atención flotante / julián ferreyra

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Esperar es flotar, no al revés. Por ello surfear requiere una atención parejamente flotante. Movimiento y mirada escindidos, potencia y calma fundidos. La atención escópica también debe tender a la flotabilidad: la mirada nunca puesta en los pies, en el ombligo, ni directamente en la acción del movimiento de la ola sobre la tabla. Debe posarse con precisión, pero sin fijeza sobre el horizonte invertido, fenomenológico: el que se forma en la costa, el negativo del horizonte que traza el cielo en el mar. Hay que mirar, como en un psicoanálisis, asertivamente hacia atrás.

Metáfora de quien habla acostado y mira sin ver hacia atrás la presencia del analista.

Ponerse de pie sin suelo, por puro efecto de encadenamiento de fuerzas, es un contrasentido, tal como asociar: se debe prescindir, exagero, hacerse un duelo de la alianza entre los pies y lo sólido, lo cual sabemos se desvanece. Es otro modo de pararse, uno milagroso. El transcurrir del decir de quien asocia es surfear por otros medios, aunque igualmente acuoso. Al decir de Nothomb, una metafísica de los tubos. Se habla igual pero por otros medios, o distinto pero por los mismos. Alegoría con la aporía del Cristo caminando sobre el agua.

La cresta de la ola no es un lugar interesante, como piensan en la psicología positiva o en el positivismo de ultramar: es más bien una zona muerta, pura espuma. Estar ahí denota precocidad maníaca antes que arrojo. Un falso self surf harto menos digno que un tropiezo, que puede dejar memorables caídas.

Surfear requiere de un saber hacer con la condensación y el desplazamiento: lo primero como necesidad para la expresión explosión corporal previa a la acción de dejarnos tomar, la contra energía en la remada/parada; lo segundo como medio para sostenerse firme en lo fluido.

Ponerse de pie es parecido a tomar la palabra impropia: un arrojo incalculado, pero deseado, intuido antes que especulado. Pararse, tomar la palabra, permite una navegación prolija aunque aceleracionista, un futuro anterior que se contempla y siente en las tripas pero que no se puede capturar. Un instante impensable, una verdadera experiencia, desmesura apacible.

El pico es siempre anterior a la ola, ídem el significante al significado. La succión de la ola es analógica de la devora propia del signo. La ola es un lapsus, atendemos a su emergencia, un tropiezo que nos arrastra placenteramente. La ola más obvia y anunciada no sirve. Lo obvio debe desutilizarse, servir únicamente como señalamiento de lo otro, por ejemplo la siguiente ola. Lo obvio resulta interesante cuando se lo dignifica como resistencia acuosa, esa producida por exceso de remada.

Todo surfista debe intentar comportarse como un Hokusai: hacer de una ola cualquiera un cuadro en eterno movimiento.

Surfear es freudiano en tanto posibilita una experiencia de soledad feliz: un hacer con lo apabullante del sentimiento oceánico. En este sentido es deporte extremo.


Julián Ferreyra, psicoanalista. Psicoanalista ( ). Docente en Psico/UBA. Autor de Psicoanálisis en Villa Crespo y otros ensayos (2020). Coautor (con Sofía Rutenberg) de Psicoanálisis, Feminismo, Peronismo (2023)



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