LA VERDAD DE LOS MONSTRUOS

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A veces exageramos un poco y creemos que el miedo es signo exclusivo de esta época. Pero cada época arrastra sus propios monstruos. Está allí toda la historia de la literatura fantástica y de terror, para testimoniar que los monstruos se deben a su tiempo y que trazan con éste un tipo de relación singular. 

La Londres de fines del siglo XIX, cabeza de imperio y “cuerpo enfermo”, mezcla de tiempos, moral victoriana y lucha de clases, dio carne a la doble naturaleza de Dr Jeckyll y Mr Hyde. Nuestro siglo XXI, distópico y apocalíptico, se rodea de zombies: masas autómatas, seres incapaces de gobernarse a sí mismos y cuya única solución es un tiro en la frente.

¿Qué tipo de relación tienen esas figuras fantasmáticas con sus respectivas coyunturas, con los riesgos reales y con las amenazas experimentadas?

Los monstruos no son una personificación de nuestros miedos, sino más bien un síntoma de las respuestas que nos damos sobre sus causas y soluciones. Respuestas siempre más o menos desproporcionadas, desviadas o desajustadas con respecto a los riesgos reales y a los factores objetivos del malestar social o subjetivo. Respuestas inadecuadas, imaginarias, para preguntas que nos formulamos mal. Porque ni la “corrupción moral” explicaba el malestar de la Londres decimonónica, ni las “masas alienadas” explican el nuestro (se ponga por derecha el acento en “masas” o por izquierda en su “alienación” mediática o algorítmica).

Malas preguntas pero preguntas al fin, para respuestas que deseamos y que nos hacen falta, como conjunto social. Preguntas colectivas para problemas que sólo encontrarán solución colectivamente, en una transformación política y ética, antes que con estrategias de comunicación pedagógica o divulgación científica.

Porque su tramitación es imaginaria, es que los fantasmas no desaparecen contra la enumeración de las razones teóricas o empíricas que los refutan o contradicen. 

Y por más imaginarios que sean nuestros monstruos, no deja de ser ferozmente real el terror que en ellos encuentra su escena. El miedo es tan real como las causas del malestar que éste sintomatiza con desproporción. Y las preguntas imaginarias tienen también consecuencias reales. Cuando una sociedad se hace malas preguntas, no pueden sino ser malas las respuestas que resultan de ello. 

Por eso es que no podemos tomarnos a la ligera esas fantasías que, alimentadas por el miedo en una atmósfera ya apocalítica, encuentran las respuestas más absurdas para explicarse el malestar de nuestra cultura.

Tenemos que haber aprendido esta lección hace años, cuando tuvo lugar el torpe debate respecto del desfasaje entre los índices del delito y la percepción de inseguridad. Si lo hemos hecho, estamos en condiciones de leer mejor, en su cabal complejidad, las nuevas figuras fantasmáticas, desde las formas negacionistas hasta las reaccionarias, como intentos desesperados de interrogación frente a un desastre global de proporciones, que amenaza la vida y la sociabilidad masivamente. Ese malestar es el punto de verdad, un punto de real –histórico y subjetivo– que otorga su poder de interpelación y su tono rebelde a los discursos más exóticos y paranoides: terraplanistas, antivacunas, defensores de “escuelas abiertas” al suicidio social. 

La más crítica teoría de la ideología sabe que existe siempre un punto de verdad al que toda ideología alude, de un modo distorsionado.  Y hace falta coraje político y honestidad intelectual para enfrentar esta complejísima verdad.

Hay mucho de odio a la democracia en los fantasmas de nuestro tiempo. También hay decepción, frustración por las promesas políticas incumplidas, las de los derechos básicos a la vida digna, segura y justa; hay desconfianza frente a unos dispositivos científicos cuyo usufructo social se dirime como patentes comerciales en la OMC en juegos de crueldad geopolitica; hay descreimiento respecto de esa parodia de ética llamada transparencia y frente a esa mueca de moral llamada corrección política.  Hay todo eso en las más brutales y fantasiosas hipótesis sobre el complot mundial, el chip sanguíneo, la invención de los números de muertes o el agua en las vacunas. No podemos hacernos lxs distraídxs.

No hay democracia sin un proceso de pensamiento colectivo, un proceso de liberación en común. Democracia no es nunca encontrar en otros la tristeza de su miserable ignorancia, sino desplegar una potencia afectiva capaz de tocar los resortes deseantes de un proceso de amplificación del pensamiento justo. No hay democracia sin el ejercicio indeclinable de un axioma materialista tan complejo como crucial: más piensan mejor. 

Si la tarea es democratizar, el peligro radica en confundir al demos con un promedio estadístico de las opiniones individuales sondeadas. Corresponde a la sensibilidad política –y jamás a la razón tecnocrática– detectar el punto de verdad del malestar y conectarlo con el deseo de libertad que es siempre, en alguna medida, una buena pregunta colectiva por las verdaderas causas de la opresión. Una forja de imaginaciones de futuro capaces de contrarrestar los monstruos imaginarios.

Estamos tristemente distantes de eso. Hoy vemos en cambio con espanto que las peores respuestas suenan más estridentes y caprichosas cuanto más lejos queda aquel momento de meditación colectiva acerca de las verdaderas causas del desastre. El tiempo de las preguntas críticas sobre nuestras formas de vida y nuestros modos de producción y acumulación, que tomaron a principios del 2020 el interés colectivo, se ha cerrado. Hoy sólo parece caber la pregunta inmediatista y condescendiente sobre los procedimientos de administración del desastre o por su normalización, caiga quien caiga.

Una profunda des-responsabilización colectiva, una santificación social que coincide con una satanización de aquellos que deben tomar, por nosotrxs, las más difíciles decisiones. Ya no una pregunta colectiva, modesta, reflexiva, honesta y desgarrada por las causas de esta cultura autofágica en las que nos hemos metido como humanidad, sino una búsqueda de culpables, culpables de interrumpir nuestra nueva normalidad. Culpables ellxs y quienes los han elegido. 

Queda abierta la pregunta sobre cuáles son las formas más cautelosas de intervenir en este complejo escenario. Pero probablemente no sea recrudeciendo las imágenes apocalípticas, gritando el tremendismo necropolítico de la cuenta de muertes y, probablemente tampoco, regodeándonos en las imágenes de esos amontonamientos de señoras berrinchosas, para hacer memes con sus explicaciones flojas de argumentos.

Creemos que todxs deseamos la democracia, pero nadie está hoy a salvo de soñar con ser un cazador de zombies.


Esta nota fue también publicada en la Revista Kamchatka



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Natalia Romé
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Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, Magíster en Comunicación y Cultura y Licenciada en Cs. de la Comunicación

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