a contrapelo / martín kohan

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Como funcionario público que es, el señor Miguel ha de haber tomado sin dudas el curso respectivo, ya que reviste en tales casos un carácter obligatorio. Es decir que seguramente sabe que, en caso de que la señora Bullrich se resuelva a concretar las intenciones que le manifestó el otro día (a saber: romperle la cara), él no podrá (es decir, no deberá; es decir, no debería) responderle de igual grado, establecer un intercambio con ella. No puede, no debe, y lo sabe: tomó un curso dedicado a este tema, en tanto que funcionario que es. De manera que, si acaso la señora Bullrich decidiera pasar del dicho al hecho (pasaje improbable, pero no imposible; ya que el dicho anunciaba un hecho), el señor Miguel no podrá ni deberá replicar, tendrá que atenerse rigurosamente a maniobras puramente defensivas, las que le indiquen los puros reflejos, las que respondan a un estricto instinto de conservación. Eso y nada más que eso: ni empujones ni manotazos ni intentos de sujeción. Defenderse y nada más, y acaso ni siquiera eso. Dejar que le rompan la cara con tal de que esa rotura ayude a evitar la ruptura. Tres moretones, dos dientes menos, un ojo en compota, un tabique hundido: poca cosa frente a la unidad que precisa la República.

            Pienso ahora en Nicolino Locche y el arte sublime del esquive perpetuo, el talento consumado para no dejarse tocar. Pienso ahora en lo que a veces hacía Muhammad Alí: recostarse contra las cuerdas, colocar los antebrazos en bloque y soportar tieso e incólume la andanada que se descargaba sobre él. Hay casos de boxeadores que ofrecen resueltamente la cara, la adelantan desguarnecida para dejarse pegar y demostrar que esos golpes no les duelen. No sé cuál de estos recursos podrían quedar al alcance del señor Miguel, sin que suponga una desautorización de la presidente de su partido. Acaso puedan responderlo quienes conocen los estatutos correspondientes.

            La de la violencia de género es una realidad terrible y son terribles las consecuencias que ocasiona a las mujeres que la sufren. Podría pensarse que es por eso, precisamente por eso, que conviene revisarla también a contrapelo. El recorrido a contrapelo puede ayudar a, como se dice, deconstruir ciertos estereotipos que sostienen esa violencia. Pienso por caso en lo que declaró Lilita Carrió: que “Patricia tiene a veces actitudes masculinas”.


Martín Kohan, escritor.

Anda dando vuelta tanto gil que se publicita escritor. Y Martín Kohan, tres libros de ensayo, tres de cuentos, diez novelas dice que en un sentido estricto nunca descubrió haberlo sido. Que su relación siempre fue con el escribir y no con el ser escritor, que para él eso nunca representó una ambición o un deseo.

Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires. Enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia. Cree que por haber elegido la literatura resignó un aprendizaje, integración, sociabilidad, disfrutes compartidos. Al estar tanto tiempo solo, leyendo o escribiendo, dejó que discretos pasaran por un costado.

Entre sus tantos libros se encuentran El informe, Los cautivos, Dos veces junio, Ciencias morales, Bahía Blanca y el último, de cuentos, Cuerpo a tierra.

En la infancia tuvo una perra: Yenny. En la adultez, un gato: Dumas. Kohan prefiere la ropa de Adidas, es fanático de Boca como su hijo Agustín y al acostarse, antes de quedarse dormido, implora que no lo atraviese el insomnio.



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