AIRE LIBRE

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Lo ominoso o lo siniestro no consisten, como sabemos, en lo meramente extraño, sino en la forma en que lo extraño puede llegar a alojarse en lo propio, en lo familiar, en las instancias de reconocimiento. La pandemia, entre tantas cosas, nos planteó un desafío de esa índole. Ya se ha dicho que al principio parecía que no, que encajaba perfectamente en los parámetros ideológicos más acendrados: parecía que la protección estaba adentro (“quédate en casa”) y el peligro estaba afuera (“el virus está en la calle, somos nosotros los que salimos a buscarlo”, está en el aire, lo portan los desconocidos). Ya se ha dicho también que prontamente todo eso cambió, pues se supo que el contagio era más bajo al aire libre que en los espacios cerrados. Por ende se resignificaron lugares como terrazas, balcones, patios, jardines, parques, plazas. Las calles ya no estaban desiertas. Con barbijo y con distancia, era posible encontrarse, ver cielo, pasear, salir a correr, a pedalear, a tomar algo en las veredas.

Pese a eso, la ideología del encierro persistió (persistió en quienes la defendían y también en quienes la deploraban, ajenos a lo que efectivamente pasaba y a lo que efectivamente servía para prevenir el corona virus). No era tan fácil, evidentemente, y no lo es, remover esas premisas: las que hacen del hogar y de lo familiar un espacio de protección, las que establecen que la amenaza está siempre afuera y encarna siempre en los extraños. Ese encuadre persistió, aun frente a toda evidencia.

Todo esto ya se ha dicho, pero agrega un elemento más a lo mucho que se comentó sobre la fiesta de cumpleaños en Olivos. Con jardines a disposición y tardes de invierno tan gratas como las que suele obsequiar Buenos Aires, ¿por qué reunirse así, bajo techo y con ventanas cerradas? Tal vez porque, enmarañados en una enésima tarita binaria (cuidarse / no cuidarse), se cerraron a la comprensión de cómo había que cuidarse; y enfrascados en la esterilidad de una vana antinomia más (vivir / no vivir) relegaron el planteo medular: el de cómo seguir viviendo. Porque eso que hicieron, y estuvo mal, además lo hicieron mal.



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Escritor. Anda dando vuelta tanto gil que se publicita escritor. Y Martín Kohan, tres libros de ensayo, tres de cuentos, diez novelas dice que en un sentido estricto nunca descubrió haberlo sido. Que su relación siempre fue con el escribir y no con el ser escritor, que para él eso nunca representó una ambición o un deseo. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires. Enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia. Cree que por haber elegido la literatura resignó un aprendizaje, integración, sociabilidad, disfrutes compartidos. Al estar tanto tiempo solo, leyendo o escribiendo, dejó que discretos pasaran por un costado. Entre sus tantos libros se encuentran El informe, Los cautivos, Dos veces junio, Ciencias morales, Bahía Blanca y el último, de cuentos, Cuerpo a tierra. En la infancia tuvo una perra: Yenny. En la adultez, un gato: Dumas. Kohan prefiere la ropa de Adidas, es fanático de Boca como su hijo Agustín y al acostarse, antes de quedarse dormido, implora que no lo atraviese el insomnio.

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