no abusarás /roque farrán

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Desde hace un tiempo me inquieta mucho el problema de los abusos sexuales en distintos ámbitos; siento que no estamos respondiendo adecuadamente porque ni siquiera nos permitimos pensar el problema. Reaccionamos o callamos. Entonces todo entra en la lógica mediática del escándalo o en los grisáceos meandros de los aparatos jurídicos. Pero es un problema muy grave que nos afecta como sociedad. Nos entristece, nos enfurece, nos depotencia, individual y colectivamente. Vengo hablando con algunas amigas feministas acerca de la necesidad de hacer algo, de elaborar respuestas, de tomar posición en casos concretos, etc., pero es difícil, porque ellas ya vienen haciéndolo a su modo, según sus tiempos y posibilidades. Además, hay un límite preciso que señala nuestra complicidad en el asunto, algo que nos cuesta ver y enunciar como hombres. Me di cuenta que tengo que asumir la responsabilidad en soledad, sin amparos ni coartadas; asumir el lugar desde el cual hablo y la contradicción performativa que implica tomar la palabra sin darme ninguna importancia por eso. O sea, destituyéndome en el mismo acto de enunciación, pues no me exceptúo del común de los hombres.

He escrito un par de textos que atraviesan la cuestión del abuso desde problemas teóricos y conceptuales, pero quisiera decir algo más simple y directo. Dos puntos enlazados: uno histórico, otro actual.

I.

Hace poco vi el tráiler de La noche más larga del mundo, una película hecha acá en Córdoba sobre una historia real y reciente: el violador serial que durante dos décadas violó impunemente a cientos de mujeres en la zona de Nueva Córdoba, donde viven más que nada estudiantes. Me trajo muchos recuerdos de esa época en que fui un estudiante (fines de los 90), recién llegado a mi ciudad natal, donde la alegría por la novedad no disipaba cierta atmósfera de temor en la que se respiraba (más que el humo de ahora) el descuido generalizado y la indiferencia hacia la suerte del otro. Recién en el año 2004, cuando hubo una voluntad política decidida para atraparlo, al verse cercado por la policía, el violador finalmente se suicidó. Lo cual no impidió que fuera al entierro mucha gente de su barrio, donde dicen era una persona querida (padre de familia devoto). No es para sorprenderse. El violador serial es el producto monstruoso de una sociedad que consiente la violencia y, al mismo tiempo, se despreocupa por los más vulnerables. En su figura se condesan una serie de consentimientos ideológicos contradictorios, provenientes de distintas clases y sectores sociales: desde la idealización de la criminalidad como modo de vida renegado, hasta el festejo de una supuesta capacidad sexual incrementada, o incluso el castigo moral del devoto hacia las jóvenes licenciosas. Ese “dejar hacer” o mirar para otro lado indicaba el punto ciego sintomático de una sociedad mal herida, descompuesta hasta la náusea y suturada por retazos ideológicos en decadencia. Destrozo ocasionado por la última dictadura que violó sistemáticamente todos los derechos, las sensibilidades, las mentes y los cuerpos. Sin duda, hay una cultura cordobesa de descuido sistemático de las relaciones y la sustentabilidad del lugar mismo donde vivimos, que no le viene sólo de las clases altas o los desarrollistas urbanos, sino del anudamiento sintomático transclasista de cuerpos, lenguajes y restos miserables (interpelaciones de goce con fuerza inercial). No todos tienen —ni tenemos— la misma responsabilidad ante la miseria que vivimos, y no me voy a poner a sermonear con mandatos, pero el dejar hacer o mirar para otro lado ha tenido y tiene terribles consecuencias que padecemos desigualmente. Por eso enunciar un “No abusarás” materialista y no trascendente tiene que ser sostenido en acto con el cuerpo, el lenguaje, el pensamiento y el deseo asumido de cada quien, caso por caso, sin concesiones.

Pero quiero ser honesto respecto a esto último: si mi deseo o perseverancia en el ser continúa es porque en esta ciudad no todo está perdido; también he sentido los lazos de solidaridad muy cerca en un momento delicado en el que mi vida pendía de un hilo: “Donde está el peligro (o el desierto) crece también lo que nos salva”.

II.

Cuando empecé a escribir esto, antes que saliera a la luz el último caso, quería poner la frase interpeladora que suele circular cada vez que se produce y mediatiza alguno. No me podía acordar de la expresión correcta, y ayer la encontré: “¿Cómo es posible que todas las mujeres tengan una amiga violentada, y ningún varón tenga un amigo violento? No nos dan las cuentas”. Se habla de “pacto de silencio” y quizá haya algo de eso, pero a veces lo que sucede es mucho más concreto y paradójico: quienes han sido abusadas no quieren que su caso se haga público; quienes han abusado lo niegan o relativizan; y si no hay una tercera instancia que medie, todo queda en la nada. Entonces quienes hemos escuchado las dos voces, sean amigas y amigos o no tanto, no podemos más que decir: hablemos, expongamos, hagámonos cargo, dejemos de banalizar, abramos espacios donde se pueda decir y escuchar de verdad, donde se puedan asumir las consecuencias de los actos. No basta con indignarse o evitar el punitivismo o imaginar que una ley o la educación sexual alcanzan, hay que crear y sostener múltiples instancias y prácticas donde podamos tratar este problema que nos involucra a todxs. Sobre todo esto: no desentendernos, no mirar para otro lado, no decir “por algo será”. Lo que estoy diciendo es que resulta apremiante, necesario, urgente pensar el problema e implicarnos; no basta con pronunciarnos sobre lo mismo cada vez que sucede lo mismo, porque sabemos que es un problema recurrente y estructural.

Voy empezar a asumir lo que me toca como hombre en nombre propio. En mi caso, escribo: trato de dar cuenta del gesto de pensar desde la fragilidad que se expone al no-saber, desde el no-todo hacer. El no-saber no es lo mismo que la ignorancia, es animarse a decir en los límites de los saberes instituidos y las autorizaciones validadas; el no-todo hacer no es permanecer inactivo o callado, sino encontrar el modo singular en que el acto asume sus consecuencias. No todos los hombres somos iguales, pero todos somos responsables por lo que hacemos y dejamos (de) hacer en una sociedad desigual donde las valoraciones nos suelen favorecer, donde tenemos ciertos privilegios e impunidades, donde se nos escucha o atiende diferencialmente. En lo posible tendríamos que hacernos a un lado; abstenernos de estar siempre al frente o en los lugares centrales de decisión; dejar de ser los primeros en tomar la palabra o la iniciativa en toda ocasión; acompañar más y opinar menos; estar dispuestos a escuchar, a sostener, a brindar espacios, a generar tiempos, a no querer dirigir tanto los procesos, etc. Luego, también poder remedar los errores cometidos, las precipitaciones anteriores, las rigideces pasadas, los forzamientos innecesarios; no tiene que haber ningún orgullo herido por admitir simplemente: me equivoqué, me apresuré, no supe escuchar, no di el tiempo suficiente, no sostuve la distancia adecuada, etc. Tampoco hacer leña del árbol caído, amonestar o ponerse en un lugar de superioridad moral; simplemente escuchar, abrir, exponer. Quizá no todos podamos cambiar en todos los planos, frentes y actividades, pero tenemos que empezar a hacerlo allí donde podamos prestarnos a un juego serio y responsable, para recuperar la alegría de vivir y el verdadero erotismo del acto de creación. Es urgente, es ahora, sino ¿cuándo?

Roque Farrán, Córdoba, 28 de febrero de 2022.


Roque Farrán nació en Córdoba en 1977. Publicó los libros Badiou y Lacan: el anudamiento del sujeto (Prometeo, 2014), Nodal. Método, estado, sujeto (La cebra/Palinodia, 2016), Nodaléctica. Un ejercicio de pensamiento materialista (La cebra, 2018), El uso de los saberes. Filosofía, psicoanálisis, política (Borde perdido, 2018; El diván negro, 2020), Leer, meditar, escribir. La práctica de la filosofía en pandemia (La cebra, 2020), Escribir, escuchar, transmitir. La práctica de la filosofía en pandemia y después (Doble Ciencia, 2020), La razón de los afectos. Populismo, feminismo, psicoanálisis (Prometeo, 2020); editó junto a E. Biset Ontologías política (Imago mundi, 2011), Teoría política. Perspectivas actuales en Argentina (Teseo, 2016), Estado. Perspectivas posfundacionales (Prometeo, 2017), Métodos. Aproximaciones a un campo problemático (Prometeo, 2018). Es Investigador Adjunto del Conicet, Doctor en filosofía y Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional de Córdoba, fue miembro del Comité Editorial de la Revistas Nombres, y lo es actualmente de Diferencias y Litura. Es miembro investigador del Programa de Estudios en Teoría Política (CIECS-Conicet) y dirige el grupo de Pensamiento Materialista en dicho Programa.



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