
Gracias a dios o a mí —fue lo primero que pensé— ante las condiciones que se me presentaban. También intervienen las leyes del universo que hicieron que todo se contase así y que, ahora, mi “pequeño mundo” se reduzca a Eisejuaz. Me encuentro sentado frente a la maravillosa novela de Sara Gallardo, que hace a la literatura argentina, grande.
La autora entra en la historia de gente ahistórica que vive inmersa en el salvajismo de la naturaleza, con pocos recursos y desde el anonimato.
Él, Eisejuaz, no se acuerda de su cumpleaños más que por la vecina, es que es tan fuerte la vida que allí se vive. ¿Cumplen años los que viven en el monte?
El Señor, el de arriba, le mandó a Paqui pa’ que lo cuide, el destino siempre te pone a alguien adelante si no, no habría mundo. Es que la cooperación fue fundamental en el sapiens. Y acá estamos, cuidándonos cuando no nos olvidamos de nosotros. Es que Paqui es alguien que se arrastra, se lo cuida, como uno de los capítulos de El Ruido y la Furia de Faulkner donde el yo de la narrativa es lo que los ojos de Benjy Compson ven, uno de los hermanos que parece tener una discapacidad, y que en la realidad en la novela no habla, pero su manera de narrar da cuenta de cómo percibe el mundo. ¿El cuidado hacia el otro en la novela, es la religión de Eisejuaz? Algunos dijeron que daba de comer bichos a Paqui en la montaña. ¿El cuidado es un mandato? No importa, así lo dispuso el Señor.
Eisejuaz le habla al Señor como le habla a la naturaleza. El de arriba manda, y como los griegos justificaban sus acciones por el pedido que le hacían a los dioses, y como estos determinaban los hechos de aquellos, Eisejuaz sentía y veía la presencia del señor en la naturaleza. Es que dios tiene rostro animal o de árbol, dios es naturaleza, y esta le da las señales a través de los mensajeros, bichos o árboles que le hablan a Eisejuaz. Los mensajeros habitan el alma y la atan a este mundo, cuando esto no ocurre es porque la muerte está cerca.
Hay una violencia primitiva y brutal en el ser humano del monte salvaje, donde yaguaretés y víboras son amenaza constante. Algunos seres se desprecian entre sí. Otros entienden, y ante el avance civilizatorio se unen. Ya no dejan al pobre pescar en el río que tiene dueño. Son los turcos, los gringos, los ricos, los noruegos, llegan y arrasan. Es la llegada de los blancos.
El texto refleja el habla de los personajes; esa es una de las joyas de esta novela. “Hace bruta calor”, es el lenguaje de Lisandro Vega, que se desplaza entre los que no comen y se enferman.
Sara Gallardo escribe, encarna en Eisejuaz, a un indio mataco del Chaco salteño que vive a orillas del río Bermejo. Mataco de un pueblo amerindio que habita en regiones del Chaco, Salta y Formosa, conocido también como los Wichis. Eisejuaz usa la herramienta del habla y el pensamiento para llamar al Señor y así recibir una respuesta; “…Cevil moro, este que no se raja, que no se rompa tampoco mi corazón; este colorado que se raja, rómpase mi corazón, que se abra, que reciba al Señor. Pacará bueno para el agua, para chalanas, que mi corazón sepa flotar en el agua del Señor, que no pese, que no se hunda…” Pág.44, editorial El cuenco de plata. Hace plegaria a los árboles para que su alma pesque a los mensajeros del Señor, y este le hable a través de la naturaleza para encontrar el sentido de su existencia.
¿Lisandro (Eisejuaz) alucina su discurso, su pensamiento es esquizo, al instalar al Señor, las maldiciones, y a la muerte en todo orden de las cosas? ¿Es un chamán del monte? ¿Se cree dios? Aparecen personajes donde él se debate la ausencia de cordura: Eulalia, la dueña del hotel; el reverendo, donde él era jefe de la misión; López, el político del norte; Paqui.
Lisandro en su rosca de cosas, invoca al destino, todo lo utiliza en contra de los que avanzan, que fueron quitando los ríos, el monte, la casa, la bici.
Eisejuaz era capataz de la misión y va perdiendo la fuerza, se fue por el monte camino hacia Orán, peregrinando. Él, se guía por los sueños, busca. Busca su identidad, la palabra del Señor que lo guíe. Estuvo guerreando en Tartagal y el reverendo lo nombró jefe de la misión.
La invención de la obra es el monólogo psicodélico de Eisejuaz, un surrealismo inmerso en la naturaleza: “Y una nube que era verde como la lengua que ningún ojo puede ver se levantó por encima de la ciudad. No dijo ninguna palabra. Se levantó por encima de la ciudad y allí estuvo, hablando a mi corazón sin mensajeros…”. Pág. 58. Camino hacia Orán todo dio, yesquero, camisa, desnudo, sin casa, sin mujer. Caminó. “…sin pan grité al Señor”. Pág. 52.
Los blancos quieren echar a los franciscanos de Orán, sacar la iglesia para hacer plantaciones de caña. Pero los mensajeros de los bichos entraron en el corazón de Eisejuaz y así le volvió la fuerza. Regresó al pueblo, a trabajar al aserradero, y un día de aquellos apareció su espíritu interior, y conoció su nombre: “…y vi a ese de quien soy el cuerpo: Agua que corre”.
Lisandro Vega volvió para cuidar a los suyos, a la gente que no come. Es un indio mataco que desprecia el avance, las privatizaciones de los gringos noruegos. En la novela hay tramos del camino que recorre Eisejuaz, sigue el propósito del Señor para buscar su existencia. Después de recobrar la fuerza, su discurso es encantador, habla con premoniciones, habla con antelación lo que va a pasar. El Señor, su dios, no es el bíblico, sino que está en los animales, los árboles y las cosas. “Ya antes de mí el Señor ha elegido”. De esta manera habla Eisejuaz. Se parece a pasajes bíblicos cuando Juan el Bautista deja de bautizar porque del otro lado del Jordán ya lo estaba haciendo Jesús.
Un diario local dice que Vega ha enloquecido porque ha robado a Paqui y lo alimenta a bichos en el monte, y que se lo encuentra hablando solo. Al mataco lo desprecian, volvió a su pueblo, picante, agreste y salvaje. Pero él, Lisandro Vega, cree que uno nace por azar y no elije. Cae uno, por azar a un mundo ya temporalizado, no hay más remedio que andar y ser. Eisejuaz elevó su pensamiento, y delegado del paisano, pensó por todos.
¿Por qué leer Eisejuaz de Sara Gallardo? Porque es como la invención de un género, una novela cargada de interpretaciones, diálogos, pequeñas historias de cómo vivían los nativos de nuestro país. Con sus creencias que se confunden, disputan, con el cristianismo y el avance de los capitales, en las provincias norteñas. Persisten, además, si bien han pasado dos siglos, vestigios de la etapa colonial.

Agustín Peanovich nació en Venado Tuerto en 1989. Desde el 2012 vivió en Rosario donde colaboró con la revista de literatura El Corán y el Termotanque hasta el 2017. En el 2018 regresando a su ciudad creó el programa de política cultural: @ElArteDelBuenDecir, en Radio Ciudad. Nunca abandonó la actividad poética, mucho menos de militar la cultura. Actualmente es estudiante de historia.

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