DOS CRACK

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Una mezcla de emociones y tornillos

Hace un tiempo que vengo prestando atención al lugar donde se manifiestan cada una de las emociones. Sé qué en los abdominales que están más cerca de la cintura, se esconde la alegría. En las cervicales y en la frente, ahí donde tengo las entradas, está el estrés. Al miedo le gusta meterse por mi garganta. 

La que más odio es la ansiedad: le encanta mi esternón. Cada tanto quema y hace que me tiemblen las costillas. Llega hasta las axilas y me hace transpirar. Las gotas frías me recorren el costado del cuerpo y me tensan los músculos. Aprieto fuerte las muelas y doblo los dedos de los pies. Me siento como un gato, a punto de saltar por los aires ante el menor movimiento. Y así estoy, sentado al borde de la camilla del consultorio, apretándola bien fuerte con las manos, mientras el médico lee la resonancia. 

Y mirá… te rompiste los ligamentos.    

Las palabras me entran por los oídos y van directo al pecho. Me aflojo, agacho la cabeza y bajo los hombros. Me doy cuenta que estoy apretando la camilla tan fuerte que me duelen las manos.

¿Estás seguro? le pregunto. 

Sin dejar de ver la resonancia y haciendo pico de pato asiente con la cabeza. 

Yo me desarmo lento y en silencio.

***

Sabía que me iba a tener que operar. Sabía que era algo grave pero bastante común. Sabía que se puede vivir sin ese ligamento pero que a la larga trae problemas. No sabía muchas cosas: que iba a tener que vacunarme contra el tétano, que iban a ponerme tornillos, que iban a cortarme parte de otro hueso para sostener el nuevo ligamento que iban a cortarme de otro músculo, que iba a estar veinte días sin apoyar el pie, que iba a tener que alquilar muletas, que iba a tener que afeitarme la rodilla derecha, que iba a tener que demostrar en tres instituciones diferentes que yo soy yo a través de fotocopias en blanco y negro de mis documentos. 

Me citan en el sanatorio a las dos de la tarde, pero me piden que llegue quince minutos antes. Cuando llego le doy una carpeta con todos los papeles al secretario: “Aguardame en la sala de espera unos quince minutitos que ya te hacen pasar a la habitación”. Una hora después me llaman.

Me ponen una cinta roja que tiene escrito mi nombre, el número de habitación y la operación que me tienen que hacer. Mi compañero de cuarto es muy viejito y tiene una infección urinaria. Cuando las enfermeras vienen a limpiarlo, agarra de la mesa de luz un billete de veinte pesos con la poca fuerza que le queda. Ninguna acepta. “Señor, cómprele algún regalo a sus nietos”, dice una. 

Me cambio para la operación. Una enfermera entra a la pieza y pide que se retiren los acompañantes. Estoy nervioso. Me hace dar vuelta y mientras me toca el culo con el algodón me pide que ponga flojo. Es lo único que no logro hacer. Me pincha y se va. Al ratito dos enfermeros me levantan de la cama para pasarme a una camilla. Ya no puedo hacer nada. Escucho que alguien me dice “suerte”. Escucho que se cierra la puerta de la habitación. Escucho que se abre una puerta corrediza de ascensor. Escucho “piso tres”. Y no escucho nada más. 

Cuando recupero la conciencia ya pasaron tres horas. En la habitación se ríen porque pregunto cuatro veces las mismas cosas. Me doy cuenta que mi compañero de cuarto no está más. Tengo una pierna vendada y sujetada por una férula. No siento ninguna, me da la sensación de que las tengo dobladas, pero están rectas. No tienen vida. Hay dos cables de plástico que me salen de la rodilla: por uno ingresa el antibiótico, por el otro me filtran la sangre. Me dan un bidón de plástico que le dicen “papagayo” para mear en la cama.

A la mañana siguiente me dan el alta. Parto a Venado, a lo de mi viejo. En los próximos veinte días me va a cocinar, a hacer la cama, a lavar la ropa, a preparar el mate, a bañar. Como la férula no se tiene que mojar, me envuelve la pierna con un nylon transparente desde tobillo hasta la cadera y lo pega con cinta. En la ducha me acomoda dos sillas enfrentadas: una para que me siente y otra para que deje la pierna extendida a la misma altura que mi cuerpo. Durante los primeros días el dolor es tan intenso que me tiene que ayudar a sentarme y pararme. Siento impotencia, pero sobre todo pudor de que me vea desnudo (creo que mi viejo siente lo mismo). La última vez que me ayudó a bañar cabía en una palangana.  

Por una semana mi recorrido va a ser de la cama al living. Mientras tanto hago los ejercicios que me pidió el traumatólogo: mover el pie hacia delante y hacia atrás con cuidado, como quien aprieta el embrague por primera vez. Para levantarme de la cama, agarro la pierna como un carnicero agarra un costillar de cinco kilos y la dejo delicadamente contra el piso. La sangre empieza a bajar, empuja para salir, el hilo y los puntos hacen todo lo que pueden para frenarla. Me late la carne. Me arde el corte.

***

Después de cuatro días me amigo con las muletas, me gusta cómo me quedan. Aprendí dos cosas. La primera es que no hay que clavárselas en las axilas dejando la parte superior del cuerpo floja porque termina doliendo. Hay que presionar con los antebrazos como si quisieras clavarlas en el piso y de ahí hacer la fuerza para moverse. La otra es que cuando estés con amigos con mucha suerte te las van a pedir prestadas. Con poca, te las sacan sin permiso.   

A los diez días viajo a Rosario para que el traumatólogo me vea. El hueso parece que se comió a mi pierna. Está flaca, como desnutrida. Solo hay un bulto en el medio con ocho puntos encima. Me pide que la mueva y siento que no voy a caminar nunca más en mi vida. Once días después lo voy a hacer, aunque rengueando. Diez sesiones de kinesiología más tarde voy a poder llevarme el talón a la cola. Diez sesiones después voy a poder presionar una pelota contra la pared. A los cuatro meses voy a poder hacer fuerza en un gimnasio y a los seis correr en una cinta.Hoy en día la pierna operada sigue siendo más flaca que la otra. Tiene dos “crack”. Uno cuando pasa los noventa grados, el otro cuando se extiende por completo. Los días de mucha humedad estoy rengo. Hace poco la traumatóloga con la que estoy ahora me mostró la resonancia para que vea dónde están los tornillos. Cuando los vi me abracé la rodilla, como si quisiera consolarla. Imagino el frío del metal, rodeado por el calor de mis articulaciones. Imagino el momento en que me cortan la piel, el momento en el que empieza chorrear la sangre, como me rompen el hueso con un taladro, como introducen los tornillos. Una compañera de trabajo me dice que el orgullo está relacionado con las rodillas, a mí se me hace un nudo en la garganta.   



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Lucas Martínez
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Nació en Venado Tuerto en 1994, donde se lo conoce más por ser el hijo de su padre y su madre que por su propio nombre. Desde el 2012 vive en Rosario, donde se le pegó decir “ahí va” en medio de cada frase. Tuvo dos programas de radio donde fue conductor y productor. Hace cinco años que promete hacer un podcast. Actualmente es adscripto en una cátedra de la facultad. Entre sus logros se destacan recibirse de comunicador social, decir: “cucharita cucaracha chacarera” rápido y sin trabarse y hacerle probar el amargo obrero a la gente paqueta de Mar del Plata.

Lucas Martínez
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