24 DE MARZO

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Se aproxima otro 24 de marzo sin marcha. La pregunta sobre si el pasado tiende a repetirse cuando no se lo recuerda, o no se lo elabora, reaparece ahora ante un casi imperceptible desliz nostálgico —un recuerdo del recuerdo— de los tiempos en que hacíamos de la memoria una fuerza pública. Por supuesto que éste será un 24 lleno de manifestaciones visibles. Y lo será, seguramente, procesando la incertidumbre de lo que ocurre cuando las formas de lo público ocurren mayoritariamente por las redes virtuales. Si una potencia política y comunitaria se mantuvo viva entre generaciones en el ritual de cada 24, es una potencia de evaluación colectiva sobre los riesgos inminentes del presente, en términos de una pregunta que siempre vuelve: ¿en qué condiciones es el recuerdo capaz actualizar y nutrir prácticas de resistencia ante la reiteración del horror? De este modo de preguntar, en el que la memoria actúa como ejercicio popular de evaluación del presente, hemos aprendido que la reiteración de todo aquello que conjuramos cada 24 de marzo, tiende a repetirse por vías a veces inesperadas. La desigualdad “planificada” (como resumía Rodolfo Walsh) se instala y avanza, incluso cuando no se recurre para ello a un golpe de estado comparable al del 76. Hemos aprendido marchando cada 24, que el recuerdo, elevado a potencia política, no es ritual muerto, sino reunión de fuerzas en torno a lo que es necesario rechazar del presente, mirando al futuro. El ejercicio de la memoria política siempre fue entre nosotrxs algo más que el álbum de fotos en blanco y negro del pasado. Callejera y multitudinaria fue la constitución de una política de la verdad, tanto más verdadera y más política cuanto fue capaz de detectar las continuidades de aquel acto de guerra del golpe del 76 en los violentos golpes de mercado (desalojos en nombre de la propiedad privada, femicidios en nombre de una justicia divina y patriarcal, deportaciones en nombre del ser nacional, destrucción de todo sentido material igualitario en la aniquilación de lo público en nombre de equilibrios de cuentas públicas) del presente. Cuidarnos en medio de la pandemia, puede ser un acto lleno de sabiduría y de reflexión, sobre todo cuando somos convocados a retomar esa política de la verdad en nuevas condiciones. Razones todas estas por las que resulta válido asumir que este 24, como cada 24, la memoria no se detiene en un pasado fijo, como si el presente ya lo hubiera superado, sino que repite su potencia política más propia, el ejercicio que detecta los peligros más oscuros, como lo inaceptable de nuestra actualidad.



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Diego Sztulwark
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Nació en Buenos Aires en 1971. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política. Fue miembro del Colectivo Situaciones de 2000 a 2009, con el que realizó una intensa tarea de investigación militante complementada con publicaciones, y de Tinta Limón Ediciones. Coeditó la obra de León Rozitchner para la Biblioteca Nacional y es coautor de varios libros, entre ellos: Buda y Descartes; La tentación racional (junto con Ariel Sicorski) y Vida de Perro. Balance político de un país intenso del 55 a Macri, basado en sus conversaciones con el periodista Horacio Verbitsky. Escribe asiduamente en el blog Lobo Suelto. Es autor de "La ofensiva sensible. Neoliberalismo, populismo y el reverso de lo político", Caja Negra, 2019.

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