CRÓNICA DE LOS CONFINES IV

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Todo preso es político

Cuando me desperté para ir al baño el pabellón todavía estaba dormido. Mi primera noche en Devoto no había sido buena. Sin hacer ruido, me incorporé para ponerme las zapatillas. A mi alrededor, una sinfonía de ronquidos de diverso calibre me confirmó que todavía era demasiado temprano. En silencio, esquivando los cuerpos que sobresalían de los colchones tirados en el piso y chancleteando por la falta de cordones (según la Policía, uno podría llegar a ahorcarse con estos, por eso te los sacaban), llegué al biorsi (1). El mingitorio estaba sobre un costado, una pared completamente a la vista del pasarella (2), con un caño horizontal que apenas goteaba agua desde arriba y una canaleta poco profunda al pie, abajo.

El chorro caliente levantó un poco de humito. 

– Más de tres sacudidas es paja – dijo en un murmullo la somnolienta voz de mi compañero y se puso a mear a mi lado. El Gordo Daniel no perdía el humor en ninguna circunstancia.

– Y ahora, ¿de qué nos disfrazamos? – respondí a media voz, ignorando el mal chiste.

Ni bien llegamos a la cárcel, antes de subir al pabellón, nos había entrevistado un oficial penitenciario, que a juzgar por la cantidad de ravioles (3) que tenía en el pecho debía ser de alto rango. Después supimos que era un Alcaide Mayor. El tipo se presentó como de Inteligencia y nos puntualizó varias cosas. Primero, que él sabía quiénes éramos nosotros: “Ustedes no son chorros comunes”, dijo mirándonos fijamente. Segundo, que “hiciéramos buena letra”, porque nos iban a estar vigilando. Tercero, que Devoto estaba “bajo la órbita del 1er Cuerpo de Ejército” y por eso, en cualquier momento nos podían “trasladar”, eufemismo que solo llegamos a entender cabalmente con el tiempo, insumo que a los presos de cualquier clase, les sobra.

– “Hay que desensillar hasta que aclare” – dijo el Gordo imitando la voz del Viejo. (4)

– ¡Lo único que nos faltaba! – interrumpí irónico, – estamos hasta las manos y a vos te agarra un repentino ataque de peronismo. ¡Dejate de joder! – Y se quedó riéndose solo.

El silbato y en casi simultáneo el grito del celador anunciando el recuento dieron paso a la retirada de los colchones sobre los que habíamos mal dormido.

La ceremonia del recuento, no por repetida dos veces al día, dejaba de tener su aire teatral. En silencio, seguramente contando para adentro, el celador recorría la fila de presos parados ante las camas, con la vista perdida al frente, mirando a la nada. 

Siguiendo los pasos del celador, aproveché para mirar a mansalva a mis compañeros de prisión. Solo podía ver la fila de enfrente, pero seguramente espejaba la que yo estaba. Pálidos, ojerosos, pelo corto, barba incipiente, vestidos con ropas arrugadas y mal combinadas. Hastío, desesperación, recelo, tristeza, ansiedad, determinación, extravío, miedo, todo un catálogo de sentimientos, conductas y personalidades podían inferirse sin demasiado esfuerzo. ¿Será que después de un tiempo, todos tendríamos esas caras? 

Todavía no lo sabíamos, pero un par de años después nos encontramos en el patio de la cárcel con uno de los integrantes de la División de Prevención del Delito, sección de la Policía Federal Argentina que nos había detenido en agosto del 77. Era uno de los encargados de guardia en el Departamento Central de la calle Moreno. Le decían el Japonés Pérez. Por esas vueltas de la vida, devino en un policía preso por ladrón. Cuando lo encaramos, fue muy claro: “Si nosotros decíamos quiénes eran ustedes, el botín se lo llevaba Pajarito Suárez Mason” (5). “Son chorros comunes, le dijimos a los milicos”. La ambición e inescrupulosidad de un grupo de policías, que se disputaron algo de dinero, unos muebles, electrodomésticos y artículos para el hogar, nos evitó un destino incierto, más cercano a la desaparición y la muerte, que a la cárcel que luego padeceríamos, junto a miles de presos comunes.

El celador se fue, satisfecho con su cuenta. No le faltaba ningún preso. Y hasta donde supe, durante todos mis años ahí, nunca faltó nadie. Las filas se rompieron automáticamente. Cada quien a sus cosas. Nosotros nos sentamos con nuestros compañeros de ranchada. El viejito Falón se puso a hacer el mate. Saqué cigarrillos y le ofrecí. Miró el atado de Parisiennes con desconfianza.

– Son negros, ¿no? – dijo dudando.

– Agarrá viejo, no te hagás el estrecho – terció el Negro Medina – Pero cuidado que esos son para hombres –  completó risueño y ante el fingido enojo de Falón remató:  – Y no te calentés que enseguida te hago unas tortas fritas.

Las risas compartidas ablandaron al viejo. Falón era obrero portuario. Peronista de la resistencia. De los que se jugaron cuando muchos arrugaban. Era delegado y no transaba con la patronal ni con los burócratas. Por eso le hicieron una “cama”, poniéndole un fierro (6) robado en su bolso. Lo acusaron, lo detuvieron, lo torturaron y lo encanaron. Lo sacaron del medio. Llevaba año y medio y la causa no se movía. Tenencia de arma de guerra, en dictadura. Mal pronóstico.El nuestro no era mejor. Pero por distintas razones. Solo que las nuestras no podían explicitarse. Teníamos que pasar lo más desapercibidos posible. Teníamos que mimetizarnos con el ambiente. Teníamos que convertirnos en presos comunes. De última, no era mucho lo que nos diferenciaba. Éramos la misma masa de carne, nervio, huesos y sangre. Teníamos mucho en común: por empezar, estábamos presos. Y aunque el Indio todavía no lo había escrito, tenía razón: todo preso es político. (7)


(1)  Baño. Cf. CdlC III
(2)  Guardián que vigila el Pabellón. Cf. CdlC III
(3)  Botones metálicos que denotan el grado y rango del personal penitenciario. Se usan en el pecho y/o en las tiras sobre los hombros.
(4)  Modo usual de la época para referirse al Gral. Perón
(5) Apodo con el que se lo conocía al General Carlos Guillermo Suárez Mason, comandante del 1er. cuerpo de Ejército durante la Dictadura cívico-militar, a cargo de la represión en toda la Zona 1 (Capital Federal y casi toda la provincia de Buenos Aires y  La Pampa). Murió en 2005 sin poder ser juzgado por sus crímenes.
(6)  Arma de fuego, pistola o revólver.
(7)  “Todo preso es político”, tema del Indio Solari y Skay Beilinson, del álbum Un baión para el ojo idiota, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (1988).



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Oscar Estellés
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(1953) Nació en su casa, en la localidad de San Francisco de Santa Fe. En 1955, sus padres se mudaron a Venado Tuerto. Con el pretexto de estudiar Química, en 1971 se fue a Buenos Aires. Tuvo varios oficios, hasta que por su militancia política, fue detenido en 1977. Estuvo preso hasta fines de la Dictadura. Comunicador, especialista en planificación y desarrollo estratégico de campañas de imagen institucional y sobre temas sociales y políticos, comenzó como corrector tipográfico y de estilo. Trabajó como creativo publicitario en agencias de Argentina y Ecuador. Fue periodista y guionista documental en América 2. Publicó artículos en varias revistas culturales (El Porteño, Lote, Espacios) y en el diario Página 12. Se desempeñó como docente de publicidad y periodismo en la Universidad de Palermo y para el Ministerio de Cultura de la Nación. Desde su creación en 2006 hasta 2014, fue el responsable de la comunicación del Instituto Espacio para la Memoria de la CABA. Y después integró el área de publicaciones de la Secretaría de DDHH de la Nación. Actualmente trabaja en prensa y comunicación para el Ministerio de Justicia y co-conduce “Ahora y Siempre”, por Radio Caput, programa sobre DDHH y Memoria.

Oscar Estellés
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Una respuesta

  1. Avatar
    Federico
    | Responder

    Siga escribiendo, estimado, que lo hace muy bien.

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