CARTA DE AMOR

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Escribir sin saber que vas a leerme es un alivio. Me permite escaparme entre los adjetivos y los momentos de tensión. En ese ir y venir que transcurre cuando el texto va dando vueltas hacia una idea pero sin llegar a ninguna. Como nosotros. 

¿A quién le estás contando sobre tu compañera de la oficina que te hace la vida imposible? La pandemia no debería entrar en esta carta. La quise dejar afuera pero ella ahora es parte de nosotros. Esa parte que conjugó la distancia. ¿Vos sabés lo difícil que es relacionarse en estos momentos? Que sí, que no. Que le di un like, que no le miré la historia, que no pude reaccionar y se me pasaron las 24hs. Todo ese mundo que muchos ven como una ventaja me está agobiando. Quizás no sea eso, dijo mi analista el miércoles pasado. Quizás sea la falta, respondí yo, y ambos nos quedamos en silencio. Encontrarme con otro cuerpo es bastante fácil pero no encontrarme con el tuyo es difícil. 

La última vez que nos vimos fue el 11 de febrero. Cogimos toda la tarde y te llevé a tu casa porque no quisiste quedarte a dormir. Dijiste que tenías que estudiar. Que no había que alargar las cosas que habían terminado. Te pregunté si las cosas terminan y solamente me miraste. Desde ahí, tus conversaciones por chat empezaron a espaciarse cada vez más. Tengo miedo de olvidarme de tu voz. Ya no recuerdo el roce de nuestros labios y nuestras manos. Eso me angustia. Cada día me acuerdo un poco menos.

Cuando nos separamos salí corriendo a ver si otros cuerpos podrían ayudarme. Como si pudiera borrar el tuyo con otra piel. No sirvió. Empeoró las cosas. En cada piel que iba tocando lo único que hacía era repasar mentalmente las diferencias que tenían con vos. Ese lunar no está ahí. Esos pezones no son iguales. El aroma no es el mismo. Los gustos, las exigencias, las miradas entre la luz tenue que ahora convertí en oscuridad total para imaginarte. ¿Por qué estos labios no me generan lo mismo? Una deriva interminable y sin sentido. 

Ayer soñé que tomaba un vuelo sin pensar y sin saber muy bien a dónde. Esa impulsividad que me caracteriza. Mientras volaba, le preguntaba a la persona que tenía al lado hacia dónde estábamos viajando y me miraba extrañada. Madrid, me respondió con sorpresa. En ese mismo momento, me daba cuenta de que no tenía el pasaporte. Algo que técnicamente era imposible, pero en el sueño no existían los posibles. Me desesperaba por no tenerlo. Me preguntaba cómo había sido posible una cosa así y justo a mí que siempre tengo todo bajo control. Las azafatas hablaban por teléfono y me miraban con cara de desesperanza. No iba a poder entrar a Madrid pero tampoco regresar. Era un polizonte y estaba atrapado.

Estuve recorriendo los lugares de la casa que más te gustaban. Quizás todavía te gusten. Te encuentro en lo cotidiano de preparar mate y que me grites desde la habitación que no le ponga edulcorante. Cuando estoy pasando el agua al termo hago una pausa para ver si escucho tu voz. El amor debería suceder en una casa alquilada, así no deja rastros visibles en nuestra cotidianidad cuando todo se muere.



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Ignacio Luongo
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