LA TRAICIÓN DE MANUEL

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“Rechacé totalmente la realidad que me tocó vivir. Yo sólo respiraba dentro  del cine” 
“Deliciosas criaturas perfumadas, quiero el beso de sus boquitas pintadas”   

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Juan Manuel nació en el oeste de Provincia de Buenos Aires el 28 de diciembre de 1932, día de los Santos Inocentes. En un pueblo de aguas  saladas, calles polvorientas y aljibes cuyo nombre se debe a quien había nacido como Conrado Blas Excelso del Corazón de Jesús Villegas, un reconocido genocida de los pueblos originarios, devenido General. 

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General Villegas, pueblo pequeño con veleidades de ciudad, a 1.000  kilómetros del mar y a 1.000 kilómetros de la montaña. 
Un solo cine, el Español. Una escuela, la 1. 
La laguna del Parque Municipal. 
Agua de lluvia en el aljibe. 
Viejas y jóvenes detrás de las mirillas de las puertas. 
El Prado Español, lugar de bailes y otros encuentros. 
La de Roldán, detrás de la vía.  
La de Caivano, en la tienda. 
Muchos dientes marrones por el agua salada. 

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El padre de Juan Manuel, Baldomero, comerciante de vinos, hombre rústico  y muy duro. Su madre, María Elena (Male), una farmacéutica nacida en la  capital provincial, aficionada al cine. 

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La casa, las amigas del vecindario, los juegos, la escuela, el negocio de  papá, la farmacia de mamá, los radioteatros, los dibujos de las artistas y el cine como centro de la infancia, fue el escenario, acaso la pantalla, donde transcurrieron los días de Manuel (“Coco”) en Villegas. No salía a andar en bici a la hora de la siesta, se quedaba a escuchar  música clásica, a jugar a las muñecas con las amigas o dibujar artistas o escenas en unos cartoncitos. 

Ya en ese entonces a Coco lo conocían como el marica, el mariconcito. El cine era el refugio de ese niño y su madre después de las seis de la  tarde. Casi todas películas norteamericanas, musicales, dramas y comedias. El Nene era calladito pero muy observador. 

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Una tarde fue hasta el negocio del padre. Escuchó voces. Eran las de su  progenitor y de Esther, la chica que ayudaba en el lugar. En ocasiones, le  tocaba la limpieza, en otras los mandados. Manuel, decidió quedarse  escondido en una parte del depósito para observar.  

Escuchó que Baldomero le decía: —Hágame un café.  

Esther solícita se lo preparó y se lo llevó. Apenas se lo acercó el hombre  dijo: — Qué rico este café. 

—Pero si no lo probó don Baldomero. 

—Yo sé que todo lo que usted hace es muy bueno. 

—Muchas gracias. 

Fue en ese momento en que Manuel vio cómo su padre se abalanzaba sobre  Esther y la besó. Luego la abrazó, le tocó los pechos, le besó el cuello, le metió la lengua en la boca y le llevó una de sus manos hasta la bragueta. Luego se bajó el pantalón hasta las rodillas y bajó la bombacha de ella. Se sentó en la silla que estaba cerca. Ella lo hizo arriba y se abrió de piernas.  Se movía acompasadamente, gemía y él transpiraba. En un momento cesaron. 

—Disculpe Don Baldomero, yo lo provoqué. 

Cuando escuchó eso, Coco se retiró sigilosamente por temor a que lo  escucharan. 

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En una oportunidad, por pura casualidad, llegó a sus manos algo que  parecía una carta, aparentemente un borrador, con muchos errores de  ortografía, rubricada por Duilio Caravera, aunque más abajo firmaba como Rodolfo, por Valentino, porque en Villegas lo comparaban con el actor.

General Villegas, 12 de mayo de 1944 

Querida Julia: 

Espero que al recibir estas líneas te encuentres bien junto a  tu familia a la que, por ahora, no conosco. Si bien lo nuestro a sido breve,  no puedo olvidar esos días junto a voz. Recuerdo la presentación de  Francisca en aquel festejo de cumpleaños de Mercedes. En medio del  aburrimiento que creo compartíamos, tu sonrisa, tu cara, tus labios, tu  cuerpo y tus expresiones me echizaron. Yo te tuteaba y a voz te costaba, la  falta de costumbre, me dijiste. El encanto y nuestra charla en esa  oportunidad nos motivaron a una cena a solas al día siguiente, en la que hablamos largo y tendido, de nosotros, de la vida, de todo. Escuchamos  aquella pieza de Canaro soñar y nada más. Y yo que seguía mirando esa sonrisa, esos ojos, esos labios tuyos tan gruesos y lindos, aún sin pintura. 

Como olvidar cuando salimos de aquel comedor, cuanto te besé la mejilla y  luego la boca. Que noche aquella. Recuerdo todo, todo lo que hicimos, lo  que me hiciste. Como me gustaría repetirlo prontamente. Julia, no puedo  vivir sin voz. No tengo un retrato tuyo, pero es como si lo tubiera, tu  imagen siempre aparese. Asta pienso que nos casaremos y nos iremos a  vivir a nuestro nidito de amor. En pocos días estaré nuevamente por la  Reina del Plata y espero ansioso nuestro encuentro. Muchos besos y  abrazos mi amada Julia. 

 Rodolfo  

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No había colegio secundario en Villegas. Cuando llegó el momento, sus padres lo enviaron a Buenos Aires. Más precisamente al Colegio Word, de Morón. 

Desde entonces al cine norteamericano le agregó el europeo (italiano, francés y alemán) y se convirtió en un amante de la lectura. A ello le sumó nuevas vivencias, entre las que no faltaron las iniciaciones y  los abusos. 

Pasaba gran parte de los días en el colegio. En uno de esos, cuando estaban en la biblioteca vio a “Pelusa” Manzano que le dirigía una mirada lasciva a  Mercedes, la bibliotecaria y debajo de la mesa, arrodillado, con una mano  agarraba el libro para tapar el lado del paraguayo Benítez y con la otra se hacía flor de paja. Se mordía el labio inferior y le daba y le daba. En ese  momento Manuel se levantó y pegó contra una de las patas de la mesa,  produciendo terrible ruido. Pelusa no sabía que hacer mientras guardaba y se abrochaba la bragueta. 

Ese hecho fue motivo de burlas y recuerdos durante mucho tiempo. 

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Otros, le pegaron fuerte como aquel día en que González se clavaba un  pendejito que “se dejaba” sin problemas a cambio de un barrilete. Mientras  González con una mano lo tenía agarrado del estómago a Sartori, con la otra le tapaba la boca y le daba bomba. 

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Pocas veces volvió a pisar el suelo villeguense. 

Breve paso por la facultad de arquitectura, después la carrera de filosofía y  letras. El cine en distintos roles fue lo que siguió. 

Desde entonces prácticamente no hubo regresos a Villegas. Los que importan, no fueron físicos, sino con sus novelas. El primero a través de “La traición de Rita Hayworth”, publicada en 1968, donde aparece Villegas (llamada Coronel Vallejos) como escenario. Con una multiplicidad  de voces, la madre, el padre, el primo, las amigas, los compañeros y varios  más. La escuela, el club, el cine. Rita Hayworth, Sangre y Arena. Cuadros  musicales a todo lujo, los vestidos de lamé, abanicos inmensos de plumas y cortinados de tul que caen en cascadas, dibujados en aquellos cartoncitos  inspirados en “El gran Ziegfeld”. También los abusos como especie de  denuncia. 

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El segundo, en 1969, cuando publicó “Boquitas pintadas”, con esos  personajes que recordaban una parte de aquel pasado, Nené, Juan Carlos,  Mabel, Pancho, La Raba, Celina, la viuda Di Carlo, Leonor, Massa, el doctor  Aschero y tantos otros.  La novela que lo condenó en su tierra de nacimiento por haber sacado los  trapitos al sol. 

En el pueblo la mayoría estaba convencida de que sus personajes en la  novela eran hombres y mujeres que conoció en su infancia; que su madre le contó todos esos chusmeríos y él los escribió. En Villegas lo leían distinto que en otros lares, ahí era un escritor realista. 

Otra vez la multiplicidad de voces y las cartas como recurso. Fue Boquitas Pintadas la novela del escándalo en el pueblo, potenciado años después por la película de Torre Nilsson que no se vio en Villegas: hubo  presiones para prohibirla por parte de la “verdadera” familia del ficticio Juan Carlos Etchepare (Danilo Caravera) y finalmente a causa de una supuesta  amenaza de bomba los villeguenses la iban a ver a los pueblos vecinos, a  Cuenca, a Piedritas.  

La brutalidad de la autobiográfica primera novela pasó desapercibida. La  segunda, con más nombres y detalles lo desterró del pueblo chico, infierno  grande. 

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Recién a fines de los noventa del siglo pasado, varios años después de su  muerte, Manuel comenzó a ser reivindicado como propio en Villegas. Fue en  esos encuentros en el pueblo, donde participaron Elvio Gandolfo, Guillermo  Saccomanno, Alan Pauls, Graciela Speranza, Cesar Aira y tantos más. 

Saccomanno lo definió allí como “violentamente Arlteano”, comparándolo con uno de los mejores escritores argentinos de todos los tiempos. 

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Desde hace unos años en la entrada del pueblo hay una foto, con su mejor  sonrisa, una gigantografía, con un texto que dice “Visite General Villegas. La  ciudad del escritor Manuel Puig”.



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Nacido en Venado Tuerto, lugar donde vivió hasta los 18 años, rosarino por elección. Abogado laboralista y Asesor Sindical. Apasionado por la lectura. Ha incursionado desde hace unos treinta años con artículos y notas en medios periodísticos (Pagina 12 y El Ciudadano, entre otros) y escribe algunos textos con escasas pretensiones literarias.

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2 Respuestas

  1. Horacio de Morón
    | Responder

    Que buen relato!!! Una pincelada ordenada de cualquier pueblo chico, con los prejuicios y las atrocidades a flor de piel. Felicitaciones al Dr. Norberto Ferrari!!!

  2. Rodolfo Arruiz
    | Responder

    Muy buen relato y muy acertada síntesis del pueblo y de el gran Manuel Puig. Felicitaciones.

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