LA INTERRUPCIÓN

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El valor de la crítica depende en buena medida de la fuerza que la empuña. Demasiadas veces se identificó esa fuerza con la movilización de los cuerpos. Marchas, plazas llenas, piquetes. El riesgo del estereotipo es enorme en épocas de reclusión global. ¿Es que no hay otro modo de suscitar las fuerzas? ¿Se interrumpe la crítica durante la cuarentena? Quizás lo contrario sea cierto. A condición de redescubrir la función crítica de la interrupción. 

La detención abrupta de la actividad social fue un arma fundamental de la crítica ligada a la fuerza productiva de la clase obrera en la estrategia de la huelga. La abstención, de manera simultánea, un acto de insubordinación y una exhibición del potencial de toda esa energía normalmente volcada hacia lo que solemos llamar la “economía”. La interrupción de los automatismos laborales introduce una tensión amenazante: ¿las fuerzas capaces de detener el flujo de creación de riqueza se vuelven, al mismo tiempo, capaces de acelerar el colapso social, o bien de recrear la imaginación de una nueva revolución política? 

La interrupción es una de las más bellas imágenes en el campo de las ideas. Gilles Deleuze la ha utilizado en sus reflexiones sobre la pintura y el cine para presentar lo que llama las “potencias del tiempo”. Como en la huelga, también en la creación artística, nos dice, la interrupción de los circuitos actuales permite descubrir el tiempo en estado puro. Es la experiencia de la “contemplación”, que permite advertir lo que no se tolera en la existencia, desprogramar nuestros modos de vivir y, quizás, dar lugar a nuevas formas de vida.  

También el tiempo de las instituciones se modula bajo el peso de la interrupción. Dentro y mas allá del espacio nacional se asiste al unánime clamor por el estado protector, a la vez que crece la pugna sobre quien debe financiarlo. Como se ha observado muchas veces, las medidas que suelen tomar los estados en épocas de crisis aguda (financiar la actividad económica y social), prefiguran –mutación política de por medio– los rasgos de un diseño de instituciones de largo plazo. 

La interrupción forzada por la pandemia es, por el momento, inseparable de la experiencia subjetiva de la incertidumbre. En primer lugar por lo inédito (lo que no quiere decir sin antecedentes). En segundo lugar porque la inducción deliberada del aislamiento, que cada estado practica según sus propios cálculos de costo-beneficio, coloca los términos de la situación en términos de supervivencia, en que cada quien debe velar en una primera instancia por sí mismo, olvidando redes y estrategias colectivas de vida. Y en tercer lugar, por aquello que podríamos llamar la “sincronía”, coordinación casi planetaria de las almas y las conductas, como no se veía hace décadas. Esta sincronía es la base de experimentos de control, o bien materia prima cualificada sin rumbo predecible.



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Diego Sztulwark
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Nació en Buenos Aires en 1971. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política. Fue miembro del Colectivo Situaciones de 2000 a 2009, con el que realizó una intensa tarea de investigación militante complementada con publicaciones, y de Tinta Limón Ediciones. Coeditó la obra de León Rozitchner para la Biblioteca Nacional y es coautor de varios libros, entre ellos: Buda y Descartes; La tentación racional (junto con Ariel Sicorski) y Vida de Perro. Balance político de un país intenso del 55 a Macri, basado en sus conversaciones con el periodista Horacio Verbitsky. Escribe asiduamente en el blog Lobo Suelto.

Diego Sztulwark
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Una respuesta

  1. Avatar
    Mónica
    | Responder

    Pero Diego, la idea de -interrupción- sólo se sostiene si lo que estamos esperando es que se restablezca lo que estaba antes de ser interrumpido: y desde ahí, abandonamos las ganas de captar el presente y únicamente nos quedamos viendo como nos interrumpió, esperando que, más temprano que tarde, nos deje interrumpir. Saludos.

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