ESA MANO EN EL PECHO

con 8 comentarios

Sábado a la noche, jornada larga. Somos 5, vamos a encontrarnos con algunos más. Estacionamos a la vuelta de un bar. Vamos caminando, riéndonos y jodiendo como siempre. 

Seguimos, todo normal, llegando a la esquina, quilombo de gente digno de los fines de semana, nada raro. Apretujones, roces, empujones para hacerse siempre un poquito más de espacio. Nosotros igual, intentando entrar, fila india, uno al frente y los demás lo seguimos. Vamos pasando, sacándonos brazos y cuerpos de encima que sin darse cuenta te chocan, te mueven. Seguimos, pasamos la primera parte, la de la vereda. Vamos adentro a comprar algo para seguir tomando, igual que siempre, como todas y todos. Pasa el primero, el segundo también. No así el tercero. Lo frena el patova, ¿por qué lo frena? Está haciendo lo mismo que el primero, que el segundo, que todas y todos. “Vos no pasás” dice el seguridad, y ya sabés automáticamente las razones, sabés qué va a pasar, cómo se va a desenvolver lo que resta de la noche, que por más que preguntes y pidas razones coherentes, te van a decir boludeces. Pero las exigís igual, y cada vez que lo preguntás te indigna la situación un poco más. ¿Por qué no puedo pasar? Pregunta mi amigo. Arrancan las excusas de siempre, “estás muy mamado”, “chocaste a alguien”, y la fija y fiel “la casa se reserva el derecho de admisión” –¡como si tal derecho avalara la discriminación!–. Y sí, es forzar la situación hasta que lo digan, y cada vez que lo hacen todas y todos sabemos que lo que están haciendo es una forrada. El derecho de admisión no es discriminatorio, la mirada de los dueños claramente sí. Pero ¿por qué? ¿Con qué criterio? ¿Qué diferencia hay entre él y los demás a quienes dejan estar y disfrutar sin problema alguno? ¿Por qué no pasa igual que los demás? Y te pones a analizar y entender qué ven estos tipos para que les moleste su presencia. ¿Por qué la política de los dueños es ésta y no otra? ¿Cuál es el trasfondo real? Ves al pibe –hoy mi amigo–, una barba larga y desarreglada, el pelo un poco desparejo, no mucho más pero aparentemente mérito suficiente para que se decida en ese momento, marcarle la diferencia a él, del resto de la gente. Precisar, en ese momento, con esa mano en el pecho, con esa soberbia que escupe bronca hacia la pobreza, en ese movimiento, demarcarle que no tiene los mismos derechos, las mismas libertades, las mismas posibilidades. 

La discusión sigue cada vez más caliente. Se extiende, se hace un cierto tumulto. El alcohol ya no tiene efecto alguno. Porque te hace caer todo. Ves, acompañado de todas las re-ojeadas de la gente y sus consiguientes murmullos, que – como siempre–  terminan haciendo caso omiso a la situación, como también las ha hecho y hace uno, ya no en un bar, en todos lados, todos los días, desde siempre. 

Lejos todo esto de ser un hecho que interrumpe en la cotidianeidad. A los 5 minutos todas y todos siguen en la suya. 

Pero ese pibe, hoy mi amigo, pero ayer otra persona y mañana quién sabe quién, padece situaciones más necesarias que pasar a un bar. A esas y esos pibes y pibas, sea o no algo nuevo, irrumpe, produce y marca una clara línea entre unos y otros. Marca y marcó. Marcó esa vulneración de derechos a la que son sometides. 

¿Cómo una persona curtida constantemente en distintos tipos de abuso, puede lograr realizarse en una sociedad que estando al lado de esa violencia, mira para el costado? Y todas y todos sabemos que mirar para el costado, es avalarlo. Entonces, me pregunto, cuál va a ser la expectativa de ese pibe, que hoy es mi amigo y no lo dejaron ingresar a un bar, pero que mañana es una madre de familia sometida a un trabajo completamente precario y pasado mañana son los hijos e hijas de ella, ¿A qué van a aspirar ellos y ellas? 

Porque hoy ese bar sigue abierto sin consecuencia alguna, pero ese pibe, convive con esa mano en el pecho –que tanto significa–  y tiene, y debe, y necesita hacerle frente a una sistemática violencia, que cada día más se presenta y se acrecienta, pero que sobre todo, más se ignora y naturaliza. 



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Venadense, ajedrecista aficionado desde niño (algunos premios y momentos memorables). Estudiante, no estudioso, de derecho. Defensor de amigos y odiador de injusticias. Boxeador a veces, jugador virtual empedernido. Sensible y sensato. Cabrón. Biografía no autorizada.

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8 Respuestas

  1. Ram-On
    | Responder

    Genial Mateo!!
    Esperare con paciencia tus siguientes crónicas.

  2. Omar Majul
    | Responder

    Muy bien Mateo!!! Exelente

  3. alguien
    | Responder

    genial!

  4. Juan Carlos Paulina
    | Responder

    Felicitaciones Mateo por el relato … pero especialmente por el sentido social del mismo …. mucha suerte … fuerte abrazo como decia un locutar en mis años juveniles ¡ Pariente !

    • Elda
      | Responder

      Para quedarnos pensando… gracias! Muy buen relato!

  5. Mara
    | Responder

    Me encantó!
    “por más que preguntes y pidas razones coherentes, te van a decir boludeces. Pero las exigís igual, y cada vez que lo preguntás te indigna la situación un poco más. ”
    gracias, Mateo, por pensar!!!

  6. Monica
    | Responder

    Tan hermoso tu relato como triste su contenido. Pero así es, pasa y sigue pasando. Felicitaciones Mateo, tu cuento es muy necesario, siempre hay algún distraído por ahi

  7. Juan Sebastián Di Paolo
    | Responder

    Realista y Lucido relato. Muy bueno Mateo!!

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