ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

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De la mano de la pandemia que sorprendió al mundo, la muerte ha ingresado de manera inesperada en el discurso de la vida cotidiana de la gente. Y la muerte es traumática, no tiene inscripción psíquica, no sabemos acerca de ella. Por eso los interrogantes que supone, las angustias que connota y las construcciones culturales que conlleva. 

Hoy,  a esas preguntas de siempre se le agrega la omnipresencia virtual de ese significante, en el discurso de los medios y en imágenes que dan vuelta al mundo. Eso inquietante se filtra en los hogares y los niños, que están en una etapa de la vida en la que ponen en juego modos de defensa aún no afianzados, tienen otra plasticidad para adaptarse y lidiar con lo traumático de la existencia. Algo de estos tiempos de bocas tapadas y hábitos reinventados –algunos de los cuales vinieron tal vez para quedarse-, se incorporarán quizá a su cotidianeidad sin la extrañeza que embarga a los adultos. 

“¿Dónde están los muertos de la vida real, mamá?”. Le preguntó Enzito a su progenitora en un intento de procesar algo de lo que no cesa de no inscribirse. Cuando uno pregunta es porque algo de una respuesta está ahí latente, algún saber en juego del que se parte para poder poner sobre la mesa el enigma. Enzo suponía que la respuesta era: “En el cielo”. Y, razonablemente, la madre no supo qué contestarle. ¿Cómo responder a esa pregunta? “Están en la tierra”, ensayó. “No, mamá, de ahí pueden entrar y salir cuando quieren, pero van al cielo”. No sabemos qué ángeles y qué fantasmas revoloteaban en esa cabecita cuyas fantasías no se privan de nada, al momento de pedir el auxilio ajeno,  pero sí está claro que la pregunta no está exenta de aquello que de la realidad se infiltra hoy por todos los resquicios del aislamiento. 

¿De qué nos estamos protegiendo? De la muerte. ¿Qué estamos tutelando? La vida. Y ahí interviene el modo en que cada uno, cada una lo hace y la responsabilidad del Estado que prioriza ese cuidado –como es el caso de nuestro país– , o por el contrario –como sucede y sucedió en muchas partes del mundo–, lo desdeña.

Estamos viviendo en este momento en la Argentina, una de las etapas de más alta posibilidad de contagio y esto irrumpe descarnadamente en nuestros días de confinamiento como la posibilidad real de contagio o su potencialidad. Y esta situación tiene –insistimos–, para los seres humanos, el estatuto de lo traumático.

Es un enemigo invisible que porta una enfermedad a la que aún no se sabe cómo curar, la única solución es el cuidado propio que implica el ajeno. Y viceversa. Esto provoca en algunas personas la negación de eso que les genera angustia, prefieren que no sea así y actúan en consecuencia, pero otros se montan sobre esa angustia para provocar expresiones anti cuarentena que en realidad son anti cuidado de la vida y que responden a otros intereses. Los mismos que los llevan a festejar la muerte. Sí, a tener manifestaciones públicas frente a miles de televidentes, muchos de ellos incautos, celebrando el crecimiento de las cifras de infectados.

La pandemia que nos ha sorprendido afecta particularmente la vida de la gente, y tiene efectos en todos los ámbitos, sociales, culturales, de la política y de la economía. Y conmociona profundamente. Conmueve nuestro modo de habitar el mundo.

Y también las formas de deshabitarlo, la manera de morir, y el modo en que se historizarán esas pérdidas, que supondrán renovadas demandas de saber de las nuevas generaciones en la interpelación de responsabilidades.

“¿Dónde están los muertos de la vida real, mamá?”, insistió Enzo. Aquello que no tiene una respuesta universal atañe al modo en que se inscriben las propias pérdidas, y si quien pregunta lo hace desde algún saber que le resuena, quien responda lo hará desde las marcas singulares de esas ausencias, acerca de las cuales, más de una vez, se habrá interrogado también por su destino. 

“¿Dónde están los muertos de la vida real, mamá?”. “En cada recuerdo de la gente, en su pensamiento, en su impronta”, le respondió esta vez Anita, fundiendo en la profundidad de la transparente mirada de su hijo la suya propia. E insertando eso que no puede ser dicho acabadamente en el marco de una historia que nos atañe a todos y todas. Ahora y Siempre.



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Ana María Careaga
Seguir Ana María Careaga:

Licenciada en Psicología, psicoanalista, egresada de la UBA con Diploma de Honor. Es docente de la Cátedra Psicoanálisis Freud I en la Facultad de Psicología de la UBA, donde coordina el programa de Investigación y atención en Psicoanálisis y DDHH. También es docente en la Universidad Atlántida Argentina, donde integra el Instituto de Derechos Humanos, la Cátedra Chicha Mariani y dirige una investigación sobre los desaparecidos en el partido de La Costa. Es doctoranda en Psicología y tiene una importante producción de artículos sobre Derechos Humanos en diarios, revistas y libros en el país y en el extranjero. Conduce el programa “Ahora y Siempre”, por Radio Caput y dirigió la revista Espacios para la Memoria, por la Verdad y la Justicia. En 1977, estuvo detenida-desaparecida en el ex CCDTyE “Club Atlético”. Su madre, Esther Ballestrino, fue una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, desaparecida junto a las otras madres Mary Ponce de Bianco y Azucena Villaflor de De Vincenti, dos religiosas francesas y otros militantes en el marco del secuestro conocido como de la Iglesia de la Santa Cruz. En su doble condición de sobreviviente y profesional, declaró como querellante y testigo de concepto en distintos procesos judiciales en el país y en el exterior. Fue secretaria de Derechos Humanos de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) y Directora Ejecutiva del Instituto Espacio para la Memoria (IEM), actualmente es directora del IEM (AC).

Ana María Careaga
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