palomitas y malvaviscos / fátima beltrán curto

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Hacía años que no acudían hasta mi cabeza los atracones de palomitas y malvaviscos durante la sesión de tarde en el cine del pueblo, viendo como un engominado Tom Cruise —mucho antes que este fuese iluminado por el rayo de la Cienciología— se despojaba de sus míticas Ray-Ban en una de las escenas de Top Gun, para arrojar su mirada de halcón sobre la platea, dejándonos a las dos tiritando, con la piel del alma de gallina, y a nuestras imberbes molleras suspirando por sobrevolar futuros imperfectos que no podían tardar en llegar, atendiendo a nuestras imparables ganas de crecer y experimentar, de primera mano y no desde un patio de butacas, todo aquello con lo que la vida quisiera a obsequiarnos.

Fuimos tan amigas, tan cómplices a través de aquella feroz marea llamada primera pubertad, por la que navegamos aprendiendo a plantarle cara juntas, a fuerza de confidencias, recortes de la Súper Pop, llamadas clandestinas desde el fijo de las casas de nuestros padres, cintas de radiocasete de recopilatorios ochenteros con sintetizadores de fondo y paseos interminables las tardes de los sábados, con parada obligatoria en los recreativos para ver si nuestro Peter Mitchell particular andaba por ahí, enganchado a una partida del Street Fighter.

Ninguno de los aromas de aquellos días había vuelto a asomarse a mi nariz hasta esta mañana en la que, tras casi treinta años sin vernos, hemos vuelto a cruzarnos por la calle de la ciudad más insospechada.

Ni siquiera recuerdo cómo fue que dejamos de frecuentarnos. Tal vez con la llegada al Instituto, o quizás tras unas vacaciones de verano, el caso es que sin saber muy bien los motivos nos fuimos perdiendo el rastro, abducidas por el ruido con el que la vida, que se abalanzaba sobre nosotras a pasos agigantados, iba percutiendo para marcar el compás de nuestras respectivas floraciones.

Sin dificultades hemos sido capaces de reconocernos a través de las capas de maquillaje y de las incipientes arrugas que se asoman a nuestros rostros. De repente, con el “abracadabra” de un simple contacto visual, han despertado de su letargo todos aquellos momentos que alcanzamos a coleccionar cuando todavía no sumábamos quince abriles. Nuestra elaborada mitología, la que fuimos construyendo tarde tras tarde, al bajar las escaleras del colegio para corretear con las mochilas a cuestas detrás de alguna ilusión, parece haberse removido en el interior de mi pecho cuando nuestras miradas han coincidido, tras tanto tiempo sin acertar a encontrarse.

En tus ojos, por un fugaz instante, también he adivinado esa chispa adolescente, aquel brillo tras el rímel gritándole a los míos la alegría que les estaba produciendo aquella inesperada casualidad. Después, unas palabras torpes. Las preguntas protocolarias y de cortesía. ¿Qué haces en Berlín? ¡Qué casualidad encontrarnos aquí, estando ambas de vacaciones! ¿Tienes hijos? Bajo poco por el pueblo. ¿Tus padres están bien? ¡Qué alegría verte! Me esperan en el Hotel, salí a por unas postales, nos vamos hoy. Cuídate. Tú también.

Y volvemos a alejarnos, cómo hace tantos años atrás, sin saber si ésta ha sido la última vez que intercambiaremos unas palabras.

Es curioso, anhelábamos más que nada hacernos mayores y nos pasábamos noches en vela planeando lo que iban a ser nuestras vidas y ahora que, por fin, ya lo somos, nuestras bocas no han sabido recitar otra cosa más que banalidades, sin ser capaces de preguntarnos todo aquello que realmente importaba ¿Lograste conocer a Rob Lowe? ¿Cuántas veces más has visto Dirty Dancing? ¿Viajaste al Reino Fantasía a lomos de Fújur? ¿Te contestó John Secada la carta que le enviamos? ¿Esto de crecer, ha sido lo que te esperabas? Ahora que te veo, me acuerdo que nos he echado mucho de menos.

Me quedo con esta sensación alborotándome por dentro, el mensaje de tus ojos, y un fugaz olor a palomitas y malvaviscos embargándome por unos instantes, tras nuestro encuentro, hasta que vuelve a desvanecerse por completo, al montarme en el ascensor de mi Hotel.


Fátima Beltrán Curto nace en Tortosa en 1977. Tras estudiar Derecho en la URV realizó un postgrado en Derecho concursal en la Abat Oliba y otro postgrado en Práctica jurídica en el ICAB. Se instaló en Barcelona, dónde ejerció como abogada y acabó trabajando en el Departamento Jurídico de una Multinacional dedicada a los seguros.

En 2019 publica su primera novela, Bienalados, un trabajo muy influenciado por el realismo mágico de corte más clásico con el que ha cosechado críticas muy favorables. Con anterioridad había ganado pequeños premios literarios de poesía y publicado algunos relatos breves. En 2021 publica su segunda novela Canción bajo el agua.



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