
Diecisiete años después de que Feinmann le dijera a un estudiante que debería “estar estudiando, nene”, otro estudiante volvió a hacerle la misma pregunta incómoda. La reacción adulta, otra vez, fue censurar antes que responder.
“La escuela enseña lo que el mundo adulto debería ser. El problema es que ese mundo rara vez funciona así. Y a veces, cuando aparece alguien que lo exige, los adultos prefieren cortar la discusión.”
El martes 26 de mayo, Francisco Pitrola, presidente del centro de estudiantes del Colegio Nacional Buenos Aires, fue entrevistado en vivo por Eduardo Feinmann en A24. El colegio estaba tomado en reclamo de que el Poder Ejecutivo aplicara la Ley de Financiamiento Universitario, sancionada por el Congreso.
Feinmann abrió diciéndole que estaba cometiendo un delito. Pitrola le preguntó si el presidente Milei, al no cumplir una ley aprobada por ambas cámaras, no estaba incurriendo también en una irregularidad institucional. Feinmann respondió que eso lo definiría la Justicia. Pitrola señaló que, justamente por eso, la discusión debía darse mientras la ley seguía vigente y produciendo efectos. Feinmann respondió: “El que entrevista soy yo”.
Horas después, Esteban Trebucq repitió el ejercicio en LN+. Cuando Pitrola le recordó que llevaban cuatro marchas y que, según denunciaban los estudiantes, el gobierno seguía sin implementar efectivamente la ley, Trebucq le ofreció comprarle un bombo, lo acusó de faltarle el respeto y pidió a producción que lo sacara del aire.
Hay una pedagogía ahí. Aunque probablemente no sea la que ninguno de los dos conductores hubiera querido transmitir.
2009: la misma escena, el mismo guion
Lo llamativo no es que haya ocurrido. Lo llamativo es que ya había ocurrido antes, con el mismo conductor, con casi el mismo argumento, frente a un estudiante universitario que también se había atrevido a intervenir políticamente en el espacio público.
En septiembre de 2009, durante un corte de tránsito en apoyo a trabajadores despedidos de Kraft Foods, Eduardo Feinmann entrevistó a Cristian Henkel, entonces presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires, y le dijo en cámara:
“¿Vos estás consciente de que lo que estás haciendo es un delito? Vos tendrías que estar estudiando, nene.”
La frase condensaba una operación ideológica completa: la descalificación por edad (“nene”), la amenaza jurídica (“estás cometiendo un delito”) y la asignación de lugar (“tendrías que estar estudiando”).
El mensaje de fondo era claro: hay espacios que te pertenecen y espacios que no. El debate público, la calle y la política son espacios adultos. Volvé a tu banco.
Diecisiete años después, Francisco Pitrola recibió prácticamente la misma bienvenida. La acusación de delito, el intento de reducirlo a su linaje familiar (“¿sos más trosko o menos trosko que tu abuelo?”), la insinuación de que existen asuntos más importantes que aquello que él quería discutir. El guion no había cambiado. Solo había cambiado el estudiante.
Cuando un patrón se repite casi idéntico durante diecisiete años, deja de parecer un exabrupto aislado y empieza a parecer una lógica estable.
El frente discursivo y su fisura
La pedagogía crítica llama frente discursivo al conjunto de enunciados que las instituciones sostienen hacia afuera como imagen legítima de sí mismas. En la escuela argentina, ese frente incluye ideas tan repetidas que ya casi no se escuchan: la ley es igual para todos, los conflictos se resuelven por canales institucionales y el diálogo es la forma adulta de procesar las diferencias.
Lo ocurrido el 26 de mayo expuso una fisura en ese frente.
Un estudiante secundario utilizó exactamente el repertorio que la escuela le enseñó: el argumento constitucional, la jerarquía normativa, el principio de que ningún decreto puede estar por encima de una ley votada por el Congreso. Y los adultos a quienes dirigió ese argumento no respondieron en el mismo plano. Uno intentó desplazar la discusión hacia la autoridad del rol periodístico. El otro terminó interrumpiendo la entrevista.
La contradicción de fondo es más incómoda que el episodio mismo: la escuela enseña procedimientos democráticos y racionales que muchas veces las instituciones reales no toleran cuando son utilizados eficazmente.
La acusación invertida
El movimiento más interesante de ambas entrevistas fue el mismo: los conductores llegaron con una acusación preparada y el estudiante la invirtió.
No negó el marco. Lo aceptó y preguntó: si estamos hablando de delitos o de incumplimientos institucionales, ¿cómo debería interpretarse entonces la falta de aplicación de una ley sancionada por el Congreso, vetada, ratificada legislativamente y cuya implementación ya había sido objeto de discusión judicial?
Es un argumento de derecho constitucional elemental. El tipo de razonamiento que aparece en cualquier programa de formación ciudadana de la escuela secundaria. Y, sin embargo, ninguno de los dos periodistas respondió en ese mismo registro argumentativo. Uno recurrió a la autoridad de la situación. El otro a la irritación y, finalmente, al control técnico del micrófono.
Paulo Freire describió este mecanismo con precisión: cuando quien detenta el poder no puede sostener el diálogo en términos de igualdad, suele recurrir a la autoridad. No como argumento, sino como reemplazo del argumento.
El adulto que la escuela prometió
El personaje que la educación argentina construye como modelo de adultez es alguien que respeta la ley, argumenta con evidencia y acepta la deliberación colectiva como fuente de legitimidad. Es el ciudadano republicano de los manuales de formación ética y ciudadana.
Francisco Pitrola se comportó exactamente como ese ciudadano. Citó la ley. Señaló la jerarquía normativa. Apeló al procedimiento constitucional. No hubo insultos ni agravios personales. Hubo un argumento.
Los conductores que lo interpelaron, en cambio, recurrieron a la descalificación ideológica, a la intimidación retórica y, finalmente, a la interrupción de la discusión.
El adolescente actuó como el adulto que la escuela enseña a ser.
Los adultos actuaron como el sistema que la escuela enseña a cuestionar.
Una pregunta para todos, no solo para la escuela
Sería cómodo terminar este análisis con una interpelación exclusiva al sistema educativo. Decir: la escuela debería usar este episodio como material pedagógico, debería enseñar a leer la contradicción, debería formar estudiantes capaces de hacer exactamente lo que Pitrola hizo.
Todo eso probablemente sea cierto. Pero no alcanza.
La escuela no opera en el vacío. Opera en una sociedad que viralizó el momento en que Trebucq perdió los estribos, pero que rara vez se pregunta con la misma intensidad qué ocurre cuando una ley aprobada por el Congreso queda suspendida en los hechos durante meses. Una sociedad que celebra el coraje de un adolescente que cita la Constitución, aunque muchas veces tolere que esas mismas reglas sean relativizadas por quienes tienen poder político, económico o mediático.
La farsa del mundo adulto no la sostiene solamente la escuela. La sostiene cada adulto que acepta, en su trabajo, en su pantalla o en su vida cotidiana, que las reglas formales existen más para enseñarlas que para vivirlas.
No es que los jóvenes no entiendan el mundo adulto. Es que muchas veces lo entienden demasiado bien, y lo que ven les resulta decepcionante.
La pregunta que queda
En 2009, Feinmann le dijo a un estudiante que debería estar estudiando. En 2026, otro estudiante demostró que había estudiado. Y lo que estudió —la Constitución, el derecho, el funcionamiento del orden institucional— resultó más incómodo que cualquier corte de tránsito o colegio tomado.
Eso debería obligarnos a pensar qué queremos realmente cuando decimos que queremos jóvenes críticos, formados y comprometidos. Porque cuando aparecen, utilizan exactamente las herramientas que les enseñamos y señalan con ellas aquello que preferimos no mirar, la reacción dominante suele ser menos celebración que incomodidad.
Tal vez lo más incómodo no fue que un estudiante discutiera en televisión.
Tal vez fue que discutiera usando exactamente las reglas que los adultos dicen defender.
Y si la respuesta frente a eso sigue siendo “el que entrevista soy yo”, entonces el problema no está solamente en las aulas.
Está en el espejo.
Referencias conceptuales
Paulo Freire, Pedagogía del oprimido (1968)
Henry Giroux, Teachers as Intellectuals (1988)
Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel (1929–1935)
Ley de Financiamiento Universitario, Argentina (promulgada en 2025)
Eduardo Feinmann / Cristian Henkel, entrevista en Córdoba y Junín, Buenos Aires (septiembre de 2009)

Eitan Rozenszajn es educador y coordinador de programas educativos con más de diez años de experiencia en instituciones y organizaciones de Argentina y América Latina. Su trabajo se inscribe en la pedagogía crítica y la educación social, con foco en el vínculo entre formación, ciudadanía y territorio.
IG: @eitan_roze

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