el fugitivo de puigcerdá / luis eliseo altamira

con No hay comentarios

El fugitivo de Puigcerdá

Una imagen, ¿podría corporizarse? Quiero decir, ¿salirse del soporte que la contenga, vuelta carne y hueso? La ciencia, el sentido común, dirían que es imposible. Pero yo no estoy tan seguro.  Permítanme contarles.

*

En septiembre de 2001 viajé a Madrid, a presentar un documental sobre el Che Guevara. Fui con varios días de anticipación para promocionar el evento y, de paso, disfrutar de la ciudad y encontrarme con amigos.

El día 11 estaba en un cyber de Sol cuando ocurrió lo del atentado a las Torres Gemelas.  La posibilidad de una invasión extraterrestre (no concebía que alguien pudiera hacer algo así contra sí mismo y contra otros seres humanos) me fulminó como un rayo. ¿Y qué lugar mejor para iniciarla que el World Trade Center, poniendo de manifiesto la dimensión del Mal que los animaba?

El mundo quedó paralizado; los aeropuertos, cerrados. ¿Podría volver a la Argentina? Al día siguiente Bush declaraba la guerra a los asesinos (así tituló el diario El País). ¿Quiénes eran? El FBI apuntaba a Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda, cuya base de operaciones se encontraba en Afganistán.

Días después, almorzando en al Museo del Jamón de Sol, los hombres que estaban a mi alrededor (comíamos de pie, en la barra) se pusieron a hablar de la que les esperaba a los afganos. En un momento uno me preguntó:

—Bueno, ¿y tú qué opinas?

—¿Qué opino? La verdad, no tengo una opinión… Lo que sí, no me extrañaría que el ataque a Afganistán desencadenara una guerra total contra Estados Unidos y sus aliados de Occidente. La tan proclamada Guerra Santa, ¿no?

Los hombres retomaron la conversación y no volvieron a dirigirme la palabra. Un muchacho con mucho aspecto de niño, que había estado escuchándome atentamente, me sacó del ostracismo, diciéndome:

—Yo ni loco me subo a esos pájaros de hierro.

Me llamó la atención lo primitivo de la expresión.

—¿De dónde eres? –me preguntó— ¿De allende los mares?

Le dije de dónde era y lo que había venido a hacer a Madrid.

—¿Un documental? ¿Qué es eso, tío?

—¿No sabés lo que es un documental?

—Sabés… Que forma extraña tienes de hablar… Pero me agradas, ¿eh?

La rudeza de sus facciones, de sus maneras, contrastaban con la distinción de su vestimenta (nueva, aunque un tanto arrugada).

—¿Sos de Madrid? —pregunté.

Negó con la cabeza

—De Puigcerdá. Pero vivo en Barcelona. O vivía…Ya no lo sé…

El muchacho se sumió en un desconcierto profundo.

—Bueno, ¿y qué te trajo por acá?

No me contestó. Yo tenía que ir a la Casa de América, a ultimar detalles de la presentación del documental, así que me despedí.

Al día siguiente lo volví a encontrar. Tenía aspecto de no haber dormido bien y se lo dije.

—Anoche la pasé en Atocha Renfe, por si quieres saberlo.

—¿Y por qué no fuiste a un hotel?

—Porque te piden ese DNI…

—¿Y vos no lo tenés?

—No.  ¿Quieres enterarte por qué?

—A ver…

—¿No irás a espantarte después, no?

—¿Por qué habría? Soy todo oídos.

—Bueno, pero primero dime cómo te llamas.

—Luis Frías.

—Ricard Bassols, encantado.

Nos estrechamos la mano y luego dijo:

—Para empezar, no sé qué coño hago acá. No entiendo este mundo, no sé quién eres tú: si alguien de carne y hueso o parte de un sueño mío. Si estoy en el purgatorio o en el cielo al que vamos después de la muerte…

—Ya veo…

—No pienses que estoy loco, por favor.

—¿No lo estás?

Ricard se sonrió.

—Supongamos que sí —concedió—, pero me gustaría saber tu opinión…

Me quedé mirándolo. No me gusta perder el tiempo con estas boludeces, pero había tal necesidad en sus palabras que al final dije:

—Mirá, si algo te puedo asegurar es que esto no es un sueño tuyo. Hace cuarenta y cinco años que vengo durmiéndome y despertándome acá. Así que…

Ricard hizo un silencio y luego deslizó:

—Eso crees tú…

—¿Y por qué habría de ser un sueño tuyo, a ver?

Ricard no me respondió.

—¿Dónde estarías durmiendo?

—Dónde estaría durmiendo… En una celda, probablemente.

—¿Cómo probablemente? ¿No recordás dónde?

Ricard se sonrió.

—Esas cosas no se recuerdan en los sueños… Solo sé que la policía me perseguía y estaba por meterme a una casa por la ventana del frente.

—Que yo sepa, nadie se duerme entrando por una ventana…

—Ya lo sé…

—¿Y entonces?

—Un golpe, probablemente.

—Un golpe que te diste contra el marco, ¿decís?

—Sí. O que me dieron….

—¿Quién?

—La policía

—¿Y por qué te perseguían? Si se puede saber…

Ricard me miró y volvió a sonreír.

—Por un asunto de polleras.

Y agregó, remarcando palabra por palabra:

—En Barcelona, en 1874. No en el 2001, como dicen los diarios de acá…

A todas luces, estaba con un loco. ¿Cómo no me había dado cuenta? Decidí seguirle la corriente.

—Bueno,  pero en algún momento habrás aparecido por acá…

—Sí. Fue después de atravesar esa ventana… Me encontré en una habitación iluminada por una luz que no era la del día. Una habitación espaciosa y sin ventanas (lo que ya era imposible), en la que había cuadros. No tardé en comprender que me hallaba en un museo. Al salir, me aturdió el río del tráfico, esos carros circundados de vidrios con gente en su interior, desplazándose… Caminé calle abajo, repartido entre el deslumbramiento y el terror que me provoca este mundo y la posibilidad de que me estuviesen persiguiendo. Finalmente logré tranquilizarme. “Tiene que ser un sueño”, me dije. “O una pesadilla”.

Seguramente lo debo haber mirado con cierto desdén, porque Ricard, imprevistamente herido en lo más vivo, me increpó señalando el televisor del local:

—¡A ver cómo explicas al hombre hablando adentro de esa caja, hijoputa!

Me quedé atónito. ¿Sería alguien de un lugar recóndito de España, aislado del devenir? Pero acababa de decirme que vivía en Barcelona… Tratando de recomponer la cordura, inicié una explicación de lo que podía ser un televisor, pero Ricard me interrumpió.

—Un mundo en donde esos pájaros de hierro la cargan contra los edificios y ¿vosotros os subís? ¡No sois reales, coño! ¡No podéis ser reales!

Lo miré con detenimiento. ¿Estaba representando un papel?  Y si era así, ¿con qué propósito?

—No me crees, ¿eh? –dijo—, qué me importa que no me creas…

*

Lo invité a tomar un café en el Gijón. El local estaba repleto, así que ocupamos una de las mesas de la calle.

Ricard permanecía callado, observando.

—¿A dónde van? –dijo en un momento.

—¿A dónde van quiénes?

—La gente, los carros, aquel tranvía…

Me reí.

—Eso no es un tranvía.

—Ah, ¿no?

—No, es un colectivo.

—¿Y qué coño los propulsa, si se puede saber? ¿El vapor?

—No son a vapor –dije.

Había comenzado a explicarle lo que era el gasoil cuando caí en cuenta que Ricard no podía desconocer que los colectivos no funcionaran a vapor. ¡Me estaba hechizando con la representación de su personaje! Loco o no, el tipo era un actor formidable.

Mientras pensaba estas cosas, Ricard comenzó a pellizcarse con fuerza y su rostro adquirió una expresión desesperada.

—Me preocupa… —dijo

—¿Qué? —pregunté.

—Que no haya un mundo en el que esté dormido, soñando esto… El cansancio es muy real, la sed… Lo que duelen los golpes… No querría saber lo que fue de mi vida después del 13 de septiembre,  ¿sabes? Después del 13 de septiembre de 1874…  Era domingo. No jueves, como acá…

—Entiendo. Pero cómo explicás entonces la ropa que llevás puesta, el dinero que tenés…

—¿Que cómo lo explico? ¿Quieres saberlo?

—Sí…

Ricard hurgó en el bolsillo interno de su campera y sacó un fajo de billetes.

—Fíjate en las fechas de emisión –dijo.

Y me los pasó. Ninguno era posterior a 1874!.

—Cada tanto cambio algunos en las casas de numismática –agregó—. Por si no te queda claro…

Me quedé mirándolo.

—No me mires así –dijo—. Pareces un atajo de bobos, hombre.

Y agregó, cambiando de tema:

—¿Es verdad que el Papa es polaco?

—Sí. Karol Wojtyla se llama…

—Ajá… ¿Y ha habido otros como él? 

—¿Que no fueran italianos, querés decir?

—Sí.

—No, es el primero.

—Nosotros tuvimos un rey italiano, ¿sabes?  Tenía veinticinco años cuando asumió y no sabía una palabra de español… Amadeo I. ¿Conoces la historia?

—No.

—Y de la guerra con Cuba, ¿sabes algo? Tengo un hermano allá, haciendo la mili. O tenía, ya no sé como decirlo…

—Cuba se independizó en 1902 –expliqué—. Después hubo una segunda independencia, en la que participó el Che Guevara, el personaje de mi documental.

Había comenzado a explicarle quién era el Che y cómo había conocido a Fidel Castro, cuando Ricard se durmió. Fueron unos segundos apenas, pero suficientes para que se despertara sobresaltado.

—¡No puedo dormirme, no puedo dormirme! –dijo con desesperación, mientas se levantaba de la mesa.

Y agregó:

—Discúlpame, pero debo caminar.

Y se fue.

Pagué y lo seguí. Vi que bajaba por Recoletos y luego tomaba por Olozaga. Corrí y lo alcancé.

—¿A dónde vas? –le pregunté.

—A cualquier lado, Luis –me respondió, sin dejar de caminar—. Necesito que se me pase el sueño.

—Pero, ¿por qué? ¡Vos tenés que dormir!

—Si me duermo –dijo—, corro el riesgo de despertarme en una comisaría de Barcelona…

—Bueno, pero estás acá, no desmayado en una celda.

—¡No lo sé!

—¿Cómo no lo vas a saber? Nadie puede estar en dos lugares a la vez.

—¿Y quién me garantiza que esto no sea un sueño?

Otra vez lo mismo, pensé. Ya estaba por mandarlo a la mierda, cuando se me ocurrió una idea.

Te propongo una cosa–le dije—. Vamos hasta el parque del Retiro, buscamos un banco y vos te dejás dormir. Si empezás a esfumarte, a desaparecer, yo te despierto en el acto. ¿Te parece bien?

La proposición lo convenció. Fuimos al parque y nos sentamos en un banco, donde se durmió inmediatamente. Al despertar, se sintió aliviado. Lo único que quería ahora era dormir en una cama.

*

Fuimos hasta la pensión donde me hospedaba y pregunté a la conserje si lo podía alojar. La mujer accedió. Al otro día era domingo. Me levanté temprano, tomé el desayuno y antes de salir para Sol, le dejé dicho el lugar donde me podía encontrar. En el camino compré el diario El País.

Bush anticipaba un conflicto largo y Javier Solana decía que había que crear una gran coalición antiterrorista (con la que la izquierda anti imperialista no se alinearía, desde ya. ¿Qué pasaría entonces con esa izquierda? ¿Qué pasaría conmigo, que había venido a presentar un documental sobre el Che Guevara a una capital europea?). La buena noticia era que los vuelos se reanudaban.

La revista del diario traía un artículo sobre el robo de Huyendo de la crítica, ocurrido días atrás en el Museo del Prado (obra que continúa ¿desaparecida?).

La nota decía que el ladrón había dejado un cuadro idéntico en su lugar, nada más que sin el personaje (lo que en un primer momento desconcertó a los encargados del museo (los diarios del viernes habían titulado Finalmente huyó, Trampantojo al trampantojo y cosas por el estilo)).

Nada había sido violentado, nada habían registrado las cámaras y las alarmas. Un robo que tenía mucho de performance, aunque sin su gratuidad. Y entonces caí en cuenta del parecido, del asombroso parecido del personaje de Huyendo… ¡con Ricard! Hasta en el corte de pelo, todo…

¿Quién lo había pintado? El artículo decía que un tal Pere Borell, en 1874. Un estremecimiento me corrió por todo el cuerpo. ¿Y si el cuadro sustituto era en realidad Huyendo de la crítica vaciado por Ricard? La posibilidad me produjo pavor.

*

Tenía que ser un actor, un actor que se había lanzado a representar el personaje, animado por el increíble parecido. Ahora, ¡qué actor! La capacidad para acomodarse a las ingobernables circunstancias del devenir, sin perder un ápice de credibilidad… Realmente admirable.

Había aspectos, sin embargo, que trascendían la actuación: el cansancio, la sensación de alivio que había expresado al despertarse en el Retiro… Pero una figura pintada no podía cobrar vida, movimiento, corporeidad… No podía ser…

Con estos pensamientos me debatía cuando Ricard se apareció por el bar, bastante desanimado por la condena de tener que vivir en el futuro…

—Me salvé de la cárcel, sí, pero no volveré a ver mi vida nunca más…

—Dejá de boludear, Ricard –le dije, con fastidio—. Ricard, o como te llamés…

—Oye, tío, ¿qué te pasa?

—¿Que qué me pasa? Esto me pasa.

Y le mostré el artículo.

—¿Quién me sacó esta foto? –preguntó, extrañado.

—Qué foto ni qué foto, macho. Dejá de actuar…

—¿Un cuadro de Pere Borell? –continuó, como si no me hubiera escuchado—. Pero, ¿cuándo me pintó? Si ni siquiera me conoce…

—Ya está bien, Ricard; me hartaste –le dije, mientras me levantaba de la mesa—. A otro boludo con ese cuento.

Y me fui.

*

No volví a verlo, ni a saber nada relacionado con él hasta dieciocho años después, cuando la Academia de Bellas Artes de San Fernando ordenó la datación del cuadro sustituto. Al igual que Huyendo de la crítica, había sido pintado por Pere Borell, en 1874…

Aquella posibilidad que había pensado en Madrid, en el sentido de que el cuadro sustituto pudiera ser Huyendo… vaciado por Ricard, volvió a mi cabeza. De estar en Barcelona, nada me costaría ir hasta una hemeroteca, solicitar los ejemplares de algún diario catalán publicado en septiembre de 1874 y buscar entre las noticias alguna protagonizada por un tal Ricard Bassols.

La tarea la terminó haciendo mi amigo Mario Hails, a pedido mío. En la colección del Diario de Mallorca, que se edita en la isla desde 1808, encontró en un ejemplar del sábado 19 de septiembre de 1874 la noticia de que un tal Ricard Bassols, afinador de pianos, había sido detenido días atrás, en Barcelona, por emplear una sotana con propósitos incompatibles con los del hábito.

Huyendo de la crítica de Pere Borell

Luis Eliseo Altamira es Lic. en Comunicación social. Publicó El ovillo, un libro de cuentos, poesías y prosa poética con dibujos de Rep, editado por el Círculo Sindical de la Prensa de Córdoba, Argentina. Publicó La infancia del Che, editado por Taller de Mario Muchnik. Publicó cuentos en una antología de cuentistas cordobeses del diario Página 12. y en las revistas Superhumor, Juegos para Gente De Mente, Puro Cuento y Papeles de Córdoba. Como periodista publicó en el diario Alfil de la ciudad de Córdoba, en las revistas Deodoro, Ciudad X, Umbrales, Papeles de Córdoba  y Fierro, y en los diarios Página / 12 Córdoba,  La Voz del Interior y Alfil.



Si te gustó la nota, te enamoraste de Ají
y querés bancar las experiencias culturales
autogestivas hacé click aquí.

¡Compartí este contenido!

Dejar un comentario