TRISTEZA INFINITA

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Tristeza infinita. Horacio González era una máquina de leer y entender. Nada era ajeno a su espíritu y se abocaba a todo para hacerlo propio, metabolizarlo y devolverlo iluminado por su propia posición. Su escritura contenía en pocas líneas, de forma una forma que era poética, porque era era necesaria para iluminar una comprensión, todas las premisas (amplias y sistemáticas) de su crítica y de su uso de los signos y las voces con las que conversaba, discutía, ironizaba o antagonizaba. De ahí la dificultad que le atribuían quienes creen que diez renglones no pueden contener tanto. Acción y pasión permanente en un espacio público precisaba de voces como las de él para no caer en las degradaciones del insulto, el latigazo o la jactancia de la brutalidad. Vocación que lo llevó a pronunciarse sobre todo, todo el tiempo, en una militancia contra el horror cada vez más omnipresente y naturalizado. Quienquiera leer una historia crítica de este presente no podrá prescindir de sus páginas ni de su voz. Y quiero agregar: fue un funcionario ejemplar. Pero era mucho más que una máquina: Horacio González con toda su inteligencia y su pasión fue un hombre cordial en el más pleno sentido de la palabra. Toda su crítica reflejaba la paciencia, la experiencia, la pluralidad de matices y la sincera convicción de que ese diálogo mejoraba incluso a su antagonista. Sin él nos quedamos con un padre menos, con un hermano mayor menos y un poco más ciegos.



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Es sociólogo y antropólogo especializado en culturas populares y religión. Es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina y profesor del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM).

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