un soleado día de campo / leonardo beneyte

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La mañana estaba hermosa, un cielo celeste profundo, semi mate. Yo contaba nubes, mientras pasaban sin apuro, brillantes, de diferentes blancos. Obvio que busqué formas y las encontré: rostros, animales, objetos.  Desde el balcón, cada tanto bajaba la vista a mis macetas. Macetas que había rellenado con tierra nueva y plantado semillas de especias semanas antes, salvo el romero y el orégano que ya eran plantas medianas. Recordé a mi hijo, que cada vez que viene corre a ver cómo están y las riega. Miraba los cortes faltantes en el romero que había usado para cocinar, me preguntaba cuánto tiempo tardaría en volver a sacar hojitas de esas ramas peladas. Me puse a regarlas y disfrutar de la tierra recién mojada, como se va oscureciendo y su aroma subiendo húmedo, tibio y terroso hacia mi nariz. Como en las ramas las gotitas de agua, brillantes y limpias, van saltando de hoja en hoja hasta desaparecer en la tierra.

Había sonado el celular tres veces y a la cuarta llamada lo atendí. Una máquina, un robot, una voz en off:  Nos comunicamos del estudio Garbell & Garbell, para decirle que su expediente con número 12875-16 del consorcio Villa Loft está en curso. Deberá comunicarse con nosotros a la brevedad.

Tiempo atrás hubiese reaccionado, hoy ni siquiera me asombraba de no sentir rabia. Llevo cuatro años o más recibiendo este tipo de mensajes, bancos, administradoras, abogados, afip, sindicatos, ex empleados, etc. La mayoría no los escucho, pero esta vez quería ver cómo sonaba al compararlo con este momento de tranquilidad, sentirme, verme reaccionar de otra manera, no exaltándome.

¡El poder de estar bien!, me dije y seguí pelotudeando, no haciendo nada.

No creo tener respuestas por este cambio, ni siquiera las busco, acepto tanto todo, que soy parte involuntaria de sentirme bien. Tal vez ustedes están esperando un conflicto, el desarrollo de algún problema, una tragedia, alguna gracia, otra cosa. No, no hay más que esto. Alguien en paz contando nubes, regando plantas bajo un manto de tranquilidad. Con pocos pensamientos.

Recuerdo que hasta hace un tiempo, cada vez que sentía algo de dicha tenía a la vez la sensación de que en algún momento algo malo pasaría. Algo así como una amenaza divina, constante, como que nunca nada puede estar del todo bien. Y así no disfrutaba nada.

Tal vez esta tranquilidad fue completa un par de días atrás y no soy consciente de ello aún; cuando recibí un llamado de la madre de mis hijos diciéndome que quería hablar conmigo y si nos podíamos ver. Hoy es sábado, esto habrá sido el martes, ya que acepté quedando en vernos el jueves, pasarla a buscar por una Shell.

Me imploró que acudiera prometiéndome que solo hablaría de nuestros hijos, y le aclaré que si intentaba hablar de mí me levantaría y me iría.

La cosa es que el jueves la pasé a buscar, subió y enseguida le pregunté a cuál café quería ir. Me dijo que condujera por la autopista hacia el noreste que recordaba un lugar al que había ido con los chicos hace un tiempo y que aprovecharía a llevarle no sé qué cosa a una recién conocida. No podía ser de otra manera, me dije, siempre dando puntadas con hilo.

Ya me sentía algo usado.

 Ok, ¿me podrías haber dicho que necesitabas que te lleve y yo decidía hacerlo o no? ¿No te parece?

Lo decidí después, para aprovechar el viaje.

O querer reunirte conmigo fue una excusa para que te lleve?

¡Ya estas peleándome, nunca confiás en mí!

No quise contestar. Había caído en la trampa una vez más. Siempre repitiendo el error. Callé y manejé en silencio. No hablaría por un rato. Le pregunté cuánto faltaba para llegar y no hablé por el resto del viaje. Me fui guiando con el waze.

El perfil del paisaje iba cambiando: de los edificios de oficinas acristalados y bares pegados a la panamericana, pasamos a galpones industriales inmensos y distantes, y de a poco vacíos urbanos, huecos ganados por el verde, terrenos amplios, extensas huertas de verduras; hasta que los espacios se transformaron en planicies de campos.

Tomé una ruta nacional que cruzaba la autopista, entré en una rotonda, busqué una bifurcación y dejamos el asfalto; desemboqué en un camino vecinal, subí por dos pasos a nivel, crucé un arroyito y agarré otro camino de tierra con huellas y alambrados a los costados. Anduvimos muchos minutos y tuvimos que cerrar todas las ventanillas por el polvo.  Tuve que disminuir a paso de hombre la velocidad para cruzar una curva con un vado y seguir un trecho hasta detenernos frente a una tranquera. El sol del inicio del verano ya nos pegaba en la cara.

¡Más que un café, un día de campo!, dije contrariado.

No me contestó.

Había manejado como cincuenta minutos, bajé del auto y abrí la boca para respirar ese aire de mañana de campo, límpido, tan fresco que dolía. Exhalé emitiendo sonidos, me desperecé. Algunos clientes que desayunaban en mesas bajo los árboles me miraron.

El suelo aún tenía la humedad del rocío, mis pies resbalaron con los primeros pasos y mis zapatillas se ensuciaron con el barro, cuando pisé el caminito de piedras algunas se me pegaron a la suela. Caminé hasta la casa, lento algo cansado –parecía robocop, me creí que había bajado del caballo luego de cabalgar varios días–.

Caminaba varios pasos detrás de ella, unos perros moviendo exageradamente la cola se nos acercaron, lo primero que vi fue el humo saliendo de la chimenea, a los costados algunos animales miraban desde sus corrales en una suerte de granja.

El lugar era como una casa de té, zócalo de piedra y algunas paredes en madera, en la galería, ahora cerrada con vidrios, con mesas de manteles a cuadros expuestas al sol. Uno de esos lugares artesanales que cuando te vas te llevas algún suvenir para regalar.

¡El café más lejos de mi vida!, solté al aire.

Me gustó mucho el lugar, sentí que podría quedarme un par de días, viniendo solo o con una chica. Podría vivir acá tranquilamente, pensé. Pero también me contesté que podría aguantar solo un par de días y cansarme. Nunca se sabe, al menos conmigo.

Ella cruzó la galería y entró, fue a saludar a una mujer que parecía ser la dueña, abrazos, besos y sonrisas. Yo opté por elegir una mesa de la galería y me senté. Pedí un café negro doble y una medialuna, tenía hambre, pero me reservé para un buen almuerzo de campo más tarde.

Saqué el celular para revisar los mensajes, pero me aburrí rápidamente, tomé un diario de la mesa de al lado y comencé a hojearlo. Leer en papel iba mejor con en lugar en el que estaba. Tenía manchas en algunas hojas y cuando busqué la fecha medí cuenta que era del día anterior.

Llegó mi café y mi medialuna. Ya casi la había comido cuando se sentó ella.

¿ Qué me pediste?, preguntó.

Nada, dije.

Ok. Gracias.

De nada, contesté.

Seguí leyendo mi diario, como si nada. Como esos matrimonios de toda una vida que luego de reñir pasan horas juntos sin hablarse una palabra.

Ella pidió lo suyo, yo terminé lo mío y me volví a pedir otro café negro.

Te escucho, dije. Ya me quería volver. A la mierda el campo y toda su telúrica.

Arrancó hablando de los chicos, la casa y demás obligaciones, en realidad hablaba de la plata, que no le alcanzaba, que yo siempre le estaba debiendo algo y que un chico necesitaba una cosa, que esto y aquello. Reproches.

Yo ni la seguí, y simplemente contestaba con sí, claro, obvio o algún de acuerdo.

¿Entonces estás de acuerdo en todo lo que dije? , preguntó.

Sí, por supuesto, mañana te hago llegar un cheque. Y me levanté para pagar (la vieja cortesía varonil).

Caminé hasta el auto solo, aprovechando que ella había ido a despedirse. Escuché los graznidos de unos gansos detrás de mí, había una familia completa dándole de comer miguitas a los patos, la granja parecía estar funcionando. Cuando subí al auto giré la cabeza para darle un último vistazo a el lugar ¿una granja es esto?

Encendí el motor y la esperé, tardó, como siempre, en otro gesto de imponerse, como en aquel viejo vínculo, siempre es igual, nadie se salva de esto: en toda relación uno impone y el otro dispone. Por suerte ya hacía años que estaba fuera de eso. Solo quedaban vestigios.

Por fin subió y nos marchamos. Conduje más rápido que en la ida, y tenía mis oídos aún más sordos a sus comentarios. Comentarios irónicos hacia mi persona, Que yo siempre igual, que lamentaba mi actitud, no por ella sino por los chicos; mi distancia, mi falta de compromiso.

Aceleré aún más, y en unas de las curvas del camino de tierra el auto se fue de costado y pegué contra un badén de tierra, quedamos como incrustados. El capot quedó oculto bajo una nube de polvo que se metía por los ventiladores del aire. Se apagó el motor y tuve que esperar un rato para lograr arrancarlo. El calor ya era agobiante. Por fin arrancó, fui hacia atrás y giré despacio para retomar la huella, hice varios metros muy despacio.

Sentía una gran rabia contenida, saqué la cabeza por la ventanilla, escupí tierra y seguí sin pronunciar palabra alguna.

Deseé estar en casa. Tenía hambre también. Ella atacó de nuevo, hablaba en voz baja pero lo suficientemente intencionada como para que la escuche, criticaba mi forma de ser, mi actitud, hasta mis gustos. De pronto, un grito, agudo, y un golpe. Me asustó, se había abierto su puerta, o la abrió, no sé. Y salió despedida del auto…

¡Agarrame, pelotudo, agarrame! Había gritado antes de caer, dando vueltas. Apenas atiné a frenar cuando sentí como su mano había rasguñado mi brazo derecho lastimándome en un último intento de aferrarse a algo.

La tierra que levantó el auto impidió que pueda verla, tuve miedo de haberla pisado con las ruedas, creí que no. ¡Cómo es posible! No se había puesto el cinturón, por suerte yo iba a poca velocidad. Fue todo muy rápido.

Cuando se disipó la nube de polvo pude verla, estaba como a veinte metros atrás sentada y llorando, golpeando sus puños de rabia contra el suelo seco y desgranado.

Me quedé mirándola por el espejo retrovisor para comprobar que no se había lastimado. Se levantó llorando y se sacudía el polvo. Respiré algo aliviado. Comenzó a caminar hacia el auto. Pensé todo lo que vendría, más reclamos, gritos, llantos, amenazas… pero no lo pensé mucho más. Cerré la puerta del acompañante, agarré su cartera, se la tiré por la ventana y aceleré.

Avancé mirándola por el espejo, rengueaba y no me dio ninguna lástima, aceleré aún más, la imagen se llenó de polvo y por fin la perdí.

Seguí despacio todo el camino de tierra, me encendí un cigarrillo y lo terminé. Cuando subí a la autopista me relajó pensar que algún campesino se apiadaría de ella y la acercaría a la ciudad. Tengo que poder con la culpa, me dije y sonreí solo como un loco.

Bajé las ventanillas para tomar aire limpio, sentir el viento. Pensé en llamar a los chicos, pero decidí hacerlo más tarde y más calmo. Era muy poco probable que ella les contara.

Encendí otro cigarrillo. Ya sentía una cierta paz, sabiendo que estaba haciendo las cosas bien.

Es muy probable que les cuenten que los acontecimientos fueron de otro modo, escuchar por ahí intención de femicidio y todo eso. Solo fue un accidente y no hubo abandono de persona. Los hechos hablan por sí solos.

Es muy probable que intenten llamarme, a lo sumo será otra acusación más en mi contra. Simplemente seguiré como hasta ahora, sin atender el teléfono. No permitiré que nadie me saque de esta paz que he logrado.

Seguiré mirando el cielo, contando nubes y regando mis plantas.

Todo lo demás y lo que digan es puro cuento.

                                                                                                                                               

Leonardo Beneyte Giner. Arquitecto y escritor. Nacido en Bahía Blanca, el 16/03/65.

Estudié con el escritor y formador de escritores el marplatense Daniel Boggio, en talleres literarios en los que asistí a lo largo de cinco años en la biblioteca de las Naciones Unidas en la década de los noventa en Mar del Plata. Boggio maestro de escritores como: Miguel Hoyuelos, Mauro De Ángelis Ignancia Sansi, Fernando Del Rio, Aly Corrado Mélin, Santiago Fioriti y tantos otros. A él, si algo aprendí del escribir, le debo las herramientas y amor para hacerlo. A él, a Abelardo Castillo y Raymon Carver.

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