ESPERANDO EL LUNES

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La segunda guerra mundial, entre otras cosas, tuvo la particularidad de haber hecho que Europa padeciera fronteras adentro el mismo horror que fronteras afuera había provocado durante los siglos anteriores, a través del colonialismo. Ese colonialismo europeo, fundado en el discurso racista, que produjo numerosos genocidios en las distintas colonias de la época durante siglos.

Fue recién durante la Segunda Guerra mundial –y no antes– precisamente, cuando el “crimen masivo encubierto con discurso racista se instaló en la propia Europa” en palabras de Zaffaroni.

Y la repuesta al horror, a ese monstruo que fue el holocausto, resultó ser, una vez finalizada la guerra, la Declaración Universal de Derechos Humanos. La prohibición de la discriminación, y en definitiva la génesis de toda la teoría jurídica y política de lo que hoy conocemos como “derechos humanos”. Programa jurídico y político universal al que hay que atribuirle también muchos de los avances logrados en los últimos 70 años, reflejados en muchas aristas que hacen a la vida diaria de la mayoría de los ciudadanos del mundo.

Una vez echados a andar, los derechos humanos comenzaron a expandirse y fue así como se llegó a clasificarlos como de “primera, segunda, tercera generación”, etc. De primera generación son los derechos civiles y políticos (tratan de la libertad, principalmente); de segunda generación los derechos económicos, sociales y culturales (tratan de la equidad); dentro de los derechos de la tercera generación encontramos el derecho a la paz, al desarrollo, a un medio ambiente limpio (tratan de la solidaridad) y podría seguir… Huelga decir que el reconocimiento internacional de todos y cada uno de estos derechos ha tenido mucho que ver con la calidad de vida de la que gozamos hoy en general, como así también que su “no reconocimiento” se traduce en una muy pobre calidad de vida en algunas regiones en particular.

Con esto quiero sólo rememorar de qué manera un hecho trágico para la humanidad como lo fue la Segunda Guerra mundial, permitió finalmente sentarse a la mesa y ponerse de acuerdo en el reconocimiento a toda persona humana de derechos básicos y esenciales por el sólo hecho de “ser humana”, condición de la que gozaban hasta ese momento histórico sólo y tal vez los europeos. 

Paralelamente al nacimiento de los derechos humanos, gran parte del mundo occidental conoció los beneficios del Estado de Bienestar Keynesiano, esto es y en pocas palabras, la concepción de un Estado que se preocupa por el bienestar de todos los ciudadanos, proveyéndoles sus necesidades básicas. Un Estado que interviene fuertemente en la economía.  

A diferencia de lo que sucediera con los derechos humanos que se expandieron –y continúan expandiéndose– a partir de fines de la década del ’70, el Estado de Bienestar emprendió la retirada, por haber sido cooptado por doctrinarios y gurúes de ideologías y políticas conocidas como neoliberales.

En los últimos 40 años, vimos cómo el neoliberalismo se instaló en occidente en forma de discurso único, penetrando en los modos de pensamiento e instalándose hasta en la forma en que muchos de nosotros interpretamos, vivimos y comprendemos el mundo. Colocó como valor central de la civilización el ideal político de la dignidad y de la libertad individual, y desplazó de los proyectos políticos cualquier idea de programa colectivo.

Vimos cómo el Estado se fue retirando de las funciones que tenían que ver con la educación y la salud pública, dejando a los ciudadanos libres, arreglándoselas como pudieran para alcanzar o defender sus derechos humanos de segunda o tercera generación, etc. 

La idea era escribir algunas líneas sobre el coronavirus y sus esperables efectos letales respecto de una probable pandemia mayor: el neoliberalismo en sus facetas económicas y sociales. Por eso comencé hablando de lo que la segunda guerra mundial le trajo a la humanidad, no sin querer, dadas las semejanzas que se pueden asociar, en cuanto a su magnitud e impacto global, a ambos acontecimientos.

Hasta el más acérrimo de los liberales ha visto, en estos días pandémicos, tambalear una de las premisas del neoliberalismo: la de las pretendidas bondades del Estado mínimo, limitado a garantizar el desarrollo de las capacidades y libertades empresariales del individuo, retirado del rol que cumplió durante algunas décadas del SXX y que conocimos como “Estado de Bienestar”.

Hoy vemos a los ciudadanos del mundo dirigiendo la mirada hacia el Estado para ver cómo maneja el timón en la tempestad y especialmente en lo que respecta a la prestación de los servicios sanitarios necesarios para atender a los afectados por el Covid 19.  Nos sentimos probablemente angustiados al ver a algunos Estados europeos, aquellos que desde la mirada de los habitantes de los países emergentes han sido referentes, incapacitados para brindar atención médica a sus ciudadanos infectados e impotentes para detener las muertes.

Podríamos suponer entonces que, así como la Segunda Guerra mundial le trajo a la humanidad sin querer, los Derechos Humanos, la crisis global provocada por el coronavirus pueda traerle hoy un desencanto generalizado con cualquier proyecto político basado en las premisas neoliberales. Un domingo largo, infinito, llegó y se instaló para que tuviéramos que perder la noción del tiempo. Cuando finalmente llegue el lunes, probablemente amanezcamos presenciando el comienzo del fin de la hegemonía ideológica neoliberal.



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3 Respuestas

  1. Coni
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    Genial, realista y esperanzador!

  2. Omar panza Majul
    | Responder

    Muy bueno !!! Espero que mi temperatura no aumente !!! Un neoliberal desconecta el respirador !!!

  3. Iliana Beroiz
    | Responder

    Detallado y ajustado tu recorrido historico Natalia y ojala este quiebre de realidad movilice esperanzas y fuerzas para un mundo.mejor mas justo y solidario..Es posible!!!!

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