GRACIAS, MARIO

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En memoria de Mario Villani (1939-2021)

Se fue Mario. Hoy recordé la primera vez que leí su libro, Desaparecido. Memorias de un cautiverio, ese que publicó en 2011 con Fernando Reati y al que vuelvo cada dos por tres. Definiciones precisas, palabras al ángulo, tan tremendamente certeras para narrar el horror. Me di cuenta de que en mis ensayos sobre el tema nunca falta una cita de alguna de sus páginas. Pasó por cinco centros de detención clandestinos, cinco infiernos contenidos en el Club Atlético, el Banco, el Olimpo, Pozo de Quilmes y la ESMA. Y sobrevivió para contarlos. No se ahorró detalles; no se guardó nada. Qué esfuerzo, Mario, asumirte testigo y no parar de dar testimonio, no parar de aportar datos a familiares, no parar de desafiar esa sospecha tan largamente instalada en este país del “algo habrán hecho”, primero, y luego del “por algo habrán sobrevivido”. Hasta dejaste tu verdad plasmada en el cine junto a Marco Bechis, en aquella necesaria Garage Olimpo de 1999, cuando todavía era tan difícil ser escuchado. Mario el de los pequeños triunfos como bajarle el voltaje a las picanas; Mario el de las grandes victorias como mandar a la cárcel a varios genocidas. 

Nos conocimos en diciembre de 2015, en mi escala de regreso a Argentina. Luego de tres meses en Atlanta, aquella estancia de investigación culminaba con la promesa de hacerle una entrevista. Revisando correos viejos volví a adivinar su entusiasmo: “¡Grande, Paula! Mandame urgente el número de vuelo. Del aeropuerto nos venimos a Lincoln Road para que puedas recorrer un poco”. Sin conocernos se proponía como guía turística. Con una sonrisa amplísima me esperó en el aeropuerto y pasamos el día caminando por Miami Beach. En Ocean Drive nos reímos de esa ciudad frívola llena de patinadoras platinadas y latinos musculosos en sus descapotables estridentes. Hablamos de política mientras mirábamos a los bañistas untados en Hawaiian Tropic que tomaban sol en las piscinas de los hoteles cinco estrellas frente a la playa. Esa ciudad te quedaba muy bien, Mario, incluso con tu camisa blanca y esos pantalones oscuros que no entonaban con la vestimenta de los locales. 

El calor sofocante del mediodía no fue un obstáculo para que continuáramos enroscados en la charla y riéndonos mucho con la confianza de quienes son amigos desde hace mucho tiempo. Mientras merodeábamos por los restaurantes recientemente abiertos, se me cruzó un pensamiento divertido: ¿quién me hubiera dicho que conocería Miami Beach desde los ojos de un ex-desaparecido? Mi guía turística no coincidía con la imagen de los folletos,  sin lugar a dudas. Entre porción y porción de pizza, supe de sus años tan bien vividos en Estados Unidos junto a su familia. Locuaz, irónico, chispeante, agudo y con una lucidez fuera de serie, había que mirar muy bien debajo de esas gafas gruesas para adivinar el dolor de la tortura, el dolor del pasado. No hablamos específicamente ni de la dictadura ni de la desaparición, pero los dos supimos que en ningún momento esos temas estuvieron ausentes. Tanto nos enganchamos en la charla que tuvimos que correr al aeropuerto para que yo no perdiera mi conexión. 

Desde aquel día, mi idea de esa ciudad cambió rotundamente. Y también desde entonces, Mario se ganó un lugar en mi corazón. La última imagen que tengo de ese país es la de su rostro sonriente y su mano agitando el saludo, justo después de intercambiar miradas cómplices mientras escuchábamos las quejas de un taxista venezolano contra Chávez, Evo y “todos esos políticos corruptos de Latinoamérica”. Gracias, Mario, por ese día, por ese libro y por sobrevivir para contarnos al menos unos retazos del infierno. Gracias por esa lista de secuestrados y de represores que labraste pacientemente y que tan útil fue en los juicios. Voy a seguir citándote cada vez que pueda para colaborar con el deseo que plasmaste en esas mismas páginas: “Me alegraré si lo que nos ocurrió sirve para que el mundo sea un poco mejor gracias a que insistimos en contar nuestra historia”.



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