PASATIEMPO

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A menudo leo el Clarín. Y a menudo también lo escribo. ¿A qué me refiero? A la Claringrilla, por supuesto. Ese divertimento que consta ya casi al final de cada edición del diario, y que emprendo cada vez que puedo con esmero de birome en mano y la lengua afuera igual que Manolito cuando hacía los deberes de la escuela.

En la edición N°18.970 del miércoles 7 de abril, se prometía a quien completara las diecinueve palabras previstas: “En las columnas marcadas se leerá un pensamiento de José Ingenieros”. Yo no sé cuál es la “Cadena montañosa de Rusia, localizada en la parte meridional de Siberia” cuyo “punto más alto es el monte Skalisty, con 2482 metros”; tampoco me sale, a decir verdad, el “Pájaro del tamaño de un gorrión, caracterizado por el color naranja de su pecho y parte de la cabeza”. Pero a cambio de mis ignorancias orográficas y ornitológicas, la pego con “Mujer que posee un ducado” (¡duquesa!), con el “Molde de cualquier clase con que se da forma a alguna cosa” (¡Matriz!). Y como una sílaba trae otra sílaba, y una palabra otra palabra, progreso hasta completar el ejercicio en todos sus ítems (incluso los que desconocía).

La frase entonces se forma, diríase que por sí misma: “Juventud sin rebeldía es servidumbre precoz”. La pensó José Ingenieros. Me pregunto entonces si este “pasatiempo” (“Pasatiempos” se llama la página que integran también el “Autodefinido”, el “Sudoku” y las “Trivialidades”) ha sido efectivamente tal, o si prolonga subrepticiamente otras líneas editoriales del diario. Porque esta frase obtenida en la Claringrilla, verdadero llamado a la rebeldía juvenil, parece retomar, desde la página 50, un problema planteado en la página 6: el pedido de Daniel Gollan de que los jóvenes dejen de bolichear por unos días. Y aun en la página 5: “Suspenden los viajes de egresados por la segunda ola de Covid”. Porque a Daniel Gollan, ministro de salud de la Provincia de Buenos Aires, le tocó el semáforo rojo en la sección pertinente (“Semáforo”, página 2), por haber dicho lo que dijo (“¿No podés dejar de bolichear unos días?”); en tanto que el semáforo verde, el de la aprobación, le correspondió al bueno de Jeff Bezos por encabezar por cuarto año consecutivo “la lista de las personas más ricas del mundo que elabora la revista Forbes”. En la página 15 de esta edición, el asunto en cuestión se amplía. Allí se nos informa acerca de una “explosión de ricos”: una “explosión de personas con un patrimonio superior a 1.000 millones de dólares pese al devastador impacto de la pandemia de Covid 19 en todo el mundo”. El lineamiento queda claro: frente a la extrema gravedad de la pandemia, el semáforo rojo es para los que buscan mal o bien soluciones, y el semáforo verde es para los ricachones que se las arreglaron entre tanto para ser algo más ricachones todavía.

Pro eso me pregunto si la frase de José Ingenieros no estará ahí, en la Claringrilla, para replicar la Gollan. Apenas encriptada (si pude yo con “Stanovoi”, si pude yo con “Petirrojo”, puede cualquiera), bajo el disfraz de camuflaje del divertimento ocasional. ¡A rebelarse, jóvenes!, dicen que dijo José Ingenieros. A mí la rebeldía, de por sí, me parece bien, y de hecho no la restrinjo a los jóvenes. Pero habría que considerar, llegado el caso, que Ingenieros no la recomendaba en el sentido fofo de una disposición banal a lo díscolo, ni a alguna reconocible tendencia a cagarse redondamente en los demás; sino en los términos de lo que, no sin unas cuantas especificaciones de época y vertiente, no dejaba de denominarse socialismo. Y habría que considerar de igual forma que, pese a que las vehemencias del positivismo imperante por entonces derivaron en un higienismo social reprochable, tenemos en Ingenieros a unos de los referentes fundamentales de las políticas de salubridad pública en la Argentina.

Queda claro, por lo tanto, que la idea de una “rebeldía juvenil”, formulada por él, nada podría tener que ver con el egoísmo negligente de quienes viven como si no hubiese nadie más que ellos en el mundo, ni tanto menos con la irresponsabilidad estúpida de quienes pretenden que la vida en general, cuando hay una pandemia, pueda mantenerse igual que en tiempos normales, cuando no la hay.



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Escritor. Anda dando vuelta tanto gil que se publicita escritor. Y Martín Kohan, tres libros de ensayo, tres de cuentos, diez novelas dice que en un sentido estricto nunca descubrió haberlo sido. Que su relación siempre fue con el escribir y no con el ser escritor, que para él eso nunca representó una ambición o un deseo. Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires. Enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia. Cree que por haber elegido la literatura resignó un aprendizaje, integración, sociabilidad, disfrutes compartidos. Al estar tanto tiempo solo, leyendo o escribiendo, dejó que discretos pasaran por un costado. Entre sus tantos libros se encuentran El informe, Los cautivos, Dos veces junio, Ciencias morales, Bahía Blanca y el último, de cuentos, Cuerpo a tierra. En la infancia tuvo una perra: Yenny. En la adultez, un gato: Dumas. Kohan prefiere la ropa de Adidas, es fanático de Boca como su hijo Agustín y al acostarse, antes de quedarse dormido, implora que no lo atraviese el insomnio.

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