la carga de octubre / maría gabriela polinori

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La carga de octubre

“Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y a tu marido será tu deseo, y él se enseñoreará de ti”

A propósito del día de la madre, apuntecitos y recuerdos, un poco sueltos o enhebrados como los fideos de los collares que regalábamos a mamá en su día.

Para las pibas son otros tiempos, con opciones, de sexualidad, de amor libre, de ser madres o no, de posibles.

No es que una se haya reprimido demasiado, pero había que bancarse en aquel momento alzar alguna bandera de libertad.

Pero arranco de las abuelas para acá, con lo que todavía quedaba dando vueltas, en historias repetidas y las palabras que arrastraban, planchar en los bailes, quedarse para vestir santos, esos dichos.

El estigma de ser “la solterona” de los pueblos. Solterón era distinto, el tipo podía ser un “playboy”, un “incorregible”, uno que “no sentaba cabeza”, o alguna otra calificación simpática, pero para ellas era un lugar no deseado, una resignación.

Entonces había que casarse a toda costa y por ahí el marido hasta ya estaba casado en otra parte. Y no faltaba alguna abandonada en el altar, que imaginábamos envejeciendo con el vestido de novia todavía puesto, como en La novia robada de J.C. Onetti.

Ser madre soltera era casi impensable. Si había un novio, se casaban “de apuro” y a lo sumo los y las chismosas preguntarían ¿se casó de blanco? o irían directamente a confirmarlo a la puerta de la iglesia (se usaba ir a la puerta de la iglesia a ver a los novios); después venían los infaltables chistes: el hijo había nacido sietemesino. Si no había un novio, la cosa se complicaba. Algunas para “salvar el honor” cedían el hijo a los padres, que lo anotaban como propio, en esas mezclas de identidades, hermano de su madre, hijo de sus abuelos.

La presión a las chicas por ser recatadas era inversamente proporcional a la de los chicos, que tenían que “debutar” cuanto antes.

Yo era chica a principio de los setenta. En algún lugar, las jóvenes de la década anterior nos habían dejado un camino marcado, pero por estos lares, o en el universo infantil, todavía deshojábamos las margaritas: me quiere mucho, poquito, nada. Un destino de espera, ¿qué nos tocaría?

Y una rima:  casa, casita, rancho, palacio. Como fuera, tendría un marido adentro. No seré feliz pero tengo marido, ironizaría Viviana Gomez Thorpe, décadas después y sería un éxito.

Había un juego en los recreos del patio de la escuela: la solterona. Las chicas nos parábamos una al lado de la otra contra la pared, expectantes. Los chicos hacían una fila india y uno por uno, se adelantaban hasta la pareja elegida, cabeceando a manera de invitación. Ninguna se daba el lujo de no aceptar, le gustara el candidato o no, porque lo peor de lo peor era quedarse sola. Las parejas formadas se iban acomodando tomadas de las manos, brazos en alto haciendo un puentecito (como el de Martín Pescador) y una vez que quedaban las solas (las mujeres éramos más, ese mito de un hombre por cada siete mujeres, con menor diferencia, se cumplía) tenían que soportar el castigo: les tocaba pasar corriendo por debajo del puente de parejitas felices mientras recibían su merecido: coscorrones variopintos al grito de solterona.

Adolescimos en esa mezcla, más libertades que nuestras madres (sólo la iglesia seguía insistiendo en salvaguardar la “virginidad” hasta los “votos” del matrimonio) pero todavía cierta condena social reforzada con advertencias de tus pares: si tenés muchos novios “te quemás” o te van a decir que “sos fácil” o peor, los motes desagradables que ponían los chicos, jocosos: a esa le dicen “vasito de agua”, porque no se le niega a nadie.

Pero con miedos también, las historias de las chicas “que no se habían dejado” y las habían bajado del auto desnudas en las afueras del pueblo. Y a quedar embarazada. Y al aborto. Los abortos, por más deleznables y rechazados, eran el recurso que a veces imponían los mismos padres antes que enfrentar las miradas de la sociedad; y por más secretos que trataran de mantenerse, se cuchicheaban todo el tiempo.

Y siempre hablando de ser hétero (no se decía la heteronorma, todavía); ni pensar en los padecimientos que tenían los que se “desviaban” del camino.

En inglés una rima: Tinker, tailor, soldier, sailor, rich man, poor man, beggar man, thief (hojalatero, sastre, soldado, marinero, rico, pobre, mendigo, ladrón), un juego para saber qué serían los hijos cuando crecieran.

Elegir no tenerlos no era una opción. Las siglas que llegaron de Europa después –DINK: double income no kids, doble ingreso sin hijos –, sorprendieron, pero en este caso se trataba de privilegiar los ingresos, y no la opción no per se, esa se escucharía mucho después. Las más osadas, por estos pagos, empezaban a animarse a tenerlos solas (solas cómo es otro tema, solas).

Y los hijos para cuándo, ya estás en edad de merecer, se te pasa el cuarto de hora y todas esas sentencias que aseguraban que todo se repita y reproduzca (en sus dos acepciones) se fueron diluyendo.

Llega octubre a esta parte del hemisferio y el día de la madre es para la mayoría, un festejo (comercial) más, una excusa para juntarse y/o regalarse, sin tantas vueltas. La presión es menor. Y en las escuelas, para evitarse los enredos de las nuevas familias, blanqueadas ley de matrimonio igualitario mediante, evitan mandar regalitos y los collares de fideos (por suerte) quedaron en el olvido (como el bocadito Holanda, decía Juan Pablo Geretto en un unipersonal).

Las pibas la pelearon y la tienen más fácil, en buena hora. Pero ojo, hay que cuidar esos derechos.

El cuento de la criada de Margaret Atwood se lee en clave de distopia, lejano pero ahí nomás, ¿imposible? No queremos ni pensarlo. June, la protagonista, se acuerda: “Cómo era la rima? La que cantábamos saltando la soga. Latero, sastre, soldado, marinero, rico, pobre, mendigo, ladrón. La lista es más corta ahora, especialmente si es una niña: martha, jezebel, criada, esposa”.


María Gabriela Polinori, profesora de inglés y lic. en lengua inglesa. Autora de Relatos en tetas. Correctora en Bardo editorial independiente y revista Ají.



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