La destrucción de las casas de mi infancia | Franco Mezza

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Pedaleaba de casa al trabajo. No me gusta pasar por avenidas, pero algunas son inevitables. Antes de cruzar una de esas, hubo un apagón. Solo se veían las luces de los autos. No había semáforos. En realidad, había, pero estaban apagados y, como esas cosas que cuando están apagadas es como si no estuviesen, no estaban. Es una situación incómoda porque para avanzar hay que frenar al resto y eso requiere, de mínima, un poco de firmeza. En esta lógica del apagón, el flujo se regula solo y cuando esto sucede, no suele ser la justicia la que ordena. Yo estaba parado ahí, o semiparado, con un pie en el asfalto y otro en el pedal, a la espera de que la avenida quedara vacía para seguir mi camino, pedalear hacia adelante.

Los autos y los colectivos no dejaron de pasar. La temperatura bajó un poco. Las personas entraron a sus casas. Vi pasar la luna que, como si estuviera atada con una soga al sol, al irse lo trajo de vuelta. Vi a una persona salir de su casa, ir a la parada de colectivo, esperarlo y tomárselo para ir al trabajo. La vi volver al barrio, pasar por el chino y comprar lo necesario para no tener que salir de nuevo. La vi caminar los fines de semana de la mano con alguien, ir a comer y a tomar helado. Los vi pasear a su perro. Los vi con sus hijos. Los vi llevarlos a la escuela apurados y estacionar en doble fila para irlos a buscar. Vi como la basura y las hojas verdes y amarillas se acumularon entre los rayos de mis ruedas hasta hacerse una masa homogénea que se transformó en una especie de compost. Vi las casas y las ventanas. Vi pasar birrerías artesanales, cafés de especialidad y criptomonedas. Vi la destrucción de las casas de mi infancia, vi la perseverancia del amontonamiento y cómo la cocina donde se amasan las grandes torres sigue llena de ratas. Vi los derrumbes y sus escombros. Vi en la construcción de la esquina una hormigonera. Vi cómo giraba sin parar, cómo lo de adentro se mezclaba en búsqueda de lo concreto. Me pregunté cuántas hormigoneras giran en el país al mismo tiempo y por qué la mía no funcionaba. Vi los carteles de papel pegados en los cerramientos de chapa verde que separan a la obra de la calle. Los vi mojarse y despegarse hasta convertirse en una especie de engrudo tirado en el piso. Los vi renovados. Vi cómo hicieron un pozo gigante, cómo lo llenaron de vigas, fierros y cemento, cómo piso a piso se construía el edificio de departamentos ínfimos.

Enfrente de la construcción hay un local. El reflejo de la vidriera me devuelve semi parado en el mismo lugar que el día del apagón, cansado, con la barba llena de pelos blancos, la cabeza envidiando mi barba y una incapacidad absoluta para dar más de un paso con los cordones desatados. Inmóvil, paralizado. Podría estar así en una reposera frente al mar, o en la terraza de un rascacielos y no lo vería como algo negativo, pero esto es distinto, es como la pesadilla en la que quiero gritar y no puedo.

Escucho una bocina atrás. Me doy vuelta, y un auto me hace luces para que avance. No sé si está enojado. Miro a todos lados y percibo silencio. Subo mi pie al pedal y avanzo. Al principio cuesta, como si el cuerpo estuviera oxidado. El auto que tocó bocina se pone a la par mía, me espera y cubre. Cuando atravesamos la avenida y ya estamos del otro lado, toca dos bocinas y se va. Yo guardo su gesto y me siento un molino después de una ráfaga de viento. Muevo mis aspas y sigo. Pedaleo. Estoy en el camino del trabajo a casa. Paso calles y alguna avenida más. La luz volvió, pero hay personas que siguen quietas, como si el tiempo se hubiese detenido. Un ataque zombie o el contagio de un virus que paraliza a las personas. Están paradas, inmóviles. Las veo enfrente de puertas de casas o edificios. Adelante de otras personas, de sus trabajos, de espejos o de fotos. No pueden avanzar, están apagadas, y como esas cosas que cuando están apagadas es como si no estuviesen, no están. Como no tengo bocina, les chiflo. Las personas parecen reaccionar, pero siguen adormecidas, bajo el efecto de un sedante. Mi bicicleta ahora es enorme, tiene varios asientos y muchos pedales. Nos despertamos unos a otros. Nos subimos y pedaleamos, no sabemos a dónde. La ciudad se apaga y nosotros entramos en una gran sombra. En la oscuridad, el movimiento no tiene forma. Invisible y anónimo. Somos una gran nebulosa que se mueve y nos mueve como una marea.

Estamos en un barco a la deriva y somos muchos. No hay telégrafo ni celulares. Recorremos el barco en busca de soluciones. Decisiones. Ayuda. Alguien toma la voz y dice que hay que encontrar una de esas pistolas de luces rojas que se usan para que alguien te encuentre. Yo quiero gritar que hay que buscar la pistola que se usa para encontrar las pistolas que se usan para que alguien te encuentre.

La nebulosa vuelve a la ciudad y ya no somos invisibles ni anónimos. El barco se detiene y bajamos. Tenemos en la mano la pistola, dispuestos a tomar la ofensiva. Lo que se tenía que mezclar se vuelve concreto. Cada uno va directo a enfrentar lo que detiene, pero no sin antes entrelazar nuestros meñiques, hasta formar un puente. Hacemos una promesa: encontrarnos todas las noches en ese puente con el compromiso de mirar el cielo justo a tiempo. Mirar en lo alto, allá arriba, el grito de las luces rojas.

Franco Mezza es profesor de educación física, trabaja en escuelas y talleres deportivos recreativos. Participa de la biblioteca Mañana de Sol. Disfruta compartir tiempo con amigos, de jugar al fútbol, andar en bicicleta de noche y, hace unos años, también de escribir.

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