CUIDAR A LOS QUE CUIDAN

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Sufrimiento psíquico ¿Quién cuida a los que cuidan?

Martes 24 marzo 2020. Hace dos semanas que nos preparamos sin creer mucho en ello . Pero ahora ha llegado . Nadie conoce a fondo esta enfermedad. Nadie tiene la receta milagrosa. 

Miércoles 25 marzo. Las jornadas son cada vez más agotadoras. Empezamos a rozar nuestro limite, y el personal sanitario tiene miedo.

Jueves 2 de abril. Tenemos la impresión de que hemos alcanzado la velocidad crucero. También tengo la impresión de que empezamos a acostumbrarnos. Esto es cada vez más difícil. Empezamos a deshumanizarnos. (Testimonio de un profesional de la salud en París).

En este testimonio  de un médico francés asistimos a la construcción que,  a manera de bitácora, nos cuenta de su viaje a través de la epidemia, escribiendo sus afectos, emociones, dilemas éticos, pero fundamentalmente su sufrimiento. Es la descripción del atravesamiento —en tanto sujeto del acontecimiento— del coronavirus y cómo se siente afectado desde su profesión.

Podemos pensar en  una terapéutica de la vulnerabilidad, una dimensión ético- política que, si bien pone en el centro de la responsabilidad al Estado ante ese otro y su desamparo, a los  equipos les corresponde tomar decisiones en el marco de su trabajo asistencial; sostener la vida en un accionar clínico sobre lo tánatico. Ardua tarea, especialmente porque genera efectos en su salud física y mental. Fernando Ulloa decía: “La salud mental corresponde a todos los oficios”.

Hace algunos años fui convocada como analista institucional por un servicio de terapia intensiva para intervenir y trabajar con el grupo de médicos y enfermeras del servicio. Salvando las distancias y el tiempo transcurrido hay algo en esa clínica de la mortificación en tanto síntoma que padecía el servicio y que tiene semejanza con lo que se puede estar viviendo en los grupos afectados a la atención del coronavirus. El dispositivo de trabajo institucional siempre es el mismo: emponderar la palabra, hacerla circular y producir un corte temporal de sentido en cuanto a lo cotidiano de la tarea. En ese servicio lo que se producía era repetición, desgano, violencia y descuido.

En ambos casos (terapia intensiva-coronavirus) existe un encuentro con la propia finitud de aquellos involucrados en la asistencia; sólo que en el corona   se da también el aislamiento y el encuentro con un otro desubjetivizado y potencialmente peligroso. No hay espacio ni tiempo para pensarse ya que la urgencia tapona cualquier hueco y aleja cualquier pensamiento por fuera de la inmediatez del momento.

La rapidez del procedimiento, sus riesgos, posponen la idea de la muerte; cómo enfrentarla y elaborarla ya que es imposible enunciarla en la rapidez de los acontecimientos. Lo observable es el cansancio, el agobio y el miedo, ya que estos procederes no son sin consecuencias para aquel que los lleva adelante. Se impone el actuar precipitado, compulsivo y que intenta abrir alguna rendija que lo rescate de la soledad de enfrentarse quizás a su propia muerte.

Toda esta descripción de emociones, afectos, desafectos, etc. deja huellas en aquellos que la padecen ya que esta especie de asepsia emocional  deja rastros y secuelas en la memoria; el sufrimiento psíquico es el testigo de una defensa fallida frente a una realidad colapsada y en  situaciones altamente traumáticas .

El equipo puede soportar imaginarios fantasmáticos acerca de su lugar y de su función; en algunos sujetos estigmas y en otros traumáticos. Por ejemplo: el último episodio, los administradores de la muerte, los músicos del Titanic, etc. Esto atentaría contra el cuidado de sí en este tipo de epidemia.

Este virus sabotea el imaginario del cálculo y el control preciso de la realidad y de sí mismo. La soberanía sobre el tiempo entre paréntesis; somos un devenir frágil en un mundo que no controlamos. 

Agamben nos advierte: El estado de excepción biopolítica produce apatía y miedo al otro en tanto potencial portador, incluidos el personal de salud. En ellos hay una sobreexigencia de actividad constante .

Para Patricia Manriquez, habría que encontrar una inmunidad comunitaria y necesaria en el caso del coronavirus, en la que la lucha por la salud sea una responsabilidad compartida. Hacer una diferencia entre una inmunidad virtuosa que implica ser hospitalarios con el acontecimiento o una inmunidad viciosa cerrada en si misma .

Para finalizar, pensemos en el después. Será importante recuperar algunos fundamentos que hacen a la valorización de la vida como valor supremo por encima de las ideologías que ponen el énfasis en la posesión de bienes  y su acumulación o en los dioses de la tecnología como valor supremo para alcanzar la plenitud de la vida social e individual.

Habrá que volver a mirar otros horizontes y aceptar otras visiones que relacionan la vida con el “buen vivir”; abandonar el “patio de los objetos” para construir una propuesta de existencia que sin dejar de lado el acceso a los bienes materiales, enfatice una búsqueda de mayor profundidad e igualdad en un abordaje vital donde la atención de la salud, la educación, los derechos sociales y los derechos humanos sean el fundamento y el horizonte de un proyecto que cambie los paradigmas existentes. 



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Mónika Arredondo
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Psicoanalista. Analista institucional.

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