aceptamos las lógicas de la narrativa adulta. 

En tu caso, abuela, en mi recuerdo al menos, apenas te interesó la oportunidad de ser adulta. Estabas fascinada con los adelantos tecnológicos con una candidez digna de quien apenas los comprendía. Sabías muy bien que esa es la condición primera para que la fascinación tenga lugar: no comprender, esto es, hacer lugar a lo irremediable.

Por eso mismo leo las estadísticas de hoy. Se convirtieron en una suerte de obstinada forma de simular un dominio sobre una situación que no deja de excedernos. Dicen que durante este día en nuestro país hubo 67 fallecidos. Te busco en el último informe, el que completa el de la mañana: “13 mujeres en la Provincia de Buenos Aires (22, 92, 89, 96, 56, 86, 36, 60, 65, 91, 85, 67 y 91 años)”. Me pregunto si serás la tercera, no recuerdo ahora si tenías 89 o los ibas a cumplir en octubre, pero no encuentro a nadie de 88 años.

Quiero decir que no vamos a tener rituales mortuorios y que esa es una clara indicación de la barbarie en la que estamos inmersos. Quiero hablar de una muerte que no puede hacer comunidad, que aparece como un número más en la administración epidemiológica y es ausencia de abrazos familiares: cada cual llora en la soledad de su prisión blanda. 

Pero recuerdo ese último encuentro que tuvimos en febrero en el geriátrico, mientras el abuelo te tomaba de la mano y te miraba con ojos de adolescente enamorado. Vos tratabas de adivinar quién era yo, pero antes que nada jugabas con ese extraño que había ido de visita y te dejabas llevar por una memoria afectiva en buena parte fabulada. 

Pienso entonces en la necesidad de los rituales de despedida, en esas maneras que inventamos para compartir la desesperanza, pero me quedo más bien con la fascinación que producen los nuevos encuentros, con aquello que permite la incomprensión. 

Quizás esa sea la única definición posible de la muerte. La imposibilidad de nuevos encuentros. Hasta siempre, abuela.  



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Diego Singer
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Profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y Maestrando en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad en la misma Universidad. Coordina grupos de estudio de Filosofía abiertos a la comunidad. Dicta regularmente cursos para profesionales de la salud mental en diversas instituciones hospitalarias de la Ciudad de Buenos Aires. Es Profesor de la Diplomatura de Estudios Avanzados en Psicoanálisis (UNSAM) y Director de la Diplomatura en Subjetividad y Estado (UNLZ).

Diego Singer
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4 Respuestas

  1. Avatar
    Espacio Cultural Lineas de Fuga
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    . Dulces palabras Diego !!!!!, nuestro inmenso cariño para vos y los tuyos

  2. Avatar
    Lucila
    | Responder

    Hermosa manera de contar Diego, felicitaciones y un abrazo grande, habrán nuevos encuentros, otros. Saludos

  3. Avatar
    Patricia
    | Responder

    Bellisimo relato…..tierno final de juego con tu abuela.

  4. Avatar
    Ana Isabel Sarbach
    | Responder

    Ternura a flor de piel, hermoso !

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