creer en un libro como en los amaneceres /lucas paulinovich

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Es un sueño de profetas que se quedaron en sus casas y se juntaban en un bar. Pero algunas cosas habían cambiado para siempre, y ellos lo sabían.

El libro se llama La Biblio. Esa historia. Cualquiera de los nacidos o criados en Venado, sabe de qué se trata. Una historia se puede parecer a un alambre: en una punta está el relato, su decir de lo que fue, y en la otra, lo que aún vive de él. El tramo intermedio pertenece al territorio de lo real-maravilloso, el vehículo de transmisión de la energía en el relato. Esto quiere decir que es factible volver el tiempo atrás. Si los libros son la continuación de la vida por otros medios.

Decir La Biblio implica introducir una época: esa. Una de cuando la democracia llegó como una juventud arrebatada por vivir todo lo que se había reprimido. La historia como una primavera que conjura la muerte. Por eso, tal vez, cada relato del libro ocupa unas pocas páginas: no hay arqueología porque no puede haber intento científico en esa historia apasionada hasta la necesidad. Tanta, que por momentos uno se olvida de que todo aquello resultó pésimamente mal. El entorno, no así la historia que el libro cuenta. Por eso, es deber señalarla: esa historia.

La que resultó mal, es la historia en términos formales: el nuevo gobierno civil acarreando los males, las dudas y las decepciones. Porque todo lo que ocurre, se enuncia desde el centro. Y nosotros estamos afuera: esa historia, entonces, habla de una distancia. La que separa el discurrir histórico del mero anecdotario provinciano. Pero, entre nosotros, diremos que tenemos un libro sobre lo que todos oyeron. Sobre esos que podían jugar como nadie y leer como ninguno y recitar como pocos y festejar como nunca. Y sobre una ciudad que no tiene historia, solo memoria: eso significa ser del interior. Esa historia, y no la otra.

—Trabajas, estudias o te vas.

—Bueno, me voy.

¿La democracia? Se puede decir: el grupo Luz y las primeras aproximaciones a una resistencia civil desde la expresión misma. El teatro con el grupo Apertura, la literatura derramada en la ciudad, la música en los oídos vecinales, las rondas de celebraciones tan infinitas como inexplicables. También: los intentos mochos de las instituciones, la regeneración partidaria y la construcción de una candidatura que lo negara todo. Hay momentos en los que es preferible negar, y las opciones institucionales deben aceptarlo. ¿Negar que? Negarlo casi todo. Para afirmar una sola cosa: la vida. Es un gesto, algo melancólico, que suele designarse, en las fórmulas del pasado, como década del ochenta. La década que se perdió: que fue distinta en la Nación, en la Provincia y en la Ciudad. Tres temporalidades de un mismo proceso de recuperación democrática, variables según el plano geográfico. Esto es: dónde y cuándo se buscó una estructura para dar asilo a la rebeldía.

Pero no es la historia lo que se lee, sino lo que se cuenta de ella. El trabajo no remunerado del tiempo, y su desnudez explícita para ofrecer a la sociedad: ¿de qué viven? La fiesta era el ethos: una época en busca de la felicidad. Con sus desvíos generacionales, claro. Ni siquiera para inventar un punto de encuentro entre el concepto de trabajo y de alegría. Más bien, la ambición grupal que después, llegado el caso, escalaría como un conflicto de frontera. En una de esas ciudades del sur donde ganaron los radicales. A esa puerta tocaron un grupo de veinteañeros, y se metieron cantando sus canciones, y construyeron su caravana y sus trajes para pasearse insolentes y sabios por los pasillos de una nueva oportunidad colectiva. Otra vez: los planos múltiples del mapa existente en la corpulencia de un país. ¿Dónde estamos? ¿Acá o allá? ¿De dónde es que somos? Esa historia.

Para decirle a la vida que sea una metáfora de la vida.

Los vecinos se quejan y denuncian. Piden contra lo insólito, lo impensado, lo inaceptable. La funcionaria nacional llega al lugar para supervisar. La funcionaria nacional encuentra las paredes y los muebles pintados de colores, un inimaginable ambiente de festival. Lo raro es que el lugar es una biblioteca. La funcionaria, enamorada, ratifica un excelentísimo informe y facilita el envío de subsidios.

Ay, qué ordinarios son los contrarios.

En salones académicos, hablaban de posestructuralismo, y del posmarxismo, y de la posmodernidad: la teoría era un asunto de Estado, y el Estado mendigaba una forma de lo civil. Poner en palabras: esas clases se trajeron al pueblo, donde las ciencias humanas apenas habían sido recolectadas por algún buscador. ¿Y por qué en ese entonces? Venado Tuerto a veces prescinde del habla: balbucea. Y el pensamiento se hace refugio de los que no pueden: en esa época de precipitaciones, fue la apuesta de un espíritu socialdemócrata extraviado en sus caminos de reformas hacia la reconfortante esperanza que nunca llega, que no es posible, porque al buen augurio le faltaban todos aquellos de los que hablaba: estaba desocupado.

Sí había la actitud crítica, la ética de la responsabilidad, la insignia de una distinción: eso que dura transitoriamente, no siempre. Y en el derrotero de esa democracia que se llamó de la derrota, un grupo de aventureros vencían con palabras por veredas y jardines. ¿Su crimen? Ser libre y contagioso. Y el castigo, la finitud. En el país, el saber de los ochentas logró instituirse como una euforia marchita: prometía salidas a reflexiones más nobles y venturosas. Aunque terminó con ensayos macabros que actuaron perfectamente su patetismo. Y nuevas muertes. Pero en esa historia los carriles aman trenzarse con sus paralelas y reconducirse hacia ninguna parte.

Entonces, decir La Biblio es recomenzar la historia por una de sus vertientes sin los compromisos sustanciales y las abnegaciones revolucionarias de los años previos. Sin sacrificios, apenas un intento de enamorarse. Querer vivir encantado por la poesía. ¿Qué legitimidad se amasaba en la sala Castalia cuando profesores urbanos huían de los patovicas de la academia para buscar el encuentro informal en un lugar inopinado, la idea sin imperativos en medio de la llanura agrícola? No buscar un trabajo que guste, sino hacer de lo que gusta un trabajo: el tamaño de una esperanza. ¿Cuál es? El de su permanencia sobre el terreno de lo posible. ¿Cómo se sostiene? Ese magma que crece entre deseo y producción, ¿hasta cuándo puede masajearse sin que pierda su consistencia y se vuelva una masilla roída?

Ahora, algo más sabemos: los modos culturales están en el aire, respiran la economía de un periodo histórico como las flores en la plaza detectan las estaciones. Decir Venado y esos años obliga al ejercicio de ir a la historia desde la propia historia: esa. La política como desangrarse el corazón y arrojarlo al aire. Una frustración estructural, una desorientación generalizada, y lo íntimo asaltando lo público, la causa común de la democracia, como disciplina, consuelo y elixir. ¿Qué se ganó? ¿Importa lo que se podía ganar? ¿Había que ganar algo? No importa: un cuarteto y una clase de literatura, jugar al truco y recitar poemas. ¿Qué es una estructura de poder? Un aroma.

¿Quién define cuánto quema el sol?

Si es cierto que Venado es una ciudad que perdió el alma, ¿a dónde se le cayó? ¿Y por qué nadie, en todos estos años, habría de buscarla? Eso no es cierto. Es algo más de lo que inventamos para tener qué decir sobre nosotros mismos. La ciudad narrada por un turista de resort que cuenta avergonzado su origen ante los otros veraneantes. La ciudad de los que la dejaron y repudian como sacándosela de encima. Negación de la negación: gente de ciudades ilustres. Nosotros, de la ciudad sin lustre. En Venado no hay nada. ¿Qué poema se puede escribir a la zona de prueba que está antes del destino verdadero? La ciudad a dónde vienen los gerentes para tomar carrera. Y arman una familia y esperan que sus hijos vuelvan a la ciudad de veras, la Casa Central. ¿Y qué tiene Venado si no tiene historia? Tiene esa historia escrita como una negación de todo atributo histórico: lo que dicen. Un pasaje de la revolución a la fiesta en un pueblo al que todos llaman conservador: ¿quién no querría que su arquero vista de smoking?

¿Cómo se es de un lugar? Al quererlo. ¿Cómo? Como se quiere a una estrella. Ahí arriba, recóndita, pero, según nuestro tiempo, inequívoca.

Hay un pedazo de tiempo al que le pusieron de nombre postdictadura. Ese tiempo que se parecía a un vergel, al correrlo, despertó el hambre y la sed y no tuvo con qué calmarlos. Una revista: a partir de cero. En ese terreno por explorar, había unos pibes acá: botellas, palabras, deseos. Y una decisión: el cansancio acumulado en la tarea que uno ama. Y que no se irían en busca del título, el trabajo o la otra vida. Con todas sus fantasías: un pueblo sórdido alimentado de rumores lejanos; nuestros oídos tapados con versos porteños hablando de las cosas de ellos como si fueran de todos. Nunca nadie dirá que en Venado pasaron cosas. Acá las cosas no pasan: llegan.

¿Cómo duró esa década del 80 que se enfrentó a sus propios fantasmas, que debió enterrar estrellas de rock, navegar la crisis y el desequilibrio impotente, asumir las consecuencias de las nuevas libertades y las restricciones del nuevo orden, explicarse los alzamientos militares, reconocer los delirios del copamiento guerrillero y justificar fusilamientos trasnochados? En esa década, el fútbol se despertó y amaneció la euforia entre los argentinos. ¿Cuánto podía durar esa democracia sin la contemporaneidad de Maradona? ¿Cuánto más aguantaría la no-respuesta absoluta que colmó el espacio público? ¿Podrían soportar la presión esas instituciones escuálidas sin la base sentimental que se forjó al ver que caían uno tras otros los ingleses? El fútbol atrae la fe. Aún para los que niegan: esos suicidas de la pasión, lo saben. Un pizarrón sirve para estampar conceptos filosóficos o figuras tácticas. Lo importante es el grupo de personas que se sienta alrededor.

En la procesión de los que vinieron detrás de la generación horrorizada, los que se jugaron demasiado en serio, había jugadores de fútbol y poetas con guirnaldas y banderas con pedidos de amor desesperados. ¿Cómo se hace para no ser ni héroe ni mártir ni persona común? Como se acepta un buen libro. Un asado con amigos después del fútbol. Como se bebe de un poema. Como se disfruta una canción. O se da un pase y se festeja el gol de un compañero. En medio de la frustración ochentosa, algo salió bien: unos pibes le hicieron a la ciudad lo que la primavera hace con los cerezos. Pobres los que no se conmueven con un taco o un verso. Pero cualquier sistema le raspa unos centímetros por encima de la canillera al que la pisa cuando faltan 10 minutos.

Quién decide qué precio tiene mi sudor, mi dolor o mi tiempo.

La pregunta por el trabajo. Y por la felicidad. Suenan como músicas incompatibles. ¿Es posible? Al contar la historia, esa, es mejor obviar ciertas ambigüedades del destino. Mejor decir: quiero ser libre, quiero desbordar lo que me contiene. Vivir en modo conjetura. La Biblio se financió con aportes nacionales, y se sostuvo con el trabajo de unas decenas de jóvenes. La desconfianza hacia la burocracia estatal podría ser revertida con la figura incondicional de un funcionario amigo de la cultura: de la afiliación a la AFA hasta la creación de la Facultad Libre para inspirar animadores culturales. Los docentes del país, en esa ciudad que dudó siempre de lo humanístico. Un vitalismo sin para qué: ese exilio transitorio a finales de los ochenta, esas denominaciones que circulaban por la ciudad entrada en años, esos augurios como emblemas de un tiempo o pretensión de la memoria cuando busca darle alcance a lo ido para que tenga algún sentido en el presente. Lo que esa historia refleja es, además, una incomodidad, nuestra: esa.

Algunos los vieron jugar y se besaron para no quedarse afuera.

Decir Venado, entonces, cobra otro relieve. ¿Cuál? El pensamiento sin rumbo estaba en condiciones de acceder a las políticas públicas. Las disponibles en una Argentina en crisis. ¿Cómo soñar cuando la realidad, ahí afuera, se empecina en avisar que nada de lo proclamado a los cuatro vientos como preámbulo al nuevo país, se cumpliría? ¿Nada? Algo sí: esa libertad entre los libros y anaqueles pintados y vinos y músicas y fiestas y goles. Los muertos como promesa, resucitados como fracaso. Mirar de dónde venimos: bellezamente.

¿Qué queda? Casi tanto como un recuerdo: nadie vive si no lo sabe. Demasiado para una ciudad que se olvida. Que gusta de alejarse, tan quieta sobre su propio seno, tan inmóvil en su fastuosidad de riqueza acumulada, tan asombrada con una suerte que nunca llegó a impactarle. En esa empresa sospechosa que es la vida, el trabajo sin propósito es una actividad sin contenido, y el pensamiento sin trabajo es solo eso: pensamiento. Así decía el discurso inaugural del Centro Dinámico Cultural. Esa es la paradoja de la historia: el año es 1989, el de la degradación. ¿Alguien puede desear el juego del niño cuando todo se viene abajo? Es que no estamos tranquilos con lo que somos, aún faltan nuestras miserias.

No digas en mi pueblo nunca hay nada. Si eso es verdad, tú eres el culpable.

Y al final, dejar partir lo que había sido la encarnación de un sueño. ¿Si no ahora, cuando? Algo que podría no haber sucedido nunca: esa historia. Una década: ya vendrán momentos para anotaciones sobre genealogías, continuidades y desvíos. La cosa sigue: más clases, más libros y, otra vez, la realidad que necesita, todo el tiempo, de adecuaciones. La sinceridad del deseo cae sobre la inapelable verdad: una exigencia sin letras, espíritus ni armonías que puedan sanar su materia. Evitemos la nostalgia y el cinismo. La incertidumbre, mansa, que se abría, ella, al mundo nuevo, sin muros ni viejas fantasmagorías: nada era como se lo pensó. No se quiso, no se supo, no se pudo.

¿Era, esta ciudad, esa historia, un cantón, un sitio apartado de la tragedia de saqueos, deudas, cortes de energía, despidos, muertos de carestía y declives? La vida ataca los molinos. La experiencia es, también, esa frase puesta como una confesión: formas de organizar la indagación sobre la impotencia del pensamiento. Un gobierno que le quedó grande, una época que quedó chica, un país que se fue muy lejos. Pero hubo triunfos, festejos y revelaciones. Así es que todo cayó. En Venado, hubo dispersión y el arribo de otro tiempo que tuvo un nombre: Roberto Scott. Es la contrahistoria de esa historia, el anverso inevitable: necesario. En ese sentido, La Biblio es la historia de una ilusión desleída entre los árboles que dan sombra a las calles, nuestra versión del neorrealismo italiano. ¿Sentís el sonido del irse? Todo lo que rima con dolores en exceso. Estamos de acuerdo con la vida.


Lucas Paulinovich nació en venado tuerto en 1991. Trabaja desde los 16 años como periodista en distintos medios regionales y provinciales. Formó parte de colectivos culturales y medios cooperativos y participó en diversas antologias. En 2018 publicó los libros “A las 7 en el sur hirviendo” y “Pampa húmeda”.



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