DES(ARMANDO) EL AMOR

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Estamos atravesadas y atravesados por la polémica idea del amor y todas las representaciones que giran en torno a la misma. Se trata de un escenario en el cual muchas veces las palabras no son suficientes para poder dar cuenta acerca de qué implica y cómo nos pretende a la hora de relacionarnos. Emergen entonces, problemáticas e incertidumbres que se configuran a partir de las formas de vincularse sexoafectivamente y como contraparte aparecen las desvinculaciones y los desligamientos afectivos. Son dos caras de una misma moneda.

Qué decimos cuando hablamos de romantización

El amor romántico, como modo alienante de relacionarse, ha sido ya lo bastante — pero nunca lo suficiente— defenestrado por el decir cotidiano. Como reacción a este supuesto se ha creado una catarata de afirmaciones y convicciones que distan sobremanera de aquello que podría pensarse como forma de vincularse sana y responsablemente. Estamos ante una forma coercitiva de vincularse con otros –romantización del lazo—, pero en un intento de desligarnos de esas ataduras se arriba a una suerte de desresponsabilización afectiva, donde el otro con quien me relaciono es arrojado al estatuto de desecho susceptible a ser reemplazado. 

El amor romántico supone una relación asimétrica, donde el poder no se distribuye de manera equitativa entre ambas partes. “El modo histórico de construcción subjetiva ha determinado que las mujeres constituyamos nuestra identidad de género, entre otros aspectos, alrededor de las relaciones amorosas” (Fridman, 2017, p.167). Entonces, por razones claramente culturales e históricas, por lo general ha sido la mujer la parte vulnerada y cosificada, aquella que debe rendirse ante los deseos de quien tiene enfrente, y para quien la vida sólo tiene sentido si sigue al pie de la letra todo lo que se espera de ella, aunque ello implique la renuncia a su propia vida. Más allá del lugar que podamos darle al amor, ya sea como “ilusión” o como “juego de fuerzas”, si algo no puede negarse es que los efectos de tales ilusiones o juegos de fuerzas son visibles y reales para quienes los atraviesan.

Metafórica y críticamente, hace más de 100 años Virginia Woolf dijo que las mujeres eran los espejos de los hombres: “Las mujeres han sido los espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder la tierra sin dudas seguiría siendo pantano y selva” (2020, p.38)

De manera nada inocente, el amor romántico se alza reforzando la desigualdad entre géneros, siendo fiel al discurso patriarcal y manteniendo sus lógicas. Las mujeres aparecen cercanas a la posición de objeto, disponiendo su tiempo y sus vidas para sostener narcisismos falocéntricos. 

Surge a partir de allí un intenso rechazo a tales formas establecidas de vincularse, enmarcadas en la idea de familia tradicional, regida por los ideales de una sociedad capitalista y patriarcal, es decir, los de la monogamia y la heteronorma. Se trata de un espiral de conceptos.

Desarmando lecturas

En contraposición aparece el concepto de  responsabilidad afectiva que, no sin resistencias, intenta instalarse y hacerse oír. Creo que dicho término implica ahondar acerca de dos cuestiones. Sin mucho misterio diré: por un lado, la responsabilidad (subjetiva) y por otro lado, el afecto. Al mismo tiempo, emergen enunciados que colisionan y presentan una actitud de hartazgo ante lo que se entiende por responsabilidad afectiva. 

Antes de meternos de lleno con tales conceptos, muy polémicos por cierto, hay que resaltar la peculiaridad que implica dicho hartazgo. Se trata de la poca tolerancia ante la idea de vincularse responsablemente, establecer compromisos afectivos, dar cuenta de nuestros sentimientos, reconocer que tenemos en frente a un sujeto deseante y que puede ser deseado. En una era en la que la idea de amor se ha pulverizado, resulta interesante abrir el espacio para preguntarnos y cuestionar qué ideales seguimos y nos guían a la hora de relacionarnos. Si nos hallamos hablando del amor tal como la mayoría lo conocimos cuando fuimos pequeños y adolescentes, nos topamos con un vacío angustiante que no se logra remendar con una mera indiferencia, haciendo como si nada sucediera.

Crecimos con ideales socialmente instalados que avalaban y defendían conceptos como la monogamia y la heteronorma, siempre dentro de un marco patriarcal y capitalista. Claro que hoy dichos ideales siguen vigentes, sin embargo se puede afirmar que son continuamente cuestionados, no por la sociedad en su totalidad pero sí por un amplio sector. En el fondo más aborrecido de nosotros mismos encontramos ese germen –el de la monogamia y heteronorma— que tanto padecemos. Son supuestos que nos invaden y nos encierran en casilleros invisibles, aunque reales en las consecuencias que imparten. Nos presentan maneras estereotipadas no sólo de relacionarnos, sino también formas de ser legitimadas socialmente. No lo pedimos, nadie nos preguntó, tampoco le preguntaron a las generaciones que nos precedieron.  

Actualmente nos encontramos en una puja constante con esos mandatos. Justo allí es donde entra en juego el cuestionamiento de la concepción de amor romántico, aquel amor por el cual hay que darlo todo y que al final mata. Y mata en muchos sentidos. Incluso se puede tratar de una ilusión, aun estando vivos nos despoja de toda fortaleza propia y nos reduce a la categoría de objetos. ¿Qué implica ser un sujeto que sólo vale como objeto? El objeto es poseído, intercambiable, susceptible al desecho, descripto por sus atributos superficiales, valorado por su utilidad, carente de emoción y raciocinio.

¿Qué quiero del otro más que aquello de lo que carece mi ser? Pareciera que vivimos buscando la supuesta completud, imposible y amenazante para cualquiera. Allí donde toda vida se detiene y nada más queda por delante. El amor romántico se vale de esta idea de completud y destruye todo por conseguirla, principalmente a los involucrados. Configura personalidades dependientes y miserables. Aún más, denigra la soledad vinculada a la realización y crecimiento personal. Una avalancha de ideas adosadas se deriva del concepto de completud personal. Lo que el vulgo denomina “encontrar la media naranja”, eso que asfixia y condena a estar solo o sola porque no logramos encontrar a esa persona que nos otorgue, a manera de obsequio, la felicidad plena y eterna.

El desamor funciona como una daga que penetra en lo más profundo de nuestro ser hasta hacerlo desaparecer. Nos envuelve poco a poco, hasta convencernos de que no valemos nada sin otro. Nos nubla la visión. Allí donde debería haber un equilibrio de energías entre unos y otros, comienza a cavarse un agujero que nos absorbe, aunque nunca sin aviso previo. Todo el despliegue que ejecutan los titiriteros del amor romántico para construir relaciones absorbentes y arrasadoras, se confecciona de forma minuciosa y detallada. En un principio el despliegue es silencioso y tiene el afán de mostrarse ingenuo. Luego, poco a poco se va sacando los diversos mantos que lo cubren y aquello que no se hacía notar comienza a verse y escucharse con claridad.

Como expresa la banda rosarina Matilda en su canción “Anti romántico”:

“[…]Es una prisión
Es un engaño encantador
En cada canción
Te dicen que es amor
Nos va cegando la razón[…]” (2019)

Poco a poco, la idea y el ideal de amor romántico nos capturan y se apoderan de nuestras vidas. Nos vemos impregnados por exigencias difíciles de evadir cuando se trata de relacionarnos con otros. La libertad se trastoca transformándose en egoísmo y la propia privacidad queda reducida a una peligrosa premisa que dice: “Lo mío es tuyo y lo tuyo es mío”.

Retomando, la responsabilidad subjetiva implica una visión de la vida y de las experiencias humanas más allá de lo que hacemos y dejamos de hacer, es decir de las decisiones que tomamos conscientemente. Como sujetos deseantes, si algo creemos tener en claro es aquello que deseamos, sin embargo a veces –no siempre— a lo largo del camino que emprendemos para conquistar esos deseos caemos en la evidencia de que aquello que aparentaba ser claro y conciso, en un abrir y cerrar de ojos se vuelve confuso y perturbador. 

Del mismo modo en que manifestamos desear un objeto, una cosa, en otro instante manifestamos desear a una persona. El comportamiento es básicamente el mismo. La psiquis funciona y se organiza confiriendo valor objetal al otro, que decimos amar. Dirá Bauman (2003) “El deseo es aquí el deseo de consumir. De imbuirse, devorar, ingerir y digerir: de aniquilar” (p.17). Atrapados por la cultura del consumo, donde las soluciones deben ser rápidas y las satisfacciones inmediatas, la experiencia amorosa se concibe como un artículo de consumo que se asemeja a cualquier otro. Se pretende engendrar un deseo sin esfuerzos ni esperas, donde todo esté dicho y no exista hiancia alguna que nos perturbe la ilusión de completud (evanescente). Pero se trata de una satisfacción condenada a disolverse en el momento mismo en que la tarea se ha completado (Bauman, 2003).

El deseo necesita tiempo para germinar, crecer y madurar. A partir de allí es posible hallar un camino de implicación subjetiva.

En cuanto a qué se entiende por afecto, por un lado podemos pensarlo en tanto verbo que supone generar una impresión en una persona, causando un efecto en la misma, generalmente del orden emocional. Afectamos a los otros a través de nuestras palabras y nuestras acciones. Todo lo que hacemos y dejamos de hacer, lo que decimos o callamos, irremediablemente impacta en los demás produciendo una repercusión que se traduce en una determinada lectura sobre los hechos.

Sucede que, como sujetos complejos que somos, las vivencias nos atraviesan en la más amplia variedad de planos, más de los que imaginamos. Los vínculos humanos se despliegan como los escenarios más difíciles de comprender y descifrar, y los tintes emocionales que van enlazados a ellos suelen carecer de la relevancia que conllevan.

El afecto, como modo de pensar y repensar las relaciones entre sujetos, implica de antemano comenzar a conocer y reconocer que todos estamos delineados desde los tiempos más tempranos de nuestra existencia por sensaciones que provienen de lo corporal y se circunscriben en lo psíquico. De tal manera, cada cual se constituirá como un universo particular y único. En ese camino no es posible prescindir del contacto, al menos para tener una experiencia y visión del futuro que implique crecimiento y madurez personal.

¿Y si transformamos lo que incomoda?

La responsabilidad -subjetiva- afectiva instaura un quiebre con la idea del amor romántico. Pero hay más, ya que no es suficiente construir una contraposición al amor romántico, posición que abarque a lo humano culturalmente hablando. Si nos quedamos en lo antiromántico, el nudo de la cuestión queda vinculado únicamente a un contrario que no dice mucho. Hay que adentrarse un poco más en las profundidades.

No se trata solamente de ir contra los mandatos patriarcales y capitalistas, eso sería el fondo del asunto. Lo que valida la caducidad del amor romántico es la implicación personal para con los otros. Sabernos a nosotros mismos y concebir a los demás como sujetos deseantes. Somos sujetos con historias, angustias, temores y pasiones.

Al cancelar las lógicas que imparten relaciones absorbentes y exclusivas para toda la vida, se intenta erigir relaciones sanas y constructivas para cada una de las partes. No destruir, sino habilitar aquellos condimentos que aportan satisfacción al vínculo. De pronto parece que el cariño, la ternura, la demostración de sentimientos, se plantean como enemigos a la hora de vincularse con otros.

Nos hallamos ante cuerpos agotados de encubrir sensaciones, sentimientos y pensamientos. Lo silenciado retorna como síntoma, como aquello que angustia y molesta. Correr el velo y abrirse ante lo conocido –no tan conocido— se manifiesta como una amenaza para la integridad psíquica y ello se traduce en personalidades rígidas, herméticas, y en corporalidades alteradas. El vincularse ha mutado, sin darnos cuenta, hacia lo amorfo. Pareciera que ya no sabemos de qué se trata, qué intentamos decir, o qué queremos escuchar de otros. Nos hallamos sumidos en un presente eterno que no deja relucir proyecciones desde la fantasía, ni siquiera desde el delirio más ínfimo.

El fantasma del amor se ha instalado y comenzado a desplegar sus mantos, inclusive hacia lo imposible. La idea de amor romántico atenta contra la libertad individual, es la violencia machista en plena acción. Mas el espectro del amor, reforzado por el temor que nos ocasiona el perder la propia libertad, toma y se apodera de cada una de nuestras células. Pasamos de una prisión a otra. 

Ante subjetividades delineadas por la sociedad del consumo, y en tiempos de hiperconectividad donde todo debe resolverse con inmediatez, no queda espacio ni tiempo para detenernos a mirar qué ocurre a nuestro alrededor, qué ocurre con los vínculos, qué nos ocurre como sujetos. La desresponsabilización afectiva como modo de supervivencia tapona la hecatombe de fuegos artificiales que tenemos dentro. El miedo al rechazo, la vergüenza de la exposición, la poca tolerancia ante el fracaso. Los ideales de éxito y estabilidad nos ciegan y vuelven autómatas, seres que quieren —y creen— tener todo bajo control. Como afirma Irene Fridman, parecería que estamos ante “un momento histórico en el cual el capitalismo salvaje propicia la ruptura de las redes afectivo-sociales en pos de un individualismo a ultranza” (2017, p.174)

Es necesario comenzar a desandar caminos que inhiben la capacidad de expresión humana para adentrarse en formas de amar que abarquen elementos claves como las emociones, el erotismo, incluso la intelectualidad. La mujer ha dejado de ser el espejo del hombre. Los vínculos amorosos deben encontrarse enmarcados por la ternura y la empatía, núcleo que excluye el espíritu patriarcal y consumista de las relaciones.

¿Cómo construir lo diverso, si no es junto a otros? 


Bibliografía

Bauman, Z. (2003). Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Recuperado de: https://templodeeros.files.wordpress.com/2017/01/amor-liquido-zygmunt-bauman.pdf
Fridman, I. (2017). Mujeres y varones frente a las condiciones políticas del amor. Entre autonomía y soledad. En Psicoanálisis y género. Meler, I (comp). Buenos Aires. 
Matilda. (2019). Anti romántico. Imaginario Popular. Rosario.
Woolf, V. (2020). Una habitación propia. Luna del Paraná. Rosario.



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Melisa Benedetti. Nací en la Ciudad de Venado Tuerto, tengo 25 años. Hoy en día, llevo 7 años viviendo en la Ciudad de Rosario. Soy estudiante de Psicología, me quedan las últimas materias por rendir. Hace algunos años descubrí la escritura, como medio de expresión, como pasatiempo, como herramienta para transmitir cosas bellas. Me aventuro en el arte de dibujar con las palabras, en el camino encuentro sorpresas, obstáculos, miedos, pero lo que más predomina es la satisfacción y la emoción del proceso. Intento ser clara cuando escribo, a veces me enredo con mis pensamientos. La psicología me enseñó a enredarme, el Feminismo también. La vida compartida y con amor es mejor.

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