definiciones, conceptos, pensamientos / roque farrán

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Definiciones, conceptos, pensamiento: cuestiones de vida o muerte

La definición geométrica euclidiana de la línea recta es: “la distancia más corta entre dos puntos”. La definición geométrica spinoziana de dios es: “un ser absolutamente infinito, esto es, una substancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita”. La definición topológica lacaniana del significante es: “aquello que representa a un sujeto para otro significante” (o de la cadena de significantes: “anillos cuyo collar se sella en el anillo de otro collar hecho de anillos”).

Las definiciones nos pueden parecer limitantes, demasiado estrechas, o, por el contrario, excesivas y ambiguas; el asunto es saber dónde y cómo operan, hacerlas jugar en un campo determinado para desestabilizarlo y producir otra cosa.

Hace poco leía a un espíritu romántico que despotricaba retóricamente contra la definición de la línea recta, en pos de lo que a todos nos resulta fácil imaginar: lo atractivas que son las curvas, que la vida es desvío, enredos y demás. Eso me dio el pie para pensar por dónde pasa el equívoco habitual, en el cual a veces nos enredamos inútilmente sin saber, porque terminamos haciendo el juego más bobo: el que nos propone el sistema (cerrado y de primer orden) y sus alternativas de paseo alternativo (el turismo aventura cultural).

En vez de despotricar contra la pobre definición de línea recta, bastaría trazarla en un plano deformable (imaginemos que dibujamos la línea recta en una hoja que luego abollamos) para comprobar que puede derivar en curvas sorprendentes, sin perder por eso la definición axiomática que nos orienta; pues no otra cosa es lo que hacen las geometrías no euclidianas, o la topología, al encontrar nuevas posibilidades e imposibilidades en superficies que sufren deformación continua.

Lo mismo sucede con la definición de dios en Spinoza, o con la del sujeto del significante en Lacan: no se trata de atacar o sustituir términos orientadores, por suponerlos demasiado fijos, sino de producir operaciones efectivas que trastoquen los planos y lugares en que se inscriben habitualmente; abrir pues el sistema a otro orden de cosas en el cual los elementos del primero se reconfiguran radicalmente.

La definición de dios que nos da Spinoza no supone fijarlo como punto inmóvil del Ser Supremo, sino como potencia infinita que se expresa en todas las cosas, incluso las más insignificantes. La definición del sujeto que nos da Lacan no supone fijarlo en ninguna identidad preestablecida, sino encontrarlo desplazándose en cualquier intervalo de significantes.

El asunto entonces es saber dónde operar las transformaciones reales y simbólicas, caso por caso, haciendo un buen uso de la imaginación en vez de quedarnos en un mero cuestionamiento romántico e imaginario que no trastoca en verdad el statu quo (o peor: lo reproduce ingenuamente). Pero para eso, hay que implicarse en las definiciones y seguir sus consecuencias.

Tres definiciones más nos permiten entender que no se trata de entrar en discusiones inútiles; se trata de probar variaciones, extensiones, modulaciones del concepto que nos orientan en la vida.

Deleuze: “La filosofía no tiene estrictamente nada que ver con las discusiones: ya es suficiente con molestarse en comprender el problema que alguien plantea y cómo lo hace, lo que se precisa es enriquecerlo, variar sus condiciones, añadirle algo o conectarlo con otra cosa, pero nunca discutir”.

Canguilhem: “Trabajar un concepto es hacer variar su extensión y su comprensión, generalizarlo gracias a la incorporación de rasgos excepcionales, exportarlo fuera de su región originaria, tomarlo como modelo o inversamente buscarle un modelo. En resumen, conferirle progresivamente la función de una forma, mediante transformaciones reguladas”.

Para Foucault, quien sigue en esto a Canguilhem, el concepto es “uno de los modos por medio del cual un ser vivo extrae información de su medio e, inversamente, lo estructura. Que el hombre viva en un medio conceptualmente construido no prueba que se haya desviado de la vida por algún olvido o que un drama histórico lo haya separado de ella, sino solamente que vive de una manera determinada. […] Formar conceptos es una manera de vivir y no de matar la vida; un modo de vivir en una relativa movilidad y no un intento de inmovilizar la vida”.

Para concluir abro tres hilos, y los voy cruzando hasta llegar a seis, a fin de que se anuden como conviene.

1. La vida es un tejido firme y frágil a la vez, pues se puede cortar por cualquiera de sus hilos, que juntos son casi indestructibles.

2. La muerte es parte de la vida, ocurre a cada paso: perdemos la piel, los órganos, los vínculos, las ganas, y aun así todo se va reacomodando de algún modo, pues las partes no son los hilos que nos sostienen.

3. Es posible darle un corte justo a todo, si se encuentra el hilo de los hilos que no conducen a ninguna parte, porque en esencia no hay fin sino insensata persistencia, quien ha llegado ahí lo sabe: puede decidir si continuar o no.

4. Es necesario habilitar el tropiezo, la caída, el error, el balbuceo: lo cual define a la vida, en tanto se trate de un cruce de hilos in-sabidos; pero también puede ser la muerte, en tanto lo que se corte en efecto sea un hilo.

5. La escritura es una forma de errar, una forma de vida, una forma de anudar errores y errancias dispares por igual, de conjurar las partes perdidas, de abismarse del todo y salir rejuvenecido, con los ojos enrojecidos, extrañado, otro. También puede ser un modo de anticipar y prolongar el corte final o de constituirse a sí mismo para enfrentarlo con los ojos abiertos.

6. El fin nadie lo sabe por anticipado, el principio nadie lo pidió, solo contamos con el medio para tramarnos entre vida, muerte, deseo. El medio es el pensamiento accesible a cualquiera, que se respira como el aire a nuestro alrededor.


Roque Farrán es filósofo e Investigador del Conicet, sus últimos libros publicados en 2021 son La razón de los afectos y Militantes ¡ocúpense de sí mismos!



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