nuevos liderazgos de derecha (parte 2) / tomás lüders

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Nuevos liderazgos de derecha: una cuestión de identidad

Tras el auge de lo que se ha llamado liderazgos de popularidad o de audiencias, supuestamente posideológicos, vienen surgiendo en Occidente –del que nuestro país no está excluido para este caso– nuevos liderazgos abiertamente ideologizados. Sin embargo, las descripciones extensas de doctrinas y posturas no logran categorizar el fenómeno. Después de todo, las narrativas políticas tradicionales parecen continuar archivadas en la papelera de la historia. No obstante esto, los nuevos líderes logran una efectividad inusitada a la hora de articular identidades políticas “intensas”. Desde nuestra perspectiva, esta eficacia se sostiene en la capacidad de estos líderes de hacer de sus discursos superficie de inscripción de toda una estructura de afectos que se forja en la antagonización con lo que se supone una izquierda populista, izquierda populista que durante sus gobiernos beneficiaría o habría beneficiado a los sujetos “incorrectos” en desmedro de quienes apostarían al esfuerzo individual como valor supremo.

Sin recurrir a argumentaciones complejas, suelen hacer que su visión de conjunto se desprenda de la mostración de lo concreto y el recurrente uso de la antítesis, desde lo que parece una “retórica de los martillazos”.

PARTE 2

Del líder de popularidad al nacimiento del líder de derecha contemporáneo

Nuestro país había conocido en la década de los noventa, bajo las presidencias de Carlos Menem, cambios importantes respecto de los liderazgos políticos tradicionales. Sin embargo, desde nuestra perspectiva, el estilo menemista no se corresponde con la figura del líder de popularidad ni con la del líder populista. El análisis de su caso implicaría un abordaje diferenciado en sí mismo. Aunque desde la politología ha caracterizado el liderazgo menemista como “personalista” y “decisionista” y aunque éste haya producido un cambio de orientación ideológica y programática al Partido fundado por Juan Domingo Perón (en la que la lógica estadocéntrica habría sido desplazada por un lógica mercadocéntrica -9-), aunque estuviéramos en un contexto caracterizado por el “Fin de la Historia”, aunque se hablara de “farandulización” de la política –con la presencia del propio Menem y dirigentes afines en programas y revistas del espectáculo en un contexto en el que además el espacio central del periodismo dejaba de ser la prensa escrita para pasar a ser la televisión y su lógica del entrenamiento-espectáculo–, lo cierto es que la figura de Menem no fue la del outsider partidario: era, después de todo, el hombre que hegemonizaba al principal partido del país habiendo desarrollado su carrera dentro de él. No lo disolvió y negoció tanto con sus dirigentes como con los de la oposición desde estrategias políticas marcadamente personalistas pero relativamente clásicas.

A la vez, vale destacar que si bien algunos dirigentes ya habían comenzado sus carreras en los noventa o hubieran coqueteado con realizar una durante esa década, lo cierto es que la consolidación de líderes outsiders nacionales provenientes del mundo privado se consolida en el marco de las presidencias kirchneristas. De hecho, lo hace en contraste con éstas.

Figuras todas ellas que escapaban tanto al relato kirchnerista que priorizaba “la política” por sobre “la economía” como la antagonización que consolida la identidad kirchnerista a partir del llamado “conflicto con el campo” de 2008. Estos en cambio apelaban a los ya mencionados valores de grado cero y las promesas de resolución directa y práctica de los problemas sociales para mostrase como dirigentes no confrontativos a la vez que referentes de un sentido común cuyas ideas-fuerza estarían tan consolidadas que no necesitan explicitarse.

Si las trayectorias de Mauricio Macri y Francisco de Narváez (alguna vez socios creadores de una fundación desde la que buscaban lanzarse juntos desde el ámbito empresarial al público) son la dos figuras que se posicionan en el campo opositor al kirchnerismo, las de Daniel Scioli y Sergio Massa representan casos de dirigentes que consolidaron sus carreras como figuras desde dentro del propio kirchnerismo. No obstante esto, todos construyen su imagen desde una lógica opuesta a la del gobierno, aunque estuvieran dentro de él. Decíamos, apelan a lógica diferencial, le hablan a “la gente”, se ofrecen como alternativa a los descuidados por el discurso oficialista explícitamente politizado, discurso que interpelaba a un “pueblo” identificado como “los de abajo” (10).

El caso de Daniel Scioli quizás sea el más paradigmático. Siendo vice-presidente del propio Néstor Kirchner (y jamás habiendo rompido con el kirchnerismo) fue y es una figura que nunca se adaptó a la narrativa de la recuperación de la política como el locus desde el que se hacen las transformaciones sociales a favor de los menos poderosos, en contraposición al “neoliberalismo” que le habría otorgado ese lugar al mercado en favor de los más poderosos. De hecho, y como ya ha sido trabajado por desde el campo de la historia, Daniel Scioli fue escogido como vicepresidente por su extrañeza respecto del discurso de centro-izquierda que venía construyendo Néstor Kirchner en su campaña presidencial con el objetivo de seducir a un electorado ajeno a estos posicionamientos o que supieron votar al menemismo (11).

Como ya se recordó, es sabido que el discurso kirchnerista decantaría en una dialéctica pueblo-antipueblo luego del intento del entonces flamante gobierno de Cristina Fernández por imponer la Resolución 125 de retenciones móviles a las exportaciones de granos. Sin embargo, un Daniel Scioli que había pasado de ser vicepresidente a gobernador de la provincia de Buenos Aires mantendría un estilo enunciativo que seguía articulando valores “imparciales”, orientados a un destinatario amplio, sin exclusiones. Un discurso del hacer concreto, resaltando la “honestidad”, el “trabajo”, “la esperanza”, etc. Significantes con los que se alejaba explícitamente del discurso agonal que dominaba al kirchnerismo: ofrecía aburrimiento frente a una exaltación de las pasiones leída como innecesaria. Representando valores de grado cero, escapaba a la polémica del juego discursivo político, pues cuestiones como la “honestidad” o la “laboriosidad” no pueden ponerse linealmente en cuestión, a menos que se recurra a lo que Michel Foucault definiría como cierta “filosofía de la sospecha” del tipo genealógico nietzschiano o “formal vs. real” marxiano. De nuevo, ¿quién puede decir que hacer las cosas con honestidad está mal a menos que, desde la vorágine de la arena pública, intente una deconstrucción del uso del concepto por parte de quien recurre a él?

Claro que en el caso de las figuras opositoras, la diferenciación podía y debía hacerse explícita, aunque, como ya se dijo respecto de estos tipos de liderazgos, ésta es construida como imposición del contexto y no se representaba como parte del ethos elegido para construir la imagen de los enunciadores. La confrontación es, en un sentido derridiano, el suplemento de este tipo de discursividad. Como ya se mencionó, el supuesto de estos liderazgos es el de que cualquier conflicto es un conflicto artificialmente creado, no el producto de las desigualdades sociales. La diferencia además es estrictamente definida en el marco de la diferencia con el adversario político, no con el colectivo al que éste representaría.

Si vamos al caso de la campaña legislativa de medio término 2009, se destacaba en los discursos del conglomerado opositor que encabezaban Mauricio Macri y Francisco de Narváez, al que se sumaban figuras disidentes del peronismo, el derecho a “poder dialogar, pensar y elegir distinto”. Pero a la vez no se cuestionaban los “logros sociales” del gobierno sino que se los extrañaba y extraían de la dialéctica pueblo-antipueblo kirchnerista: no había en sus enunciados lo que en términos veronianos se define como un “pro-destinatario” al que se le hace corresponder un “colectivo de identificación” (es decir, un destinatario ya convencido, al que se le habla para reforzar su pertenencia), sino como ya señalábamos al hacer una caracterización general de este tipo de liderazgos, una interpelación al para-destinatario. No se trataba entonces de ofrecer una creencia-pertenencia que sobredeterminara la diversidad de demandas (“seguridad, educación, derecho a trabajar” según se repetía en las campañas de entonces), sino de representarse como los mejores gestores para solucionar cada cuestión. Así, paradigmáticamente, las críticas de este frente se recostaban sobre el valor otorgado por los liderazgos de popularidad a una política ligada a la resolución de problemas comunes a “todos” o específicos pero nunca contrapuestos al interés del conjunto. Postulaban como algo “evidente” que era posible gobernar sin exclusiones y desde el pluralismo si se dejaban atrás dicotomías definibles desde estos discursos como “artificiales” (cfr. supra).

Al mismo tiempo, como también ya describíamos en un sentido general, la interpelación de estos dirigentes se individualizaba siendo la forma interpelatoria privilegiada era la primera persona del singular: “vos” o “soy como vos”, reemplazaba tanto al “nosotros” como el “ustedes”. El despliegue escénico, televisivo, privilegiaba la mirada del dirigente a los cámara-ojos de un destinatario particularizado, que estaba en línea horizontal, contraponiéndose al discurso dirigido verticalmente hacia un grupo desde una grada elevada o atril de los líderes kirchneristas.

Si avanzamos un poco más en el tiempo, la campaña presidencial 2015 de Maurcio Macri reproduciría el mismo paradigma discursivo. Nuevamente el ethos y el pathos antagonizantes eran atribuidos al adversario. Se trataba de sostener un discurso sobre el eje semántico del “hacer” –“haciendo lo que hay que hacer” sería de hecho el slogan circular que elegiría el gobierno de la alianza Juntos por el Cambio– y se establecía que no se retrocedería respecto de las políticas redistributivas del gobierno anterior, nuevamente, asumiéndolas desde una lógica de la diferencia que las extraña de la lógica equivalencial bajo la que eran articuladas por el discurso kirchnerista. No se definía un “Pueblo” o un “Antipueblo” ya que, como ya decíamos, la resolución de los problemas y demandas era definida como práctica, no política.

Aunque se establecían componentes prescriptivos (entre ellos la necesidad de “volver a integrarse al mundo”) las ideas fuerza del discurso macrista se subordinan a la dimensión indiciaria-horizontal, bajo eslóganes individualizantes como “estoy con vos”. De hecho, los principales candidatos del conglomerado hegemonizado por el PRO llegaban incluso a darle nombre propio al destinatario: lo programático dependía de las necesidades de cada persona (es decir, eran distinguibles una a una, y no como parte del Pueblo-Uno), destacándose dentro de esta estrategia la célebre campaña en la que se los puede ver a un Mauricio Macri candidato a presidente y a una María Eugenia Vidal candidata a gobernadora por la provincia de Buenos Aires (y varios otros dirigentes de menor rango) visitando a “la gente” en sus hogares (12).

En resumen, si el discurso populista kirchnerista terminó sosteniendo su interpelación en la nominación-reconocimiento de cada individuo como parte de un todo más amplio articulado desde un enunciador-líder excepcional (solo él o ella era capaz de este acto atributivo), el discurso indiciario-diferencial de la campaña de Juntos por el Cambio llevaba la lógica del contacto al extremo: en los spots, los dirigentes compartían físicamente el espacio de la representación con los futuros representados al llevarlo físicamente a sus domicilios, en donde abrazos y mateadas eran habituales… el mate era el intercambio del don que saldaba simbólicamente cualquier desigualdad real entre el mundo macrista y el mundo de la gente común (13).

En este marco, puede hablarse de una municipalización de los problemas sociales generales: “la promoción de lo local, lo urgente, lo ‘concreto’ en vez y en lugar de los principios, perspectivas y visiones de conjunto”, en palabras de Debray en sus Revoluciones Mediológicas del Poder. La demanda de empleo se equipara a la demanda de reparar una vereda (que es, usualmente, esa vereda, la suya y no todas las veredas, pues esto puede, peligrosamente, llevar a plantear estrategias urbanas integrales). En un sentido que no deja de hacer resonar la ya mencionada máxima de Saint-Simon, se trata después de todo de suponer que el gobierno de los hombres puede ser reemplazado por el gobierno de las cosas, aunque esto es así porque se cosifican todas sus necesidades. Operación no muy difícil de hacer cuando el consumismo (y, hay que admitirlo, también el kirchnerismo, con su festejo de los “bienes ascensionales”) ha reemplazado cualquier resabio de civismo.

Ahora bien, después de que el Frente de Todos superara con holgura a Mauricio Macri en las PASO –que tenía como trasfondo una situación económica de inflación y endeudamiento creciente–, se produjo un efecto sinceramiento del candidato oficialista, dada la necesidad de apuntar a ese conjunto social que había conformado una identidad política en estricta oposición al kirchnerismo. En este sentido, recordemos, la politización antagonizante de éste último había generado la politización en sentido inverso de distintos sectores sociales que no se identifican con “el Pueblo kirchnerista” (14).

Si la campaña presidencial de Macri de 2015 y la estrategia discusiva desplegada durante su gestión ubicaba la ruptura en clave temporal, con el pasado de confrontaciones generado por el kirchnerismo, la campaña para su reelección actualizaba el rupturismo kirchnerista, pero en sentido inverso. Se dejaba atrás lo que entonces se llamaba “duranbarbismo” (15) y se archivaba lo que parecía una sincera creencia de las principales figuras del gobierno: la idea de que la gestión de estilo empresarial podía superar la gestión del tipo político como forma de gobierno, creencia que encontraba su correlato estilístico y estratégico en reemplazar in toto la politicidad del discurso gubernativo por estrategias publicitarias.

Ahora el eje pasaba por establecer una clara operación refundacional (es decir, Macri realiza un movimiento retroactivo) que radicalizara la noción de cambio estrenada en la elección de 2015: el peligro de una “vuelta al pasado”, se decía, estaba demasiado presente y amenazaba todos “los logros conseguidos con gran dificultad”. No obstante, esta reformulación agonal del discurso macrista mantenía la estrategia de legitimarse sobre el eje del hacer. Continuaba recostándose retóricamente sobre el exemplum, intentando hacer del discurso una deíctica de las obras concretadas (“lo que hicimos juntos”), intentando capitalizar casi explícitamente la acepción del sentido común que contrapone hechos a palabras: la enumeración de lo particular basada en la supuesta evidencia inductiva demostraba entonces la regla. El mensaje connotado sería reducible a la dicotomía “hacer” del oficialismo frente al mero “decir” opositor.

Justamente lo valorativo e ideológico de éste discurso estuvo en producir ideología con “lo evidente”, estábamos frente a una estrategia que se hacía simbólica (en el sentido lacaniano que venimos utilizando) desde lo que no necesitaría de simbolización: se trataba de mostrar lo hecho, no de narrarlo. En algún sentido entonces, lo que era suplementario para este liderazgo de popularidad se manifestaba ahora discursivamente, sin romper sino radicalizando los ejes semánticos originales. Las condiciones que impone ejercer el Poder se revelaban ahora como ineludibles.

La estrategia de “mostrar lo hecho/conseguido juntos”, que se conectaba anafóricamente con la máxima circular “haciendo lo que hay que hacer” de los comienzos del gobierno, se representaba tácticamente a partir de videos espontáneos o supuestamente espontáneos de la propia “gente”, el individuo y su experiencia particular, el “cada uno” se representaba como el paradójico ethos de un colectivo.

Ahora bien, y recapitulando, la reformulación de la estrategia de liderazgo de Mauricio Macri en 2019, aunque antagonizara, continuaba sin hacer del suyo un liderazgo del tipo populista (en el sentido que ya fue definido en el apartado anterior), es decir, un liderazgo que venía a transformar la identidad de aquellos a los que interpela bajo su semblante. De hecho, a pesar de su abierta confrontación con el “amenazante kirchnerismo”, el entonces candidato-presidente seguía privilegiando en su interpelación al para-destinatario: “te escuché”, decía Macri tras su baja performance en las PASO al admitir “las dificultades” –el morfema dificultad parecía ocupar el lugar decantado del morfema “error” – que enfrentó una gestión que, sin embargo, se decía, había “concretado grandes logros”.

Pero así y todo, el deber-ser no exigía ahora una transformación ni de las figuras gubernamentales ni de quienes habían adherido o adherían a ella. Ya se las representaban desde lo que eran. No necesitaban explicitarse grandes fórmulas prescriptivas. Se hacía una didáctica que se limitaba a amplificar lo que se suponía era auto-evidente. En un juego enunciativo circular que ya era propio del liderazgo macrista se decía (y sobre todo mostraba) que se había hecho y era necesario continuar haciendo (con las recalibraciones del caso) “lo que hay que hacer”. Macri, entonces, trazaba una frontera del tipo amigo-enemigo, pero esquivaba otras características propias de la lógica populista laclausiana: su lugar no es el del significante vacío, que sobredetermina el sentido de las demandas de sus representados, su lugar seguía siendo el del agente que más efectivamente respondía o podía responder a esas demandas.

Justamente de lo que se trataba, entonces, era de radicalizar su oferta como representante de aquellos que no deseaban o desean cambiar su identidad particular frente a un adversario que exige dicha conversión para no se categorizado como enemigo. No se intentaba representar un exceso de sentido que sobrepasara las demandas individuales, sino de hacer de éstas la propia “Cosa”, en el sentido lacaniano del término que venimos utilizando.

En este marco, el estilo de liderazgo que comenzaba a delinear el macrismo y que, como veremos, pronto reditaría el PRO a partir de la figura Patricia Bullrich, aunque continuara adscribiendo a demandas y valores que ya habían sido definidos por autores como José Natanson y Gabriel Vommaro, pasaba ahora representarlos desde una concepción de la democracia confrontativa y sustantiva que, desde la recuperación de la democracia hasta entonces, solo se había manifestado desde el kirchnerismo.

El perfil trazado por Mauricio Macri ya en 2019 pasaría a ser el primer antecedente de la emergencia de un liderazgo de derecha de nuevo tipo, una derecha que podía correrse del centro para asumirse abiertamente como una alternativa de Poder y no solo de gestión.

Prehistoria

El recurso enunciativo al colectivo de identificación usualmente englobado en español bajo el apelativo “la gente común”, contrapuesto a un colectivo al que se denuncia como artificialmente “ideologizado” no es novedoso en política. Baste remitirse a las “mayorías silenciosas” (cfr. supra sobre la explícita recuperación de la categoría en el discurso de campaña argentino 2023) del Partido Republicano estadounidense de fines de los sesentas frente a las movilizaciones por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam de las minorías étnicas y la juventud. También resulta antecedente inevitable la más tajante noción de la premier británica Margaret Thatcher de los ochentas: “No hay tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres y hay familias.” “La Canciller de Hierro”, que también enunció el dictum su “there is no alternative”, fue muy probablemente una de las pocas figuras políticas que se atrevió, a partir del uso de frases tan taxativas, a expresar y revelar la autopercepción de las derechas contemporáneas de ser expresiones objetivas de una técnica gubernativa que no es politizable. Lo hizo claro con una brusquedad muy alejada de la de los líderes de popularidad que recubren semánticamente esta idea-fuerza tan rígida con construcciones más dulcificadas, siempre subordinando en la superficie discursiva la idea de que lo “objetivo” se adapta a su vez a las necesidades cotidianas de los sujetos a los que se interpela desde esa construcción biográfica intimista-personalista de registro indiciario. En algún sentido, Thatcher expresaba con total nitidez el deber-ser en bruto subyacente a algo que, paradójicamente, se formula como juicio general que alcanza a todos los hechos, y no como juicio de valor.

Pero, más allá de la brusquedad con la que la entonces premier británica enunciaba sin atenuantes sus ideas fuerza, podría decirse que es hacia principios de los años 80s, con la crisis del modelo estado-intervencionista, que el liberal-conservadurismo comenzó a definir una estrategia para hacer política popular… negando la existencia del Pueblo, al menos de un pueblo considerado como identidad colectiva homogénea (16). Desprendiéndose de cualquier resabio clasista y generando estrategias relativamente efectivas contra acusaciones de este tipo, conjuga así en el discurso algo que, sino improbable, había resultado siempre complejo de articular dentro de dicho entramando ideológico: la libertad individual con el discurso del Orden. El individuo al que se interpela es aquel que progresa en el orden frente al que “se aprovecha” de éste (17).

Apelando nuevamente a las conceptualizaciones lacanianas, comenzaron a ofrecerse como superficie de inscripción para un sujeto individual que ya reconoce su identidad propia como una que es constatación de los “valores correctos”, la tradicional laboriosidad pequeño-burguesa frente la ociosidad atribuida a “los de abajo”, el “orden” frente al “desorden”, la “autonomía (económica)”, frente a “la dependencia económica”, etc.

En este sentido, y como ya esbozábamos, el viraje que encontramos en la estrategia de campaña de Mauricio Macri en 2019 parece mostrar los límites de los liderazgos de popularidad, si entendemos a estos como liderazgos que evitan recurrir a la antagonización y a la dimensión agonal de lo político sin más.

Esto nos obliga entonces a trabajar la lógica interpelatoria de las nuevas derechas. ¿Podemos entonces hablar de un populismo de derechas? Desde la perspectiva laclausiana, el populismo es un “dispositivo neutral” (seguimos en esto a Slavoj Žižek en su crítica a Laclau) y por ende, si el discurso político construye un antagonista, es un discurso populista, no importa si lo hace “por derecha” o “por izquierda”. Sin embargo, como ya comenzamos a desarrollar, la sobredeterminación de las identidades particulares no parece ser el locus discursivo de las nuevas derechas. La identidad de los sujetos interpelados ya se da por descontada.

Sin recurrir directamente a Laclau, en años recientes, autores como Pierre Rosanvallon, y en nuestro país Pablo Stefanoni no han dudado en definir a los nuevos liderazgos de derecha como “populistas”. Sin embargo, con todo lo valioso que acarrean, estos trabajos buscan establecer definiciones a partir de descripciones extensas de idearios que resultan muy heterogéneos, por lo que terminan construyendo mosaicos que no logran explicar lo que parece ser un factor común que está trascendiendo coyunturas específicas y que solo se explica a partir de un cambio epocal que las trasciende. Lo que es más, difícilmente puedan categorizarse a todos estos movimientos como liberal-conservadores. En este sentido, si las izquierdas (así, pluralizándose) parecen haber encontrado antes que las derechas en las llamadas identity politics un ethos sobredeterminado por un pathos que sustituye los viejos antagonismos de clase, las llamadas derechas parecen estar encontrando el propio, y el eje también está en la enunciación antes que en los enunciados.

En este punto es que creemos que la categoría de populismo de Laclau (hechas las aclaraciones del caso que ampliaremos en este punto) y de dimensión ideológica de Verón, en su privilegiar las formas sobre los contenidos resultan clarificadoras. Particularmente si, como venimos esbozando en este artículo, nos sumergimos y ampliamos el trabajo sobre las raíces lacanianas del proyecto teórico del primer autor. La cuestión es si podemos llamar “populistas” a discursos que, siendo antagonizantes, no plantea una totalidad identitaria que exceda las identidades individuales de los sujetos interpelados. Podría afirmarse, recuperando a Louis Althusser, que la noción de sujeto individual y autónomo es una ilusión, el efecto por antonomasia de la ideología. El propio Lacan, en sus diferentes etapas (que a su vez había influido sobre Althusser antes del desarrollo de su teoría de lo Real como dimensión negativa) continúo de hecho sosteniendo siempre que la noción de yo, divida en francés entre moi y Je, era un efecto de lo imaginario y simbólico. No obstante esto, no nos interesa abordar aquí los efectos de producción de subjetividad de largo plazo, sino la eficacia de ciertos liderazgos políticos en plazos más acotados.

Hecha esta aclaración, destacamos que, respecto a esta cuestión, este texto aborda el caso argentino, más allá de que entendemos como general el peso que adquiere para las nuevos liderazgos de derechas las modalidades de enunciación y sus efectos de identificación, por sobre definiciones doctrinarias y programáticas. Después de todo, lo que estamos analizando, es la reemergencia de identidades políticas fuertes después de anunciado (¡y casi constatado!) su declive tras la caída del Muro de Berlín. Se reconstruyen, eso sí, en un contexto que ya no ofrece a los liderazgos la capacidad de desplegar argumentos doctrinarios densos. En este marco, las propias materias significantes y gramáticas de la mediatización que han desplazado de su centro y con rapidez inusitada a la televisión por las redes sociales que nacen de una Internet a la que a su vez redefinieron, parece reforzar la sintaxis indiciaria. Sin embargo, a diferencia del espectáculo televisivo, aquí el contacto permite al propio contactado su representación, no solo como destinatario, sino también como enunciador. Y como bien ha abordado Byung Chul-Han en diversos trabajos y, más recientemente, Justin E.H. Smith, –por mencionar dos casos de gran repercusión editorial y a la vez brillante capacidad interpretativa– éste no tiende a manifestarse como se supuso que se manifestaría el sujeto de la posmodernidad: las antiguas narrativas y sus identidades no son reemplazadas por el mero hedonismo y el cinismo, tal como se preveía mayoritariamente desde las academias y medios, sino por afectos fuertemente confrontativos. Si las redes los invitaban a “comunicar” su intimidad para crear nuevos lazos sociales, los sujetos se manifiestan desde su yo pero no para concretar la propuesta de una intersubjetividad global armónica, sino para confrontar unos contra otros. Estos afectos, veremos, no son meras manifestaciones de narcisismo (y en esto nos diferenciamos de Han) sino que expresan, de forma altamente afectiva, fuertes opiniones que, carentes de argumentos elaborados (y en este sentido las teorías conspirativas no son sino un índice de esta falta), aparecen disponibles para encontrar fijación, sino en una narrativa política, al menos en el núcleo básico de cualquier relato político: la identidad en busca de reconocimiento del propio yo frente al otro.

En este marco, los nuevos líderes de derechas parecen proyectar topoi y destinatarios que estaban presentes en los que hemos llamados líderes de popularidad, puesto que también le hablan a la gente común a la que no le interesaría la política o, al menos, la política que afecta la cotidianidad de sus vidas porque coartaría sus capacidades de desarrollo individual. Pero aunque se vean constreñidos por las gramáticas del contacto (los dirigentes y candidatos, después de todo, continúan escenificando la representación en la cotidianidad del destinatario, yendo a sus casas y a sus trabajos, dándoles incluso la palabra) en ellos lo indiciario aparece como la abreviada vía para la manifestación de lo simbólico, nuevamente en el sentido lacaniano (y en última instancia freudiano) que venimos utilizando, es decir el registro de la Ley, del deber-ser, o en términos más políticos, el Orden. La novedad de la época, nos reiteramos, es que esta dimensión adquiere espesor y eficacia más allá, pero también antes que, lo ideológico entendido en-sí mismo, como sostendría Slavoj Žižek, es decir, más allá de cualquier corpus doctrinario o sistema de ideas.

No se trata de recuperar valores liberales y republicanos tradicionales como la importancia de los procedimientos y la división de poderes, no hay, como tampoco hay en los líderes de popularidad clásicos, una recurrencia a la democracia deliberativa. Sin embargo, tampoco estamos de nuevo frente a la simple postulación de soluciones técnicas neutrales. Sino que, por el contrario, cuando como en el caso argentino, que es el que nos ocupa (cfr. supra), se dice abrevar en la tradición liberal, y como ya se insinuó a propósito del Macri 2019, se hace del liberalismo una concepción sustantiva de la política. Nuevamente, bien que se trate de un “gobierno de las cosas” que dejaría en paz a “los hombres”, este tipo de verdaderas visiones de conjunto, aunque lo hagan desde la nitidez de lo concreto en lugar de la densidad de las doctrinas, apela a una legitimidad que trasciende lo racional técnico legal y se recuesta en una “ética de las convicciones” weberiana. Lo novedoso es que lo técnico se politiza abiertamente (aunque se continúe rehuyendo de esta palabra en nombre del “sentido común”). Ya no se trata del viejo “Paz y Administración”, y sus reactualizaciones contemporáneas, que deja atrás etapas de enfrentamientos, no se trata, nuevamente recuperando al Max Weber de El Político y el Científico, de resignar principios ante las responsabilidades de gobernar sobre sociedades complejas y contradictorias, sino de hacer un paradójico principismo de la gestión.

Decíamos, se hace del individuo en tanto tal, con sus demandas de respeto a su “propiedad” y “derecho a la felicidad” –es decir, de ocuparse de sus asuntos privados sin la intrusión de lo público– un colectivo en sí mismo. Se genera así un nuevo tipo de lógica equivalencial en la que sin embargo el irrestricto respeto a la autonomía privada es el factor de unificación. En la que, a diferencia de lo que según Laclau es lo definitorio del populismo, la demanda particular y sus objetivos, no solo se sostienen como tales, sino que son representadas como el horizonte a alcanzar. Unificación que tiene como antagonistas a ese mismo “Estado obstaculizador” y sus beneficiarios y clientelas. Sin embargo, y esta es otra novedad frente al discurso liberal clásico, aquí la “conveniencia individual” no se suele oponer a la necesidad de cierto “patriotismo sacrificial”, pues éste está presupuesto en la antagonización: las promesas, parafraseando a una de las candidatas que mejor representa esta facción, pueden esperar frente a los combates.

Referencias

9- Con esta definición no estamos diciendo que el Estado o la política fueran relevados sin más por los actores del mercado durante el menemismo. Todas las reformas aplicadas por Carlos Menem fueron de hechas realizadas con el apoyo del aparato político partidario justicialista, frente a la debilidad y fragmentación del que hasta entonces era el principal partido de la oposición, y a partir de una alta concentración del poder político en su figura.
10- En este marco, el pueblo Kirchnerista, aunque se relacione discursivamente la heterogénea plebs del populismo laclausiano (cfr. infra) es una figura que ya no necesaria ni principalmente se referencia sociológicamente –ni es referenciado discursivamente– como “clase trabajadora”, dados los cambios en gran parte del mundo laboral y las nuevas formas de desigualdad y exclusión social que precedieron la asunción de Néstor Kirchner en 2003. Es decir que, aunque no sea nuestro caso de estudio en este texto, el populismo, en este caso de izquierdas, además de responder a las particularidades de sociodemográficas argentinas, y como y se dijo en el apartado anterior, es un emergente de la crisis de representación que se correlacionan con los fuertes cambios producidos en la sociedad salarial.
11- Proveniente del campo empresarial, saltando a la fama a partir del campo deportivo y la da farándula para devenir secretario de Turismo del menemismo, Scioli era, quizá junto a Carlos Reutemann, uno de los principales outsiders políticos incorporados al PJ que habían generado los noventas.
12- En este sentido, la definición de liderazgo que traza Macri remite de manera implícita, pero bastante evidente, a trazar rasgos opuestos a los del liderazgo de Cristina Fernández. Algunos párrafos de su discurso de asunción presidencial parecen, de hecho, un decálogo de las características que en este artículo definen a un líder de popularidad, que se centra en la dimensión del contacto antes que la simbólica, solo por citar un ejemplo: “Hoy me han elegido ser Presidente de la Nación y me llena de alegría y de orgullo, pero quiero decirles que voy a seguir siendo el mismo: aquel que esté cerca, que escuche, que les hable sencillo, con la verdad, que comparta sus emociones y que recuerde siempre que no es infalible. Y como Presidente quiero ser un ciudadano que se pueda comunicar con todos los argentinos para transmitirles mis dudas, mis certezas, mis ideas, mi esperanza y todas mis ganas de hacer.”(discurso de asunción presidencial de Mauricio Macri, 10 de diciembre de 2015).
13- Como nota destacada, el avance de las redes, con su capacidad de hacer minería de datos, reforzaría en estas figuras que buscan proyectar la utopía de una representación transparente o en espejo la casi maníaca obsesión por reflejar en sus mensajes hasta el más mínimo anhelo y frustración que ya se había iniciado con la incorporación de los trabajos de encuesta como input fundamental de las “nuevas formas” de hacer política. En este marco, vale destacar que aunque internet siga siendo un medio del tipo “pull” en lugar de “push”, en el sentido de que es el usuario-espectador quien selecciona su contenido, el uso de los algoritmos tiene la paradójica capacidad de hacer más precisa la oferta y sobreoferta de contenidos.
14- En este punto, vale señalar que un lectura de las demandas que se equivalencian en oposición al kirchnerismo pueden ser identificables desde cierta topografía de lo social, pero como sostiene Laclau (cfr La Razón Populista, 2005, entre otros) la relación entre las demandas y la identidad que se forja es, en última instancia inconmensurable, no hay, como se podría sostener desde una mirada marxista ortodoxa, una relación de determinación entre demandas “materiales” e identidades sociopolíticas. En palabras de Justin E.H. Smith nos encontramos frente a una “ludificación” (“gamification”) de la “economía de la atención”, en la que se busca desarrollar una estrategia para “ganar” la atención de los demás “en un sistema de limitaciones formales donde los ‘puntos’ se miden en cliqueos, me gusta, retuiteos, favoritos y otras cosas por el estilo: las unidades cuantificadas de atención”.
15- Por el principal asesor de imagen del gobierno, el publicista ecuatoriano Jaime Durán Barba. Fue éste, junto con el luego jefe de Gabinete Marcos Peña, quien, a pesar de que la elección presidencial de 2015 se realizaba sobre un electorado que en gran parte estaba polarizado, subordinó en el discurso macrista las visiones de conjunto, que siempre suponen cierta “distancia simbólica”, subordinándolas a la mostración de las “los ‘perfiles’ personales”, que aunque se representaran como espontáneos, estaban estrictamente delineados a partir de las lecturas de “radiográficas de opinión sensibles, plurales y directas” (Debray, Las Revoluciones Mediológicas del Poder, 1993, pp. 18-19). “El ostensorio del Símbolo se borra ante la ostentación del Individuo” (op. cit., p. 19).
algoritmos tiene la paradójica capacidad de hacer más precisa la oferta y sobreoferta de contenidos.
16- Dado el estrepitoso fracaso y atroz saldo de la última dictadura militar argentina, cuyo colofón fue una derrota bélica frente a la Gran Bretaña de la propia Thatcher, la derecha democrática argentina tendría en los 80s enormes dificultades para generar articulados políticos propios e incluso argumentar sobre algunas de sus principales ideas. No es casual que en el marco de reformas pro-mercado de los noventas fuera un líder y un partido ajeno a la tradición liberal quien encabezara dichas reformas.
17- Por razones de espacio no nos detendremos en este artículo a analizar el impacto de la Escuela Austríaca y sus sucedáneos sobre el ideario liberal. Pero sin dudas que las críticas anti-estatistas en favor de una “sociedad abierta” tuvieron una importancia sustantiva en la reconfiguración, no solo de programas, sino, lo que es más importante para lo que estamos estudiando aquí, también identidades.

parte 1: https://www.revistaaji.com/nuevos-liderazgos-de-derecha-parte-1-tomas-luders/

parte 3 (a publicarse en una semana)

Tomás Lüders es Profesor de Sociología y Semiótica. Investigador especializado en discurso e identidades políticas.

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