
Las fantasías apocalípticas y el scrolling
Imaginemos un meteorito de tamaño destructivo que se acerca peligrosamente a la tierra con la capacidad de hacer desaparecer al mundo tal cual lo conocemos como en el argumento de Don’t Look Up; una batería de bombas lanzadas por una IA como en The 100; un virus o un hongo que se replica en seres humanos y obliga a los pocos sobrevivientes a una reconstrucción. Todo esto en medio de una coyuntura de supervivencia extrema como en las series The Walking Dead o The Last of Us.
En todos los argumentos citados tenemos la misma mecánica. Ese mundo, tan parecido al del espectador, deja de existir. Sea que la destrucción esté a cargo de una IA, un meteorito, un virus, un hongo o la propia imbecilidad humana, todos ellos funcionan como agentes externos que hacen desaparecer el mundo tal cual lo conocíamos. A partir de ahí las narrativas se despliegan en torno a la construcción de nuevos mundos, la reconstrucción de lo viejo, la voracidad de ese nuevo estado de naturaleza en donde el hombre como lobo del hombre se palpa y sostiene desde la más cruel supervivencia. O como en The Last of Us, que se construyen sobre lo poco que queda de humanidad en un contexto posapocalíptico. Hasta aquí tenemos el agente externo y la destrucción que funciona instalando un antes y un después como lógica temporal.
Vayamos a otras narrativas en tiempos en los que no existía el streaming. Si acudimos a las primeras palabras del libro del Apocalipsis encontramos lo siguiente:
En el versículo 1, “Bienaventurado el que lee, […] porque el tiempo está cerca.” y en el 8 “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin” Si prestamos atención a los elementos que se repiten en ambos versículos podemos reparar en el tiempo. Primero, como el tiempo por llegar, indicando un antes del tiempo o, dicho de otro modo, un momento intemporal. Luego, la construcción del tiempo a partir del inicio y el final, el principio y el fin y sus referencias en las letras, alfa y omega. El apocalipsis funciona como el fin del mundo conocido. Lo que nos acerca a un modo de entenderlo no tanto como el fin sin más sino la instauración de un corte que produce un inicio y un final.
Vayamos ahora al mito de Cronos en la cultura griega. En el relato nos encontramos con Urano (Cielo) y Gea (Tierra) en una escena que parece no tener fin: Urano embaraza a Gea, quien da a luz hijos que luego él devora. Gea, en el hartazgo de vivir la misma situación con Urano, le pide a uno de sus hijos llamado Cronos (tiempo) que castre a su padre con una hoz que ella misma fabricó. El mito de la castración de Urano muestra un antes del tiempo (o un antes de Cronos) en el que la repetición de la escena solo encuentra un final en el momento en el que Cronos castra a Urano. Por lo que el comienzo del tiempo es el fin de la repetición situada en un antes del tiempo. En todas estas referencias tan dispares, tanto en el relato bíblico, en el mítico como en el ficcional de nuestra época encontramos los mismos elementos en juego: la repetición incesante de la misma escena implica el replegamiento de la temporalidad como si no hubiera pasado, presente ni futuro y todo sucediera en una eternidad sin principio ni fin. Existe un acontecimiento que pone fin a lo conocido y promueve un nuevo inicio.
Si trasladamos estas coordenadas a nuestra actualidad, no es casual que los argumentos apocalípticos encuentren aceptación del público, incluso más, que la misma idea del fin del mundo aparezca en los consultorios, en numerosos relatos individuales, bajo la forma del chiste o la fantasía y acompañada de una cierta sensación de alivio.
Byung-Chul Han propone leer el cansancio como efecto social de la exigencia de rendimiento y productividad. Es decir, una sociedad que está tramada bajo el imperativo de rendimiento. Propongo agregar a esta idea que el imperativo está sostenido y eternificado sobre la matriz del scrolling. Es decir,el scrolling se ha vuelto una forma de habitar lo cotidiano, y hace ingresar en un bucle consumidor-productor de contenidos del que parece no haber fin.Allí, el cansancio aparece como efecto y respuesta de una sociedad que no puede decir basta.
Volvamos al argumento: si al imperativo de rendimiento y productividad que traza el discurso de nuestra época lo volcamos sobre la matriz del scrolling tenemos por resultado un imperativo infinito, puesto que su funcionamiento del scroll no termina. Pensemos en la experiencia cotidiana del scroll en la cama: ¿Cuándo termina? En el agotamiento, en el cansancio. Es la fatiga corporal, la caída de los párpados y la mano que ya no sostiene el celular y lo suelta; es el cuerpo que responde a la figura social de la batería que se agota lo que marca un fin sumamente endeble. En realidad no existe el fin, es el cuerpo que cae bajo el peso del agotamiento lo que marca una interrupción, una pausa antes de que el circuito continúe. Se trata solo de la pausa que requiere la recarga de la batería simultáneamente a la del celular. En el momento de despertar y abrir los ojos lo primero que hacemos es volver a poner en contacto la vista con la pantalla y continuar el scroll. Como señala Yago Franco “Lo vertiginoso dificulta tomar contacto con el pasado, es decir, historizar. Pero también proyectarse hacia un futuro. Lo que redunda en un presente que no es vivido como tal. Es una suerte de estar inanimado que hace desfondar el ser” (2025, p.37). Cuando la temporalidad se repliega el presente se constituye en eternidad sin pasado ni futuro. Es por eso que el cansancio fracasa como respuesta: apenas un intento de corte. Porque ante la imposibilidad de decir basta, solo el cansancio hace pausa. El corte, entonces, es fallido, puesto que la pausa recarga el cuerpo y la continuidad está asegurada.
Ahora bien,en este estado de cansancio generalizado las fantasías apocalípticas imaginan el fin del mundo. Se trata de fantasear con la terminación de una escena, con el cese de lo incesante. Un agente externo sobre el que recae la función de terminar con la repetición. Así, destruido el mundo, hay corte porque la continuidad ya no es posible. Nada es ni será lo que era. Y en ese fantasear hay alivio.
Pero no nos olvidemos que todo esto funciona en el plano de las fantasías, sociales o individuales, y que el alivio por el fantaseo no deja de ser, justamente, lo que continúa asegurando la repetición. Tanto el cansancio generalizado como las fantasías apocalípticas constituyen efectos en cadena que no hacen más que volver un poco más tolerable una realidad que se presenta prácticamente insoportable. No es casual que, en este estado de cosas, el dormir y los sueños se hayan vuelto sacrificios palpables. La sociedad tiene problemas para dormir porque no desconecta de la realidad y el consultorio es testigo de eso. Dicho de otra manera, la realidad está tan presente que salirse de ella, aunque fuere para dormir, se vuelve una proeza. Qué insoportable tiene que ser la realidad para que la destrucción del mundo se experimente como alivio.

Javier Del Ponte – Psicoanalista – Escritor -Docente UNR – Facultad de Psicología

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