Chayka: un sueño con alas de gaviota | Franco Ramseyer

con No hay comentarios
davinci c1396ef6 1d95 48a9 894a cf8d875b97b0 (1)

¿O acaso la cadena no tiene

ni ha tenido jamás

un primero y un último eslabón?


Roberto Juarroz

CHAYKA: un sueño con alas de gaviota


¡Hola de nuevo! Pasó más de un año desde la última reseña y ahora estamos de vuelta en una forma mejorada de estatua griega (¿te acuerdas de Franco? Volvió, en forma de estatua).


Este último año estuve yendo a ver muchas obras que estoy deseoso de contarles. Como había comentado en las ediciones pasadas, la idea de esta columna no es hacerme pasar por crítico teatral, cosa que no soy, sino simplemente compartir algunas recomendaciones, sensaciones e intentos de reflexiones a partir de obras que me hayan gustado, conmovido o generado alguna emoción.


Hoy vamos a hablar de Chayka, una coproducción entre Compañía Labrusca y ARTHAUS Central. Escrita y dirigida por Valentino Grizutti e interpretada por Juan Cottet, Miranda Di Lorenzo, Patricio Penna y Violeta Postolski. Particularmente, la función que fui a ver contó con la actuación de Valentino Grizutti en reemplazo de Juan Cottet.


Chayka es el título en ruso de la reconocida “La Gaviota” de Antón Pávlovich Chéjov. Esta pieza, sin embargo, no se trata de una versión lineal de la obra rusa de fines del s. XIX, sino que consiste en una reinterpretación de la misma desde una perspectiva menos cronológica y mucho más onírica. La premisa es la siguiente: cuatro actores que se están preparando para estrenar La Gaviota tienen el mismo sueño durante la noche previa al estreno. Este sueño o, más bien, esta pesadilla, es la misma que atormentó a los actores y actrices del elenco que estrenó por primera vez La Gaviota en San Petesburgo en 1896, en lo que fue un rotundo fracaso.


Con este punto de partida, Chayka monta una realidad distorsionada y suspendida, con muchas capas de complejidad superpuestas en donde no podemos (ni ellos mismos pueden) saber si estamos viendo a los intérpretes de Labrusca, al elenco del estreno fallido en el teatro Alexandrinsky, a los personajes de La Gaviota que cobraron vida, a los personajes creados por los personajes en la obra de Kostia dentro de la obra de Chéjov, o bien cualquiera de las combinaciones posibles: como a las actrices de Labrusca interpretando a las actrices de la Rusia imperial interpretando a Nina interpretando al alma universal, o a Kostia y Trigorin devenidos en fantasmas que se manifiestan a través de los cuerpos de los actores antes y después y ahora y siempre. Como esas pesadillas en donde no hay refugios ni lugares donde esconderse, estos seres se entregan al vértigo y al desamparo de una caída libre en el abismo de tener que actuar sin saber cómo (y de paso… ¿qué es actuar?), sin saber siquiera quiénes son o qué es lo que espera de ellos la mirada fagocitante del público.


Este tiempo de círculos y espirales tan bien logrado desde la dramaturgia y la dirección se complementa a la perfección con la música en vivo de un piano de cola que tocan los mismos intérpretes y que funciona como portal entre sueños, realidades y locuras; con un diseño de iluminación que evoca lo etéreo y lo liminal, y con una escenografía de telas suaves y traslúcidas capaces de generar un ambiente de ensueño a la vez que un sofoco permanente. De las actuaciones qué decir, es un elenco de jóvenes talentosos, irreverentes, potentes, adictos a la búsqueda. Tal vez, lo que más me gusta de ellos es que, como en la obra, vencen el miedo de dejarse caer en sus propias profundidades.


¿Por qué ver Chayka? Porque es la experiencia más parecida en el teatro a vivir un sueño, el sueño de Chéjov y sus fantasmas errando para siempre en el alma universal.


Por último, un detalle histórico que me llamó la atención es que después del tan frustrante estreno en San Petesburgo, Chéjov afirmó que no iba a volver a escribir jamás obras teatrales. Fue Vladimir Nemiróvich-Dáchenko, el cofundador del Teatro de Arte de Moscú (junto a Stanislavsky), quien le insistió para volver a representar la obra en Moscú, donde sí fue un éxito. A partir de ello, Antón Chéjov escribió Tío Vania, Tres Hermanas y El Jardín de los Cerezos, tres pilares más del teatro moderno. Uno de los escritores más importantes del s. XIX / XX estuvo a punto de rendirse hasta que alguien le tendió una mano. Aquel fracaso, lejos de ser el último eslabón, fue apenas un tramo más de la misma cadena sin extremos que, según el poema de Juarroz, solo logran mover los fantasmas.

Ah, importante, Chayka vuelve a hacer funciones desde el 16 de octubre, todos los viernes a las 20:00 hs en ARTHAUS Central.

¡Gracias por leer y hasta la próxima!

images (1)

Franco Ramseyer es economista y actor. Nacido en Reconquista, se radicó en Rosario para estudiar y encontró en el teatro un espacio de búsqueda y expresión. Empezó a escribir reseñas impulsado por su amor por ir a ver obras. Actualmente forma parte de la obra «Los hombres vuelven al monte», que se estrena el 24 de agosto bajo la dirección de Martín Gigena.

Si te gustó la nota, te enamoraste de Ají
y querés bancar esta hermosa experiencia contracultural y autogestivas hacé click aquí.

ADHERITE!

¡Compartí este contenido!

¡Compartí este contenido!

Dejar un comentario