noviembre de 1972 / moli paulinovich

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Noviembre de 1972

Salimos de La Plata con lluvia en el primer tren a la madrugada. Los estudiantes éramos los menos. Había muchos compañeros trabajadores de la carne. Otros estatales. También petroleros y personas de los barrios. Todos iban a recibir a Perón. Éramos una columna grande con la gente de Berisso y Ensenada. La verdad que tenía miedo a lo desconocido y a las advertencias que se escuchaban de los milicos de no ir a recibir a Perón. Los trenes estaban vigilados y no podíamos cantar ni llevar banderas. Teníamos algunas metidas entre la ropa. Cuando llegamos al punto de trasbordo, estaba el Ejército y no nos dejaron pasar. Algunos salieron caminando, pero en una pinza cerca del pueblo los hicieron regresar. Hasta ahí llegamos, pero finalmente era como estar cerca de Perón.

Yo pensaba en mi casa, donde Perón era un cobijo, una explicación universal, una muestra de afecto que a mi viejo se le escapaba cuando debía hablarnos de dignidad. Yo nací en esa casa que tenía un nombre: 17 de octubre. Habían pasado muchos años desde las tardes en que mi viejo contaba emocionado lo que había hecho el general.

Tiempo después, en el tren, rodeado de compañeros, yendo a buscar al general que volvía, parecía una eternidad. El vértigo y la emoción se trababan en la garganta, miraba las casitas y terrenos del alrededor con sorpresa, admiración y algo de incredulidad. Sentía que empezaba a vivir una historia en carne propia, que debía hacerme cargo de esa herencia que mi viejo me había trasmitido. Y que para eso había que llegar a Ezeiza y recibir a Perón.

Esa historia había comenzado unos meses antes. De la escuela de Casilda fuimos a estudiar agronomía con Daniel. Ni bien llegamos nos acercamos al centro de estudiantes que estaba controlado por la Franja Morada. Nosotros teníamos la identidad peronista definida por razones familiares. Pero en la universidad no se podía hablar ni utilizar símbolos y palabras que mostraran esa identidad. Los de la Franja nos invitaban una y otra vez. Pero nunca nos convencieron. En La Plata existía una agrupación que se llamaba Federación Universitaria para la Revolución Nacional (FURN). Era un nombre que los compañeros peronistas utilizaban para poder desarrollar políticas estudiantiles. En esas primeras reuniones se hablaba del retorno de Perón al país. Mis primeras tareas fueron realizar pintadas de noche con aerosoles negros. La consigna era Luche y Vuelve. Una V de la victoria y una P arriba. Salíamos por La Plata y Berisso. Al principio con otros dos compañeros, y después solo en una bici. Nos juntábamos en el bar de veterinaria o al aire libre, simulando una jornada de estudio, con apuntes. El peronismo estaba proscripto, y eso quería decir que no se podía ni siquiera aparentar. Para cumplir la tarea de las pintadas nocturnas había que hacer un reconocimiento previo de los lugares. Así empecé hacer inteligencia casera que fue creciendo en cuanto a especializarme para otras tareas de información.

Cuando se definió la fecha del regreso para el 17 de noviembre, empezamos a organizarnos. No había muchos recursos, vestíamos la misma ropa que usábamos para ir a la facultad: zapatillas, un vaquero y una remera. Nos caracterizábamos por el bigote y la barba. Además, se usaban unos camperones verde que casi todos tenían. Nos alentaba saber que la dictadura se estaba terminando. Más allá de las pintadas nocturnas, las reuniones, los cursos de formación, las charlas, las actividades en los barrios, el debut militante fue ese día. Nuestro responsable principal era Carlos Kunkel. Era el que se reunía con Galimberti, el contacto en la juventud que tenía Juan Manuel Abal Medina, el delegado de Perón. El dictador Lanusse había convocado a un acuerdo político nacional sin el peronismo. El objetivo era llamar a elecciones para el año siguiente. En ese contexto dijo que a algunos no le daba el cuero, como diciendo que Perón no se animaba a volver. Eso aceleró los tiempos. Nos pusimos a trabajar todos, todo el día, para el regreso. Nosotros nos sentíamos parte de esa lucha y lo notábamos en los comentarios de la prensa. Era el tema nacional.

 Mientras viajaba en el tren, miraba el cielo nublado y las primeras gotas que caían, y pensaba en Corral de Bustos. Si había alguna razón por la cual yo estaba ahí, debía encontrarla entre esos recuerdos. Mi abuela siempre me habló en croata y me contaba historias de su pueblo y de cuando llegaron a la Argentina y se pusieron a trabajar los campos y fueron expulsados. Y también decía que gracias a Perón ellos tuvieron tierras y tuvieron su casa. Siempre me gustó la lectura, sobre todo la historia y la geografía. Cuando viajábamos a Buenos Aires a visitar parientes, me entretenía anotando las estaciones y dibujando mapas. Fue un primer entrenamiento para las tareas que más tarde me tocaría realizar.

Salimos temprano. La sensación de ir en busca de Perón había borrado el sueño y el cansancio. Me sentía como en aquellos viajes, observando el paisaje, grabando cada uno de los espacios, detectando las presencias sospechosas, temiendo por la redada militar. Había que tomar el tren en La Plata y hacer un cambio en un lugar que me parece que se llamaba La Tablada. De ahí hasta el pueblo de Ezeiza, pegado al aeropuerto.

 En el peronismo todo era clandestino. Yo eso lo sabía por lo que le hacían a mi viejo en el pueblo. Había visto cómo lo denunciaban y acosaban por peronista, de qué manera se la rebuscaban para juntarse a discutir, organizarse, llevar a cabo alguna acción. Como la actividad política estaba clausurada, los controles eran impresionantes. Por eso necesitábamos hacer mucha inteligencia para sortearlos. Esa tarde nos tuvimos que pegar la vuelta, llegamos hasta la mitad del camino. La lluvia y los militares nos frenaron. No dejaron que recibiéramos al general. Regresamos todos mojados. Yo estaba contento por esa primera experiencia, aunque lamentaba no haber podido llegar al aeropuerto. Y no sentimos desazón. Sabíamos que habíamos cumplido. El objetivo era ir a buscarlo, recibirlo, hacer que Perón sepa que nosotros estábamos acá, que nunca nos habíamos ido ni nos habían callado, que estábamos junto a nuestros padres, que ellos nos habían hecho entender lo que era el peronismo, y que pondríamos el cuerpo hasta que se terminara la infamia y la persecución.

Ahí estábamos, bajo la lluvia, rodeado de militares. Y por más que no nos dejaran pasar, habíamos llegado. Perón había llegado. Y nosotros podíamos sentirnos protagonistas. Yo sentía que le cumplía a mi viejo. Que estaba ahí también por él. Que, al ir en busca de Perón, estaba haciendo justicia por todos esos años de soledad y aislamiento, por la denigración de la proscripción, por la gesta silenciosa de resistir perdido en una provincia de un país perdido entre dictaduras.

Se hablaba de posibles fórmulas presidenciales para darle continuidad al régimen que se había iniciado en 1966. Pero nosotros, mientras volvíamos mojados, sabíamos que era imposible. Algo ya se había dado vuelta. Perón volvió. Nosotros lo habíamos ido a buscar. Y era cierto: el general pisaba, otra vez, suelo argentino.

Unos días después pudimos ir a Gaspar Campos a la casa donde se instaló el general. Ese día fue maravilloso, con un sol espectacular. La multitud pasaba por la calle para saludar a Perón. Era una fila interminable. En ese viaje comprendí la importancia de la consigna Luche y Vuelve. El lado real del vínculo de amor y la alegría del pueblo con el regreso de su líder. Eso que se sentía entre todos aquellos que saludamos a Perón cuando salió por la ventana.

Otra vez sentía esa emoción, ese miedo y esa ansiedad de las noches clandestinas previas al regreso, cuando salíamos a pintar en La Plata. Pero de otra forma, con otra intensidad: con la sensación de haberlo logrado. La naturaleza sabe expresarse, por eso, llovía cuando Perón llegó, y llovía cuando murió. Y por eso, también, nos dio ese recreo de sol para que podamos encontrarnos con el general, de cuerpo presente, en Gaspar Campos.

Cuando le conté a mi viejo, sus lágrimas me hicieron entender lo que había sucedido. Me decía que no lo podía creer. Para él, el peronismo fue sentirse digno. Con el tiempo comprendí lo que Leonardo Favio dice del peronismo. Nunca más viví una fuerza tan emotiva como la que generó Perón en nuestra generación. La consigna de la vida por Perón se hizo práctica. La dimos, con orgullo y felicidad.

Moli Paulinovich

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