SILENCIO SILLÓN

con 1 comentario

Un sillón de tres cuerpos se bambolea en el aire. Hay dos tipos subidos al tapial de casa y dos abajo parados en tarimas de madera, uno del lado de adentro y otro del lado de afuera. Cuatro personas para entrar un sillón. Los de la mueblería me dicen que ellos no pueden hacerse cargo de eso, que llame a una empresa de mudanzas y éstos son los únicos que me atendieron. Parecen más chicos que yo, en edad y en tamaño. Lo están envolviendo con frazadas, cada tanto me miran y siento que se ríen de mí. 

Setenta y dos días estuve pendiente del estado del envío. Nunca compro por internet y casi nunca uso la tarjeta de crédito, pero elegí un sillón verde pistacho y lo compré en cuotas. ¿Quién compra un sillón un viernes a la noche? Todo iba en contra de lo que me enseñaron mis viejos: no hacer cosas por impulso, ser prudente, no endeudarse. Seguro me estafan, seguro me mandan otra cosa, seguro llega roto, seguro me roban los datos de la tarjeta, seguro.

Me desperté al mediodía, olí unas medias que estaban tiradas en el piso y me las volví a poner. Fui a la ferretería y compré enduido, una espátula y un pincel. Recorrí las paredes varias veces con la mirada y vi marcas, agujeros, huellas. Me las aprendí de memoria. Había cuatro huecos de taladro que alguna vez sostuvieron unas bibliotecas enchapadas. Huecos como cráteres, como dos pares de ojos que me espiaban y sabían que me había puesto medias sucias, que la heladera estaba vacía y que en el baño sigo usando un velador porque todavía no arreglé la luz. 

En la casa ya nadie grita pero todo lo que suena rebota y se me vuelve encima. El sillón iba a viajar desde Capital hasta Rosario, pedí que llegue un sábado para estar sin horarios, esperando. Cuando el sonido choca contra un obstáculo vuelve hasta el lugar desde donde salió. Setenta y dos días esperando que llegue un sillón para amortiguar el eco. Podía elegir entre cuatro paredes para ubicarlo pero para eso faltaba. Había visto cómo se hacía pero nunca lo había hecho yo. Sabía un truco: si antes de que se seque el enduido le pasaba un pincel con agua, la superficie iba a quedar lisa y después no había que lijar. Pero cuando ponía la pasta los huecos se la comían y nunca se llenaban, como el tiempo.

Me regalaron plantas y se me murieron otras, compré una aspiradora, se me quemó la minipimer, empecé a comprar menos servilletas de papel, me uní a un grupo de Facebook de consejos para el pelo, dejé natación, empecé y dejé pilates, volví a la psicóloga, contraté el cable.

Hay un síndrome que tienen los amputados que hace que sientan que el miembro que ya no está sigue conectado a su cuerpo. Los sillones que ya no están se volvieron sillones fantasmas. Necesitaba un lugar donde tirar la mochila y la campera al llegar, algo que amortiguara el sonido de las cosas cayendo al vacío. 

Improvisé un living con tres almohadones en el piso. Usé un cajón de manzanas como mesa ratona, usé el mismo cajón como mesa de TV, usé el mismo cajón para poner plantas. Dejé de tomar tantos taxis, vi ofertas, revisé mis gastos, caminé en Street View, fui al cine sola, quise renunciar al trabajo. Encontré un tacho de pintura que quedaba del año pasado, tenía una capa de hongos que saqué con una cuchara. Tapé las marcas de las zapatillas que quedaron a la altura del escritorio, marcas de los cuadros, de la mesa, de las sillas, del espejo, de los parlantes. La pintura no tapó los huecos de las plantas, ni de los condimentos, ni de las almohadas que faltan. ¿Cómo se verán esas plantas en otra casa? ¿A quién se le ocurre mudar un frasco con canela? ¿A qué velocidad pasan los días lejos de los huecos, del enduido y del velador? ¿Se pudre la pintura? ¿Algún día se irá ese olor? ¿Cuánto salen unos parlantes?

Dejé de escuchar algunas canciones, cambié el nombre de la red de wifi, bajé de peso, subí de peso, pensé en llamar a una nutricionista, cambié de empresa de celular, compré sábanas, toallas, repasadores, perchas. Pensé en tatuarme, pensé en teñirme, decidí dejarme crecer el pelo. Llamé al delivery y pedí comida china: el número ocho y el cuarenta y cinco. A la mañana desayuné las sobras, parada y con la puerta de la heladera abierta. Mientras se calentaba el agua sonó el timbre. Salí descalza a abrirle a los del sillón. Como era sábado pudieron estacionar al frente de casa, bajarlo y entrarlo al pasillo. Mentí cuando dije que lo había medido. 

Hay un sillón suspendido en el aire, el peso va de un lado al otro del tapial. Hay sogas, frazadas, cartones, pluribol y manos flacas que contienen el peso y la inercia. Fracasan en el primer intento y el sillón vuelve a tierra.

Podemos probar sacándole las patas, pero vas a perder la garantía. 



Si te gustó la nota, te enamoraste de Ají
y querés bancar las experiencias culturales
autogestivas hacé click aquí.

¡Compartí este contenido!
Clara López Verrilli
Seguir Clara López Verrilli:

Nació en Junín (B) en 1987 y vive en Rosario desde 2006. Trabaja con el lenguaje. No vive siempre con las mismas palabras. En los papeles dice que es Comunicadora Social, en general dice que es docente en la Universidad Nacional de Rosario, a veces dice que es artista, nunca dijo que es escritora. Se formó en clínicas, seminarios y talleres con artistas, curadores y escritores que admira. También los ha dictado ella y se copió de sus maestros. Investiga, produce y experimenta pensando en las materialidades de la escritura. Cree que escribir es una maldición que salva y que la puntuación es la respiración del texto.

Clara López Verrilli
Últimas publicaciones de

Una respuesta

  1. Avatar
    Diego Planisich
    | Responder

    Una táctica que usan quienes han sido amputados es colocar un espejo entre el miembro estable y el miembro faltante, de esa manera “se dice” que se engaña a la mente haciéndole creer la existencia de este último. El dolor se va, el cuerpo empieza a aceptar que lo que hay solo es ausencia.
    Hermoso texto, Clarita.

Deja un comentario