MABEL

con 2 comentarios

El cielo era como luces pálidas de algún caserío perdido en la profunda nocturnidad de las montañas. Las calles del pueblo reproducían el mismo paisaje. La oscuridad nunca le había parecido tan densa, ni tan extensas y elásticas las distancias que separaban las columnas del alumbrado, como si estuvieran puestas para no alumbrar. 

Las piedritas desprendiéndose del pavimento gastado le daban  una sensación de inestabilidad, obligándola a contraer los músculos de las piernas para mantenerse erguida y no trastabillar. A cada paso, el crujido contra el suelo iba acompasando al silencio inmenso que fluía entre las copas de los plátanos, se pegaba a su ropa y después se desvanecía en un ladrido lejano. 

Ningún mortal ni siquiera ella, era capaz de guardar un secreto, pensó; la verdad brota de cada uno de los poros… Y acomodó por octava vez la correa del bolso que se resbalaba por la curva de su hombro.  

Aunque la noche aparentaba no ofrecer motivos para llorar, algunas gotas iban dibujando sobre la calle una línea en la misma dirección de sus pasos. Cuando la sal le tocó los labios, con una mano trató de secarse, agachando la cabeza para evitar que el aire helado le congelara la cara. Mientras tanto,  palabras en tono imperativo como…

nunca más!

nadie!

no!,  

se le iban amontonando entre el cerebro y la boca apurando las lágrimas. 

Cuánto  hacía que no lloraba!  Acostumbrarse a sufrir, a no prestarle atención al dolor la había privado de esa sensación de mejillas húmedas. 

Obligó a sus ojos inundados a mirar hacia adentro y la memoria le trajo otras palabras que escuchara  hace tiempo en una película y que sin saber por qué la perturbaban tanto… “no importa el camino que elijamos, al final siempre nos encontramos con nosotros mismos”… “Conmigo misma”, conjugaba una voz en su cabeza, involucrándola con esa frase que le sonaba a sentencia o también a tabla salvadora flotando en un pantano espeso.   

Pensó en sus caminos. Se preguntó si en cada oportunidad que decidió volver y se prometió que era la última, había sido su elección o sólo la fe ingenua en que al final de ese camino habría algo diferente; él se transformaría en quien tantas veces le había jurado, y ella se convertiría en la mujer dichosa que siempre había deseado.

El sonido de un auto puso las ideas en suspenso, los oídos en alerta y sus ojos acompañaron manteniéndose muy abiertos. Un escalofrío la trepó desde el suelo haciéndole tomar conciencia nuevamente del entorno y del rigor del clima. Acomodó el pañuelo cubriéndose la boca y volvió a aferrar el bolso en un intento de cuidarse.

Tantas veces Mabel le había aconsejado cuidarse…, que terminara con esta historia, ¿qué le diría si estuviese  ahora?… Ni bien pudiera cargar la batería del  teléfono hablaría con ella para contarle que esa noche volvió a pasar, que él  la agarró del cuello y que esta vez su mente fue un volcán de sentimientos desorientados y de palabras oscuras. Que las recomendaciones de su mejor amiga se le mezclaron 

con los afiches del hospital, 

su mamá retándola a los seis años por lavar mal los platos, 

el padre Esteban consolándola “hija, el señor no te va a abandonar”,  

el nombre de su primer novio rimado en la canción que escuchaba cada vez que estaba triste, y esa frase diciendo algo sobre diferentes caminos que terminan siempre en un lugar que queda en uno mismo. 

Una misma, que ya no era igual a la de ayer. Que en ese momento era ella pero era otra, y que por fin se había encontrado…

Qué diría Mabel?…

Distinguió la casa y aminoró el ritmo de los pasos, la respiración se le agitó un poco pero no se detuvo, estaba decidida, más que nunca. Por la persiana entreabierta la luz mostraba a dos personas hablando. Se aflojó el pañuelo, secó una lágrima y bajó el picaporte;  un chirrido metálico acompañó su movimiento y la luz se escapó por la puerta abierta hacia la vereda, iluminándola de cuerpo entero. 

—Buenas noches señora. Qué necesita?

—Buenas noches — dijo con voz calma. —Maté a un hombre. 

Y empezó a sentirse libre.                                   



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Claudia Mónica Giachello
Seguir Claudia Mónica Giachello:

Psicóloga. Nacida en Ascensión (B.A), vive en María Teresa (S.F). Ha desarrollado su profesión en el campo clínico, educacional e institucional desde lo privado y lo público. Está aprendiendo mucho sobre práctica política desde su reciente función de vice comunal. Disfruta como espectadora e intérprete de todas las manifestaciones del arte, especialmente la música. No hace mucho fue sorprendida in fraganti con una birome sobre un cuaderno, capturada y encerrada a favor de su voluntad en los laberintos de la escritura, de donde ni en joda piensa salir.

Claudia Mónica Giachello
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  • MABEL - agosto 26, 2020

2 Respuestas

  1. Avatar
    Javier
    | Responder

    Excelente cuento. Muy bueno !!!!!!!
    publiquen mas Claudia

  2. Avatar
    Melina
    | Responder

    Muy bueno!!! Sos una genia Clau.

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