MIRADAS

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“Todavía creo, que nuestro mejor diálogo
ha sido el de las miradas”
Mario Benedetti

En el |M5| del |A2| de confinamiento, cuando creía tener todo bajo control, especialmente las ansiedades y los temores, reapareció el caos; con un nuevo ropaje bajo el que todavía sobrevivía, mal que le pese a la peste, la antigua nostalgia, dispuesta una vez más a reclamar los encuentros de antaño. 

Transcurre el |DD8|, eso que cuando comenzaron las restricciones se describía con todas las letras que la gramática impone como el Día De los números 8, en un intento de restarle dramatismo a la cuestión y así insuflar una sensación de certidumbre totalmente ficticia. El caso es que ahora se dice directamente |DD8| para las salidas de una hora con barbijos, guantes y hombreras de metro y medio de circunferencia, y el |DD6| para videollamadas con familiares grupo de riesgo. Ayer aproveché cada minuto de mi hora para videollamadas con amistades número impar y anteayer con amistades número par. Hoy planeo disfrutar de mi hora de tomar clases virtuales que propicien la actividad física con algo de yoga, lo mío nunca fueron los excesos de movimientos. También debo subir a la página de autorizaciones del Estado mi permiso especial para poder dictar el taller de escritura a la hora que marca el protocolo de talleres online. El resto del día lo destinaré para leer un poco, cocinar algo y seguro terminar en el sillón disfrutando de alguna de las últimas series que subieron a la biblioteca virtual de ficciones actuadas. Una jornada organizada, productiva y sin mayores altibajos.

 Eso pensaba, hasta que sobrevino el caos.

Mi madre me cuenta con ojos vidriosos y arrugas nuevas que una vecina le pasó paltas en una canasta desde el otro lado del tapial que las separa, que el |DD2| para uso de cadetería me va a mandar algunas para que le haga guacamole a los chicos. Estoy a punto de responderle cuando la pantalla absorbe literalmente su rostro consumiéndola en un hoyo de luz e imagen que se pierde en el infinito de píxeles. Miro resignada el vértice inferior derecho de la pantalla, el signo de admiración está sobre esa especie de radar que marca la señal de wifi, tal como esperaba. Me levanto a las puteadas, desenchufo el módem y el router, cuento mecánicamente hasta 20 para cerciorarme de estar esperando los 20 segundos necesarios y vuelvo a enchufarlos. Nada. Llamo a la compañía estatal de wifi. Los teléfonos disparan grabaciones que advierten del colapso de sus líneas rotativas. Espero. No hay más remedio, cosa demasiado común en la era de la pandemia.

Casi 24 horas sin conectividad, por las conversaciones que puedo escuchar si afino el oído se trata de un problema generalizado. Las niñas de la casa de al lado están insoportables, dice su joven madre que no sabe qué hacer con ellas sin la ayuda del canal online con material apto para niños que provee el gobierno. Desde la casa de la derecha se escucha a la señora grupo de riesgo canturrear entre ruidos de macetas que se arrastran sobre el piso, dudo que se haya dado cuenta, seguramente sus hijos no son ni |6| ni |7|, pienso mientras envidio la independencia de su espíritu antiguo pero libre. El pibe del departamento de adelante que grita hasta el amanecer con un juego en el que evidentemente él y sus amigos se unen en grupos que salen a cazar a otros, o ser cazados; ahora grita puteando a los dioses de los megas y la informática por su abstinencia que sin dudas irá en aumento si esto continúa. Me siento inquieta. Sigo esperando. Intento recordar algunos ejercicios de mis clases de movimiento, tengo una memoria de mierda. Busco alguna anotación con viejas recetas. Leo antiguos ejercicios de escritura de la época en que todavía descargábamos cosas a los equipos, antes de la protección infinita de la nube sin límite. Tejo. Espero.

Pasaron 48 horas desde que estamos sin wifi, los ánimos alrededor de la casa se pueden percibir muy agitados, especialmente con las niñas y el joven adicto a los videojuegos. Sin embargo estoy de buen humor porque hoy es el |DD6| para el paseo alrededor de la plaza de cercanía durante una hora, algo que estuve dejando de lado porque mis salidas para el acopio de alimentos y artículos de limpieza me resultaban suficientes. Debo admitir que la gente cada vez me molestaba más, casi tanto como todo el protocolo que hay que seguir cada vez que asomamos la nariz más allá de la puerta de casa. Sin embargo hoy voy a hacer uso de este derecho. Mientras me baño pienso si conozco a algún |6| cerca de casa o si me cruzaré con puros ojos desconocidos. Me delineo la mirada, me perfumo, elijo el barbijo que combina con la ropa que me pondré, reniego un rato pero le gano a la hombrera de metro y medio de circunferencia, me calzo la mascarilla protectora, los guantes y salgo. La caminata es reconfortante me digo a mí misma, como cada vez que decido moverme y siento este placer olvidado por culpa de mi sedentarismo extremo. Cuando llego a mi plaza de cercanía advierto que la marcha es muy organizada y los primeros que comienzan a ralentizar el paso son los que caminan en el sentido de las agujas del reloj por la parte externa de la vereda, espero que se forme el hueco necesario de distancia para entrar y me sumerjo en la marea humana de caminantes. Ningún ojo conocido por el momento, mucho olor a alcohol mezclado con lavandina, demasiada ansiedad. Nada nuevo. Me concentro en la música que mi celular reproduce desde la biblioteca interna. ¡Qué desactualizada la tengo, maldito wifi! Unos ojos muy jóvenes vienen de frente llorando. Siempre hay algunos así. Otros ojos de edad imposible de calcular se achinan, ya aprendí a reconocer una sonrisa en ese gesto. Le sonrío con mis propios ojos chinos. Ningún conocido, nadie que me mire de una forma diferente. La música en mis auriculares es tan vieja que me entristece. 

Me despierto sobresaltada por culpa de unos golpes seguidos de gritos. Es el pibe de adelante. Colapsó. Se estrellan vidrios contra las paredes y el piso, putea, llora. Golpea puertas y muebles, con los puños seguramente. Su madre susurra algo que no puedo descifrar pero imagino palabras arrullos, algo que lo calme. No hay caso. Por suerte llegó la patrulla de emergencias. Las sirenas se mezclan con los gritos y los golpes. De pronto el silencio, ese silencio ensordecedor que ya aprendí a reconocer. Se lo llevan. Todo vuelve a la normalidad. Una semana desconectados. Una semana sin ver ningún rostro amado. Una semana sin promesas de reencuentros, ni brindis virtuales, ni amores pixelados. Una semana tan solos, tan lejanos, todos. Hoy es |DD6|para llamadas telefónicas a familiares grupo de riesgo y la voz de mi madre suena tranquila, me cuenta que extraña verme pero que la consuela escucharme, me pregunta por los chicos, dice que la vecina le hizo una torta riquísima y que ella le está tejiendo una manta a dos agujas, el crochet no es para mí repite siempre que habla de tejido, como si yo le exigiera compartir ese gusto conmigo. Tiene la heladera llena, dice, no necesita nada. Cuidate, repite justo antes de cortar, como cada semana, ahora desde su voz sin rostro. Hoy voy a armar un tablero frente a mi escritorio para llenarlo de fotos, necesito ver los rostros de los que amo.

Más de dos semanas sin internet. Por suerte hoy es |DD6| para la caminata. Armo mi rutina protocolo con tiempo. Salgo tan puntual que no me reconozco. Atravieso la puerta y se activa la alarma en mi celular, tengo una hora por delante. La necesidad de miradas se hace sentir con más peso cada día. En el camino me doy cuenta que no estoy sola con este sentimiento. Nadie pasa cerca sin clavar sus ojos en los míos. Parece una búsqueda desesperada de vaya uno a saber qué. Nos buscamos, sin respiro, unos a otros como podemos, pienso. Unos ojos tristes me marcan el momento de sumarme a la ronda caminata con un pestañeo prolongado. Agradezco copiando ese código nuevo. Nadie me es familiar entre los |6| en la plaza de cercanía. Avanzo a ritmo sostenido sin dejar de mirar los ojos que caminan enfrentados a los míos. Unos tras otros se suceden en la ronda que circula a pocos metros en dirección contraria. Todos me miran, yo también los miro a todos. Es notable cómo surge un pequeño gesto de asombro que se traduce en ojos que se agrandan tímidamente cuando unos ojos nuevos se suman a la  otra ronda y se encuentran por primera vez con los míos, el gesto es mutuo. Vuelvo a cruzar los ojos que sonríen, no sé si son los mismos de la semana anterior. Le envío una mirada sonrisa, es agradable la reciprocidad. Comienza a sonar mi alarma. Salgo de la ronda. Regreso a casa justo en el momento en que bajan al pibe de adelante de la patrulla de emergencia, parece más tranquilo, aunque entra sin mirarme. Espero para mantener el metro y medio de distancia entre su cuerpo y el mío. Me distraigo pensando si todavía me queda vino, faltan dos días para que sea |DD6| para aprovisionamiento de bebidas.

Amanece. Alguien llora desde el patio de la señora grupo de riesgo, se escucha una voz que mantiene una comunicación telefónica, no reconozco esa voz,  dice algo sobre la última llamada en el |DD3|, que estaba bien en ese momento retransmite a alguien que no veo pero intuyo a dos metros de distancia del que habla por teléfono, que no podrán verla responde al que se encuentra del otro lado de la llamada, que lo siente mucho. Se aleja, ya no escucho nada. La señora grupo de riesgo que canturreaba entre macetas acaba de morir sin que las lágrimas que la lloran puedan alcanzarla, sin manos que acaricien su rostro por última vez y desde hace muchos años, sin besos en la frente ahora helada. Qué mierda todo. Ya perdí la cuenta del tiempo que llevamos desconectados. Las miradas solo son posibles en los días y lugares del cronograma de salidas según protocolo, el resto son voces. Todo tan acéptico, tan alcohol y lavandina, tan música de décadas pasadas, tan series totalmente desactualizadas y repetidas. A las antiguas fechas se le sumó un día cada dos meses para escuchar a través de una llamada telefónica con un número del Estado a un artista que nos guste. Muchas veces tenemos suerte y sigue vivo, en otras nos sorprenden los datos de su muerte del otro lado del auricular, con un sinfín de datos estadísticos. También hay un día al mes para agregar un nuevo contacto que el Estado se ocupa de ubicar por nosotros para que podamos sumar a los grupos segmentados según cronograma para futuras conversaciones telefónicas. Tan desinfectado todo, tan inoloro, incoloro, insípido.

También perdí la cuenta de los estallidos del pibe de adelante, lo que sí recuerdo es que fueron 10 los intentos de violar los protocolos de salidas. Cada vez demoran más días en traerlo de vuelta. Sigue puteando a los gritos, ya no se salva ni dios ni la virgen ni satanás. La madre sigue calmándolo con voz de arrorró mi niño arrorró mi sol. Pobrecita. Menos mal que no tuve hijos, con los que mi madre decidió inventarse me alcanza y sobra. Hijos imaginarios, pobre vieja, las ganas de ser abuela le ganaron a la cordura. Las nenas de al lado ya cambiaron su adicción a las pantallas por adicción a las golosinas y los libros de aventuras, lo sé por las conversaciones con el cadete que se los trae los |DD9|. Las clases de escritura vía llamada telefónica rinden mucho más, son individuales y por lo tanto más caras. Igual extraño ver a mis alumnos a los ojos, las voces transmiten menos emociones, sin embargo voy acostumbrándome y aprendo a leer los cambios de tonalidades. 

Acaba de sonar mi recordatorio de caminata. Estoy ansiosa. Los ojos que sonríen, hace siete días, intentaron romper la marcha para acercarse a mí. Era de esperarse después de las muchas veces que imprudentemente extendió su mano para tocarme cuando pasaba a su lado. Volví a casa con el corazón a mil y el cuerpo temblando, con el paso de las horas pude darme cuenta que no era miedo lo que sentí. De hecho no dejé de sentirlo y no tengo ningún temor. No voy a cerrar la puerta de casa, alguien puede necesitarla, es muy hermosa y cálida. La voy a extrañar. Espero que mi madre escuche el mensaje, de los cientos que programé para los |DD6| envío de mensajes a familiares grupo de riesgo y comprenda que es mucho más sabio instaurar el día del abrazo perfumado que seguir prolongando esta agonía de miradas. ¡Sos tan cursi!, dirá confundiendo la grabación con una llamada. Después me preguntará por los chicos, pero ya no estaré acá para seguirle la corriente.



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Seguir Marcela Fumale:

Nació en Venado Tuerto, lugar en el que además creció rodeada de las novelas de su madre, los cómics de su padre, y un desaforado fanatismo por la lectura de todo lo que estuviera a su alcance. Es escritora. Coordina los talleres de escritura creativa Desde el Sótano desde el año 2012, antes de eso coordinó diversos talleres con el escritor Óscar Luviano, desde el año 2003 al año 2010. Ganó en el año 2009 el Premio Conabip con el proyecto Taller para Motivadores a la Lectura, que fue dictado en la Biblioteca Popular F. Ameghino. Militante política y cultural. Comunicadora social. Conductora del programa radial El Cíclope, emitido en los años 2017-2018-2019 por Radio Ciudad Venado Tuerto. Publicó relatos y poesías en revistas independientes de Argentina y México. En la actualidad trabaja en su primer libro de cuentos. Sueña mucho.

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