VIOLETA

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En casa siempre hubo altares o altarcitos. Por lo general la abuela los colocaba en la mesada de la cocina porque, mientras hacía sus exquisiteces culinarias le gustaba mirar a sus santos preferidos: San Expedito, San Roque, San Cayetano y a la diosa pagana Yemanyá que se mezclaba con religiosidades. Hubo épocas en que su sumaron a la exposición un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y luego el Gauchito Gil. Entre aromas de guisos, tortillas, kepes caseros, arrolladitos de pollo, se encontraba el altar a un costado de la mesada que mi abuela miraba de reojos para hacer plegarias mientras cocinaba y se sentía acompañada.

La cocina se volvió un lugar sagrado, ponderado donde se prendían velas de color violeta. Al pasar, las ollas humeaban al compás de las velas, emergía un ritmo perfectamente organizado para acaparar la atención de quienes habitábamos la casa.

Con los años empecé a preguntarme por qué mi abuela elegía el violeta por encima de cualquier color. Un día la interrumpí, transgredí ese espacio sagrado, puse mis pies en medio de sus procesos gastronómicos, me detuve frente al fuego de la vela y la indagué:

-Hay colores más chillones, si querés cuando vaya a hacer los mandados traigo más velas naranjas, verdes e incluso rosadas o amarillas…

Ella me miró fijo, dejó de lado el relleno de carbonada que estaba realizando y sentenció:

-La vela morada o violeta sirve para transformar, para hacer crecer todo lo bueno que tenemos adentro, te libera de ataduras, de gualichos y hace que tu mente y tu espíritu no tengan miedo. 

Interpreté esa respuesta como un “no”, a modo de, “no es necesario que mezcles o traigas más colores de parafina porque el que importa es el violeta”. Entendí además que sus ojos me decían que ella necesitaba liberarse de ataduras, de maleficios, de desgracias, pero también que todos los integrantes de esa casa lo necesesitábamos. El violeta era de transcendencia vital y querer taparlo con otros colores solo entorpecería la paz familiar. 

Mamá y yo siempre convivimos con mis abuelos, sus padres; la casa era un lugar especial, diverso, con rincones para la soledad de cada uno de sus integrantes. De todos esos espacios, la cocina se caracterizaba por el altar en medio de comidas típicas, aromas, especias, sabores. Era el lugar donde las penas se olvidaban un poco, el cuadrante  terapéutico al que recurría mi abuela habitado por un altar compuesto de parafinas violeta que generaban una imagen surrealista para quienes caminábamos por allí.

Con el tiempo la abuela migró de la cocina a su habitación y los aromas no fueron los mismos, la cocina empalideció y el tono amarronado tiñó algunas paredes. Su salud se volvió frágil y esa misma cocina ya no tuvo a su protagonista principal, se volvió un lugar de tránsito, de carencias, en donde permanecieron solamente los santos, la diosa y las velas que ya no eran tan violetas. 

Los colores se iban esfumando poco a poco y el tono morado se desteñía debido a lo pesado de comidas más agresivas, con el único objetivo de alimentar a los miembros del hogar. La abuela empeoraba y mamá se ocupaba de ella al máximo y eso muchas veces implicaba el no estar en ningún lugar de la casa, mucho menos en la cocina. El abuelo, con su torpeza y corazón astillado intentaba seguir e iba a trabajar cada mañana a su mercadito y luego volvía al mediodía para llevarme a la escuela.

Muchas mañanas, de muchos días permanecí sola en esa casa larga y triste, en la que con un poco de temor me animé a cruzar el espacio que separaba al comedor del cuadrante de la cocina. Fue luego de unos cuantos días cuando supe que la abuela no regresaría de su internación hospitalaria y entonces alguien debía hacerse cargo de ese altar inactivo. La tarea de alimentar  a los habitantes de dicho altar había quedado inconclusa y dejarla en pausa se sentía como un corte que gritaba en silencio. Fue entonces cuando decidí atravesar la línea imaginaria y me paré frente a lo sagrado, allí estaban, impolutos y con las caras tiznadas los santos y la diosa pagana a los que hacía días que nadie les prendía sus velas. Abrí uno de los cajones de la vajilla, donde se guardaban las parafinas, y solo encontré una de color blanco. Pensé en cuán indecoroso sería el inicio de este ritual con una parafina pálida, imaginé el enojo de la abuela luego de su explicación rotunda acerca del porqué del violeta y dejé la vela blanca a un costado deseando que por arte de magia, de esa que no existía y que hubiese sido necesaria, se camuflase del violeta más intenso que pudiese prevalecer. Claro que no sucedió y yo debía hacer mis tareas, mientras esperaba a una amiga de mamá que durante los mediodías preparaba mi almuerzo antes de ir a la escuela. El desayuno era fácil de prever porque cuando la abuela se empezó a apagarse fue en un tiempo de calor extremo, en donde no necesitaba encender una hornalla para calentar agua o leche; solo abría la heladera, buscaba mi taza de Sailor Moon, me servía leche helada y luego me permitía romper con la regla de no más de dos cucharadas de neskuit. 

Sentía que no estaba sola, que era observada por caras en miniaturas tiznadas de tristeza a las que ni siquiera podía regalarles el violeta, ni tampoco aromas exóticos desde las primeras horas de cada mañana. Alrededor de las once, siempre llegaba la amiga de mamá que era como una especie de niñera- por pocas horas- para preparar mi almuerzo y el de mi abuelo que comía con nosotras para luego llevarme a la escuela en donde por muchos meses no pude dejar de imaginar la quietud de ese altar en un costado de la mesada, entre frascos de aceites y vinagres de una casa desolada.

Un día le pedí a mi abuelo velas de color violeta, le dije que quería al menos media docena para alumbrar a los santos y a la diosa cada mañana. Poco sabía de plegarias, mi interés era que sus caras se destiñeran por el solo y simple hecho de ser iluminados con otro tizne. Abuelo respondió que no podía encender nada mientras él no estuviese en la casa, que yo era muy pequeña para hacerlo y que por eso tampoco tenía acceso a las hornallas. Le expliqué la necesidad, le mostré las caras tristes de esas miniaturas de quienes no conocía su historia como la abuela; solo me guiaba por sus expresiones estáticas que en mis sueños cobraban vida. Pese a todo, por miedo, mi abuelo no cedió y durante ese tiempo no trajo ni una sola parafina. Le prohibió a todos los adultos que me rodeaban que me comprasen velas y, lamentablemente, en el kiosco de la escuela tampoco vendían, lo que me impedía comprarlas con mis ahorros chiquitos en monedas de cincuenta centavos. Toparse con parafinas moradas era como una búsqueda del tesoro interminable.

Transcurrieron los días, mamá no regresaba, nosotros con abuelo visitábamos a abuela en un hospital de una ciudad no tan cercana y de paso yo abrazaba a mamá. Los días se fueron tiznando de grises, la abuela no despertaba y el violeta se convertía en una de esas tantas cuestiones irreales. 

En una de las visitas le dije a  mamá:

– ¿Podrías por favor comprarme velas de color violeta? Ellos las necesitan.

Mamá me miró pero no escuchó. Hubo un tiempo en que no escuchaba, la pena no se lo permitía y solo tocó mi cabeza a modo de un “sí” pero yo sabía que no las compraría.

Los días siguieron adelante y en la casa, el cuadrante de la cocina no fue atravesado por mí. No me animaba a mirar a los santos y a la diosa y decirles que no podía conseguir una simple vela violeta. Me sentía en falta con ellos y prender la única vela blanca que tenía escondida era ir  en contra de las leyes de ese altar tan singular.

Al tiempo mamá regresó a casa, cocinó agriamente y sin aromas. Buscó velas, no encontró. Todo lo hacía como un acto mecanicista…me consultó si no quedaban más, dije que solo había una pero que no era violeta. Me miró atentamente y pronunció:

-No importa, dámela igual, la encenderé. 

Yo sentía que de a poco ella olvidaba los deseos de la abuela que se esfumaban entre un tiempo grávido y áspero y que si le daba la vela rompía un pacto jamás realizado, pero que estaba implícito. Mamá se agachó para hablarme y de nuevo articuló:

-Las velas son de los colores que las pensamos. Si vos la pensas violeta,  será violeta.

Había en su expresión lágrimas a punto de querer atravesar el umbral de las pupilas y entonces decidí abrir mi cartuchera y darle la vela blanca. Me lo agradeció y la prendimos juntas. Mamá mojó una rejilla y lavó las caras tiznadas de los santos y la diosa. Al encender la vela miré fijo y observé cómo de arriba hacia abajo el color violeta se extendía y se mezclaba con el fuego. Era un fuego violáceo intenso, tornasolado que iluminó la cocina hasta volverla completamente púrpura. Mamá continuó haciendo sus cosas, yo tomé su mano y noté que sus lágrimas silenciosas se desplazaban en su rostro cansado. 

Estuve parada frente al altar un tiempo considerable hasta que el teléfono sonó. Mamá atendió, la voz del otro lado avisaba que la abuela ya no era parte de este mundo de tonalidades múltiples. El abuelo regresó y con mamá se abrazaron y me abrazaron. 

-Debemos hacer todos los trámites para el sepelio, dijo el abuelo.

El silencio se volvía hondo entre nosotros. No se puede comprender el sentido de la vida cuando se tiene diez años, mucho menos el de la muerte. Mamá corrió a acomodar ropa para salir al hospital por última vez. La quise acompañar, me pidió que me quedara con el abuelo. Fui con él, le pregunté qué haríamos, qué debíamos hacer ahora.

-No lo sé. Nunca supe qué hacer. No sé qué se hace me respondió.

Yo sabía que las palabras debían salirse de mí para ayudarle a pensar pero las sensaciones lo impedían. Con el tiempo fui comprendiendo que algunos hombres pocas veces saben qué hacer.  Fue ahí cuando  intempestivamente proclamó:

-Compraremos velas color violeta, tantas que no se notará el gris que nos invade.

Entonces descubrí que la tristeza también puede usar colores resplandecientes.



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Eugenia Argañaraz
Seguir Eugenia Argañaraz:

Nació en en pueblito del Norte cordobés en 1986 y vivió allí hasta los 18. Luego se trasladó a Córdoba Capital para estudiar Letras donde conoció y disfrutó la Universidad pública. Es profe de Lengua y Literatura y becaria posdoctoral en el CIS-IDES- CONICET. Hoy reside en CABA y siempre lleva un libro en su cocina. Lee desde los seis y medio; antes mintió y le hizo creer a todxs que leía de corrido. Se tomaba el trabajo de memorizar palabra a palabra lo que un/a adulto/a le leía previamente. Un día su mamá la descubrió cuando vio que agarró un libro al revés. Ese día supo que las historias nos acompañan para siempre.

Eugenia Argañaraz
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4 Respuestas

  1. Avatar
    ana
    | Responder

    Hermoso cuento! Ayyy me hiciste llorar! Muy tierno y profundo! Gracias! salud

  2. Avatar
    Roberto
    | Responder

    Hermoso!!!!
    Te felicito Euge querida!!!!

  3. Avatar
    P Pablo Chicata
    | Responder

    Sorprendente, muy vívido, real como si lo estuviera viendo o como si ya lo conociera. Bien, gracias Euge P Pablo

  4. Avatar
    Alexis Romero
    | Responder

    Muy lindo, por momentos se me vino a la cabeza mi casa, la cocina, mi madre que ya no esta en este mundo y sus múltiples santos. Gracias

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