MUJER ONION

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Beatriz Olga Nuñez, odontóloga, y con años recién cumplidos, salió de su casa como lo hacía todas las mañanas antes del mediodía, dispuesta a procurarse los insumos básicos. Lo hacía para no tener luego cuando retornara ya de noche a su hogar que encontrarse con la alacena vacía. Siempre precavida y gustosa de serlo como también de usar anteojos negros. Ni bien cerro el portón de calle, decidida a recorrer los negocios de su barrio, un cachorro negro y callejero le movió simpáticamente la cola a modo de festejo. Ella se detuvo porque recordó que su ex tenía en el campo uno similar pero cuando intentó acariciarlo el perro retrocedió unos centímetros y comenzó a llorar como lo hacen los perros. Al principio el llanto era bajito y casi imperceptible pero a medida que la mujer intentaba sostener su mirada en la del can, se transformaba en alarido. Beatriz apuntó la mirada hacia adelante y a medida que avanzaba, escuchó al perro disminuir su llanto. Algunas personas la miraron. Siguió caminando un tanto extrañada por lo que el perro había hecho pero al rato dejó de darle importancia y se dedicó a recordar el número de productos que debía adquirir para dejar su alacena en condiciones. Al primer negocio que se dirigió fue una panadería. Le produjo cierta alegría, cuando acercó su cara al blindex, ver que adentro del local solamente había una persona. La iban a atender rápido. En el interior del inmueble el clima era cálido y la que  estaba detrás del mostrador era Juana. El muchacho al que Juana atendía vivía a unos metros de su casa y muchas veces se habían parado a conversar. Era mucho más joven que ella. Él sujetaba con una de sus manos un cochecito con una bebé cachetona y de ojos inmensamente grandes y negros. Le produjo mucha curiosidad descubrir esto y aprovechó para decirle al muchacho que no sabía que era padre a lo que el muchacho respondió con mucha velocidad que no, que solamente era su tío. Solamente, había dicho. Ella le agarró un cachete a la pequeña, mientras lo miraba al muchacho y de vez en cuando a Juana, que se había quedado con una bolsa de pan en el aire. Beatriz al mirarla creyó ver humedecido un ojo en la panadera. La bebé permanecía inmóvil como una muñeca de cera. Eso llamó la atención de Nuñez al volver a posar su vista en ella. No podía creer lo bella que era. Lo tierna e inocente. El muchacho sonreía y Juana pasaba su mano por el ojo. Beatriz se arrodilló acercando su cara a la niña como lo había hecho en el blindex. La bebé la miraba tan fijamente… “Bebé”, le dijo suave la odontóloga y la bebé alargó su labio inferior, en lo que en la Argentina llamamos puchero, y los grandes ojos negros le explotaron en lágrimas. Inmediatamente se alejó y la pequeña se detuvo. Beatriz se puso contenta e insistió con el mimo. La recién nacida repitió el gesto y Nuñez el suyo. Ahora erguida rió ante el tío de la niña y frente a la panadera. El muchacho  hizo un esfuerzo por sonreír pero no pudo, sacó un pañuelo y se sonó la nariz. Una vez más Nuñez miró a la bebé y por fin la bebé soltó el llanto. “Perdón”, dijo y enfiló hacia la puerta. Volvió la mirada con el blindex como mediador y vio a su vecino alzar a la bebé en brazos mientras eran ambos abrazados por Juana. Cuando atravesó la calle creyó oír al perro aullar pero esta vez ya no se atrevió a girar la cabeza y volvió a reír. Quiso saltar un charco pero cayó en mitad de él. “Te cagué”, pensó. “Tengo borcegos.” Por asociación recordó que la próxima compra sería en una zapatería. Las pantuflas que tenia eran de otra etapa, una que le hacía recordar algo que no quería. La renovación era entonces imprescindible. ¿Verdes? ¿rosas?, pensaba mientras sacudía como los perros la pierna del borcego mojado. Una mujer que vendía rosquitas en la esquina le preguntó si estaba bien. Se la quedó mirando y rápido bajó la cabeza. Cuando Beatriz se dio vuelta la mujer retrocedió con las manos cubriendo su cara. “¿Señora, esta bien?”, preguntó la odontóloga. La señora dijo “no se preocupe” dos veces y se fue empujando el carro al trotecito, sollozando por lo bajo. Beatriz esta vez no pudo contener la risa ante la mirada de la rosquitera que con un gesto de desaprobación la increpó con furia. Dio un paso con la intención de ir en búsqueda de la mujer que empujaba el carro pero un depósito canino que permanecía en el suelo le impidió hacerlo. Más que impedimento fue inhibición. “Ahí tené!”, le gritó la que vendía rosquitas. Beatriz sacudió su pierna por segunda vez en pocos minutos, pero al darse cuenta que le era imposible desprenderse de eso que había pisoteado pasó la suela del borcego por sobre el tronco de un árbol. El aroma la llevó directo al lugar que tenía que visitar luego de la zapatería: una casa de artículos de limpieza. Apuró el paso percatándose que en la parada del colectivo estaba la que había sido su cuñada. La relación no era de las mejores luego de que se alejara de su hermano. Tenía la mala suerte que de que compartían el mismo edificio y cada vez que podía trataba de evitar el contacto. Pensó en hacer lo mismo pero esta vez dijo no. Y se preguntó por qué tenía siempre que ser ella la incómoda y la encaró directo. Norma, su ex cuñada, la vio venir y acomodó el cuerpo en posición de embestida pero cuando Beatriz la miró a los ojos, su ex cuñada transformó su rostro y el gesto de seguridad que poseía al verla se convirtió en miedo e inmediatamente rompió en llanto. Beatriz no lo podía creer. Estaba viviendo una experiencia tan extraña que superaba todo lo vivido. La personas que rodeaban a Norma se abrieron formando un círculo en torno a ella emitiendo sonidos que salían, más que de sus bocas, de sus gargantas, guturales, lamentables. Bu bububu. Snif. Bu bu. Snif gugu. Y ella en contraposición y tal vez de forma intuitiva lanzó un nananananana sin poder ya a esa altura controlar la risa que en forma de tentada invadía todo su ser. “¿Cómo hago para entrar a la zapatería así?”, se preguntaba la Bea, como la llamaban sus familiares directos. La zapatería era la contracara de la panadería y mientras se daba cuenta de esto pensó que quizás su estallido había sido producido por las últimas sílabas de las palabras. Pero dijo que no. Que si tuviese la mala suerte de caer en una comisaría lo más probable es que esa teoría se desvaneciera. Pensaba eso tomada por la risa mientras entraba al negocio de zapatos a las trastabilladas empujando como en un recital o en un partido de fútbol. “¿Qué haces, flaca?”, le dijo un señor alto y de arito. Y ya no pudiendo contener el llanto finalizó: “¿No ves que me hiciste mal?”. Beatriz era una bola roja en la parte de adelante de su cara. De a una, las personas le hablaron a la recién ingresada. Le decían que por favor. Que no sé qué y que no sé cuánto. Todo dicho con un temblor profundo en sus gargantas. ¿Cómo se oirá a toda una zapatería llorando? ¿A qué se parecerá ese sonido? ¿Era necesario medirse algún par de zapatos? Cayó en la vereda arrojada por su propia risa. Mecánicamente le hizo señas a un taxi. El taxista frenó, la miró y se escapó llorando. El nudo se había desatado. Los niños que salían del jardín lo hacían  llorando. La murga que ensayaba en la plaza lo hacía llorando. El cura daba la misa llorando a sus llorones feligreses. Luego habrían de recordar, pasado ya este hecho, los memoriosos de siempre, lo que había sucedido en el velorio del gringo Catanga al que pocos querían. Contaban que al pasar por la vereda Beatriz, todos los deudos y conocidos estallaron en llanto. Acto que les había servido para mitigar la culpa o acallar el que dirán. ¿Alguna vez escucharon llorar a un pájaro? Y ella reía como para siempre. ¿Sintieron el llanto de un grillo alguna vez? Y corrió desesperada por la carcajada y quiso hacerlo. Estaba riendo a más no poder como quizás nunca lo había hecho y eso la llevó a recordar  un poema de Girondo que había trabajado en un taller de escritura creativa que se llamaba algo así como Llorar a lágrima viva y que el coordinador adaptara como ejercicio repartiendo papelitos con diferentes verbos y recordó, a las carcajadas, que a ella le había tocado en suerte el verbo reír y que no pudo en ese momento en la escritura representar lo que el tipo pedía casi a los gritos en ese taller patético al que había asistido como terapia y al que nunca más había vuelto, por suerte. Oliverio no podría creer lo que le estaba pasando a la gente, pensó. ¿Quizás habían leído su poema? Pero ella ahora reía y se podía ir todo a la mierda. Y los demás podían llorar, saltar, mirar, amar, chupar. “¡Por mi hagan lo que quieran!”, dijo gritando. Pero ese grito quedo ahí, para ella, en lo íntimo de su ser, porque el llanto que emitían las demás personas era ya al unísono. Se habían acoplado en un solo sonido e iban abarcándolo todo. No le sirvió la risa. ¿Por qué no podía ella también llorar como todo el barrio lo hacía? ¿Por qué tenía que soportar ese entorno de lamentos, quejas y llantos por doquier? ¿Eh? ¿Por qué debía ser diferente y feliz?  Antes, cuando la tristeza le ganaba, pedía helado y algo del bajón pasaba. Ese era el próximo negocio. Y no le importó si los que la vieran comprar lloraran o se raparan la cabeza en vivo. Entró sin mirar  a nadie. Pasó detrás del mostrador y cuando pudo divisar la lata de chocolate, llenó el recipiente de un cuarto. Caminó por la vereda hasta un negocio de electrodomésticos que tenía LCDs encendidos en su vidriera. Un tipo que acomodaba los bártulos electrónicos le señaló con el dedo uno de los televisores. Rompió en llanto. Ella acercó su cara al blindex, se hizo visera con la manos para anular el reflejo de afuera y leyó en la pantalla una placa roja que anunciaba cadena nacional. Sacó los anteojos negros de su bolso. Le dio un lengüetazo al helado de chocolate y sin pensarlo siguió caminando.



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Walter Abaca
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Si a alguien le hubiera tocado la ingrata tarea de hacerle un seguimiento a Walter Abaca, lo primero que seguramente diría es que se aburrió enormemente. Luego, obligado por las circunstancias enumeraría: Colegio industrial, La Biblio. La Facultad Libre de Venado Tuerto, el bar literario Babel. Que se lo vio incursionar en la música, en el teatro, en la radio, en comedia musical, en la escritura, en la coordinación de talleres literarios. En la amistad y en el amor. Que tiene tres hijos. Y si tendría que reforzar con más datos ante lo poco enumerado, capaz respondería: "Es, nomás".

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