¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE SALUD MENTAL?

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Por estos días pienso en un tema en el que estoy inmersa doblemente por mi condición y por mi profesión. Una palabrita doble: salud mental. La organización Mundial de la salud (OMS), ha establecido una interesante definición para lo que corrientemente llamamos “salud mental”. La misma se referiría, según esta  prestigiosa organización a “un estado de completo bienestar físico, mental y social”. Es decir que no se aludiría solamente a la ausencia de afecciones o enfermedades. Esta definición exigiría, por lo tanto, una forma de pensar la salud un poco más compleja que como se estilaba antaño de tajantes dicotomías sano-enfermo (de donde deben haber salido bastantes de las aberraciones que luego conocimos). Siguiendo con mi razonamiento salud mental denotaría también un esfuerzo personal, llamando a acciones más específicas como puede ser el autocuidado. Y no me refiero con esto a acariciarse uno mismo, lógicamente. Sino más bien a pensar quién podría saber mejor que yo cómo me siento, cuán cerca o cuán lejos estoy de un estado que ya no está “cantado” desde afuera. Traigo este, a simple vista, “simple” concepto de salud mental a la actualidad de nuestros días por distintos motivos. En primer lugar, este momento de Pandemia Mundial COVID 19 es un momento en el cual lo que parecía indiscutible (como en el pasado, lo sano y lo enfermo) se resquebraja. Vemos entonces, como el nuevo mundo emerge, querámoslo o no, como una vez emergió una nueva visión de los sucesos de las torres gemelas. Que el capitalismo se vuelva más feroz luego, que trate de levantar muros más altos, vacunas más efectivas, en síntesis, ciencia (y todo) más dura, sería, a los efectos del ejercicio del pensamiento, sólo un desencadenamiento más o menos lógico (y por otro lado nadie sabe qué va a pasar), o sea, que es realmente temprano para cargar tintas en ciertas definiciones. Sí podemos, creo, en cambio, utilizar este momento para pensar ciertos conceptos. O incluso para pensar por qué hemos pensado ciertos conceptos, lo cual me parece aún más interesante. Es decir, en vez de pensar ¿cómo adquiriremos mayor seguridad? quizás sea interesante pensar para atrás, o sea pensar en este caso algo así como: ¿por qué nos sentíamos tan seguros ANTES? ¿debido a qué?  No sabremos qué pasará después pero sabemos que ANTES, vivíamos inmersos en un mundo, en un país, en un lugar (Quilmes, por ejemplo), con grandes falencias de infraestructura en salud que ya sabíamos, pero que nos arreglábamos para perder de vista, por llamarlo de alguna forma. Es decir, inmersos en un sistema precario, nos obstinábamos en vernos fuertes, seguros, muy sólidos. En psicoanálisis se llama negación al hecho no de decir “eso no, gracias señor”,  sino de negar aquello que ya se sabe. Es decir, según esta tradición (a la que adhiero con un sentimiento cercano a la felicidad), la “negación” exigiría cierto empeño (no encuentro una palabra mejor), también podría decir “cierta energía” de parte del sujeto. Esa energía que se depararía al conocer por ejemplo, en el sentido de descubrir y luego cambiar, se destinaría al resultado de no querer saber. Se dirá: es imposible saberlo todo. Claro. No podría estar más de acuerdo. Pero, eso me retrotrae  al sentido de haber elegido la temática del concepto de salud mental para este artículo. ¿Justo sobre eso? Es decir, si la concepción de la OMS de la salud mental refiere que no se trata sólo de estar exento de un virus, sino de “el estado de máximo bienestar (…)”, ¿por qué querríamos desconocerlo, no queriéndolo saber, o sea desconociendo las condiciones que harían posible algo cercano al placer? ¿De masoquistas, nada más? No fuerzo las cosas si digo que  así como Marx definió la alienación como “falsa conciencia”, en el sentido de creerse lo que uno no es (dejo a cada uno este ejercicio), y vuelvo a plegarme al maravilloso psicoanálisis, este sentó las bases de un también maravilloso descubrimiento y por eso escribió en consecuencia nada más y nada menos que un artículo llamado “Más allá del principio del placer”(¡!). Recuerdo, pienso para atrás porque me gusta, que antes de la pandemia, el Macrismo, ¿y antes, antes? ¿y antes?… votos pulsión de muerte me digo e imagino cosas. Si bien los hechos de la mente tienen un carácter inconsciente, es decir, que no son susceptibles de ser medidos objetivamente, se me ocurre que la negación a nivel social, que es de la que quiero hablar acá, ha sido tratada también por varios filósofos. En este sentido y en relación con lo anterior, si el filósofo Marx (filósofo antes que insulto o cualidad) ha llamado “falsa conciencia” al fenómeno por él descripto como alienación, no es porque fuera tan fácilmente discernible el saber sobre el lugar que ese depósito de fantasías que somos y llamamos “uno mismo”, en la sociedad y quién creo ser.  Qué quiero decir con lo anterior, me pregunto nuevamente. Más bien preguntarme: ¿quiénes creíamos que éramos? o ¿cómo llamar a esa fuerza que nos hacía pasar por el costado de una villa sin cuestionarnos demasiado por nosotros, porque el peligro se trata siempre del otro, de lo desconocido? Hoy en día el peligro se esconde detrás de partículas invisibles, no se ve, podemos ser nosotros mismos. No es una situación que se pueda dejar “negar” tan fácilmente. Podemos desconfiar de nosotros mismos y entonces ¿qué nos queda? Es decir, es fácil cuando vemos en el otro el portador del virus del peligro, del desconocimiento, de la desidia, de la pobreza, pero qué pasa si todo eso que tememos es plausible de estar  contenido en nuestro interior. ¿Qué pasa si nos volvemos desconocidos para nosotros mismos? Sabemos algunas cosas: volvemos a cocinar, a mirar a nuestro hogar, nuestras relaciones, nuestros tratos más pequeños, quizás nuestros infiernos, quizás nuestras conquistas. ¿Es de pura angustia/ aburrimiento? Es difícil pensarse otro, otro pobre, otro negro, otra mujer, otro  político. Todos estos otros tienen en común el necesitar atención, respeto, cuidados, es decir, hospitales, inversiones en salud, en infraestructura, en leyes, en defensa de las minorías. A lo que voy: no sé si una vacuna, no sabemos, pero ¿miren si, en una de esas, descubrimos al otro?

Yo creo que entraría en la definición moderna de salud. 



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Patricia Salinas
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Socióloga. Psicóloga. Universidad de Buenos Aires. Consultorio y concurrente Hospital Argerich.

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