AMISTAD DESEADA

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En aquellos tiempos

Recuerdo que siendo piba, en mi casa no se hablaba de sexualidad. Como mujer, crecí escuchando la premisa de que para tener relaciones sexuales debía tener un novio e inmediatamente eso tornaba la situación segura. Si quería coger con un extraño era una desubicada, entre otras cosas, mejor que nadie se enterara. En el colegio no me enseñaron educación sexual, nadie hablaba sobre eso, era un tema tabú. Toda experiencia o conocimiento era producto de investigación propia, o colectiva entre amigas. Ningún experto o experta nos proporcionó información de primera mano. Lo único que sabíamos era que el acto sexual comenzaba cuando el pene ingresaba a la vagina y se daba la penetración. ¿Pero antes? ¿Y después? 

Hace diez años, no existía el desborde de información y acceso a la misma que hoy se puede ver. Era complicado encontrar conferencias subidas a la red, o charlas de alguien que transmitiera conocimientos claros. En fin, si nadie se sentaba a explicarte qué hacer y cómo hacerlo de forma segura, la situación quedaba librada a la imaginación de cada une, ensayo y error.

Inevitablemente –tal como sucede hoy– se visualizaba una catarata de representaciones sociales actuando, representaciones que el imaginario colectivo reproducía y de tal modo nos relacionábamos a partir de esos “decires” que circulaban. Peligroso. Como no había una figura de referencia que nos guiara en materia de sexualidad, tomábamos estos preconceptos que circulaban y nos valíamos de ellos. Tiempo después iríamos construyendo poco a poco y en colectividad nuestro propio bagaje de información. Sin embargo, hubiera sido sumamente importante contar en aquellos momentos con los conocimientos pertinentes a la sexualidad, término pensado en su más amplia extensión. Poseer estos saberes nos hubiera permitido movernos con más libertad y responsabilidad.

No saber con exactitud cómo y cuándo cuidarse en el acto sexual, vergüenza de pedir en tu casa que te lleven a la ginecóloga, no acceder al consumo de pastillas anticonceptivas, dudas al colocar el preservativo, miedo a quedar embarazada, ¿qué es el aborto? Todo experimentado bajo un velo que oscurecía esa situación que supuestamente debía ser disfrutada.

Diez años después

Yo no aborté, pero me podría haber tocado. Sin embargo, lo viví de cerca, muy desde adentro.  No es necesario ingerir una misma la pastilla abortiva para sentir el pánico y la angustia de no saber qué puede ocurrir. 

Un día llega un mensaje al grupo de Whatsapp: “Chicas, tenemos que vernos, les tengo que contar algo”. Inmediatamente pensé mil cosas, entre ellas que mi amiga estaba embarazada. ¿Sería algo bueno, algo malo, estaba efectivamente embarazada o le sucedía otra cosa?   

Programamos un encuentro lo antes posible. Llegué a su casa, ansiosa y con cierto temor a saber qué estaba pasando y qué nos iba a contar. Rápidamente arribaron dos amigas más. Entramos. Todavía faltaba la última de nosotras. Mientras la esperábamos tomamos unos mates, tratando de hablar de otras cosas que a ninguna nos importaban. Podía sentirnos a todas un poco alteradas e impacientes. 

Finalmente llegó la última. Las sonrisas simuladas dejaban entrever el nerviosismo que nos invadía. Sin más rodeos una de nosotras preguntó lo que todas queríamos saber. La respuesta de nuestra amiga fue: “Sí,  estoy embarazada”. 

No sabíamos si debíamos alegrarnos o preocuparnos. Nos mirábamos e  intentábamos leer nuestros pensamientos. Le preguntamos qué pensaba, qué quería hacer. Por  suerte una de nosotras le preguntó si deseaba seguir con el embarazo. Con una ferviente militancia por el aborto legal, casi no dábamos lugar a pensar en otra cosa que el aborto. Pero podía ocurrir que  nuestra amiga quisiera ser madre, la teníamos que escuchar. 

Nos dijo que no quería seguir con ese embarazo. Notamos cierta dificultad al decir esas palabras, se tocaba la panza, reía con nerviosismo. Claro, no estamos preparadas para, de pronto, tener que tomar un día semejante decisión, es algo que nos impacta y nos somete. Le remarcamos esa posibilidad que tenía –de elegir–, le aseguramos que lo que ella decidiera iba a estar bien y la íbamos a acompañar. Nuestra amiga reafirmó que no era su deseo ni tenía planificado ser madre en ese momento. Su vida giraba en torno a otros proyectos y la noticia del embarazo había sido un balde de agua fría.

Nos contó que la ecografista la había felicitado por el embarazo sin siquiera preguntarle cómo o cuál era su situación, si lo deseaba o si lo podía tener. En ese momento supo que no iba a ser un camino sin obstáculos el que había elegido. 

Nos angustiamos mucho cuando supimos que había atravesado esa instancia sola, donde la profesional no tuvo un contacto sensible, al no respetar su derecho a decidir qué hacer. Por el contrario, le estaba  diciendo lo que debía hacer, le estaba marcando el camino que ella consideraba correcto, prescindiendo en todo momento del deseo de la mujer que tenía enfrente. 

Fue por eso que le pedimos que a partir de ese momento nos dejara acompañarla en todo, no queríamos que se vean vulnerados sus derechos nuevamente ni que ninguna  otra persona, profesional o no, la juzgara por las decisiones que tomara. 

Personalmente me preocupaba que mi amiga se sintiera sola,  trataba de hablar con ella y preguntarle todo el tiempo cómo estaba, a la vez sentía miedo de  invadirla estándole tanto encima. Pero prefería invadirla antes que dejarla sola.  

Comenzamos a vivir en carne propia aquello que tanto habíamos leído en las noticias, centenares de casos de mujeres que no desean continuar el embarazo. La condena social era y sigue siendo muy fuerte. Teníamos  miedo a la clandestinidad. Agradecíamos estar en la ciudad de Rosario, en donde existe la ILE (Interrupción Legal del Embarazo). Aun así teníamos dudas de caer en las manos equivocadas y que todo concluyera de manera catastrófica. Más allá de que existiera un dispositivo que asegurara abortos seguros, la mirada y el accionar como objetores de  conciencia de muchos profesionales eran una realidad. 

Con la suerte de nuestro lado, nos encontramos con profesionales que nos ayudaron mucho. 

Debíamos aguardar a la semana siete de embarazo, ese era el momento efectivo para tomar las pastillas y no correr riesgos de que el aborto no ocurriera.  Más o menos en esos días, la acompañamos a que se realizara la ecografía para  corroborar que estaba en fecha. Ingresamos a la clínica y fuimos directo a la sala de espera. Cuando dijeron su su apellido, entramos las tres al consultorio, como una familia  moderna. Le confirmaron que era el momento. 

Salimos de esa habitación bastante conmocionadas, aunque tranquilas de estar juntas. Fuimos  a buscar las bicicletas que habíamos dejado atadas afuera y coordinamos para vernos nuevamente. 

Así fue que llegó el día en que “lo íbamos a hacer”. Me brota hablar en plural ya que estábamos muy implicadas. Lo que era responsabilidad de una se convirtió en una  responsabilidad colectiva, cada una de nosotras asumió ese lugar y quiso hacerlo. No existía otra  posibilidad, queríamos acompañar a nuestra amiga y que ella sintiera realmente nuestro sostén. 

Ese día nos juntamos en una casa y mi amiga llegó con las pastillas. La médica le había explicado detenidamente cómo abrirlas ya que la pastilla abortiva estaba dentro de otra pastilla más grande. A pesar de que la interrupción del embarazo no era ilegal en la ciudad, esto no implicaba que el acceso fuera una  tarea sencilla –ni gratuita–. De esta forma, la píldora abortiva se encontraba camuflada. Poco a poco fuimos desarmándolas y con mucho cuidado las dejamos apartadas. 

Ninguna sabía todavía a lo que nos enfrentábamos. Nos reunimos a las cinco de la  tarde y merendamos mates con facturas. Decidimos que a las siete arrancaríamos con la primera  tanda. Eran tres tandas de tres pastillas, nueve en total. Todo debía realizarse como le habían  indicado, no podía pasarse de hora, o tomar menos pastillas. Y fue así como comenzó. Tomó las primeras tres. Debía esperar tres horas para ingerir las siguientes. Éramos tres acompañándola. 

Al ingerir la primera tanda ocurrió el primer imprevisto. Tenía que dejar las pastillas debajo de su lengua y esperar que sean absorbidas, pero a los dos minutos las había tragado por completo cuando debía retenerlas por lo menos diez minutos. Entramos en pánico porque pensamos que no iban a hacer efecto. Llamamos a la  médica y le contamos lo sucedido. Dijo que nos tranquilizáramos, nada estaba perdido aún, debíamos asegurarnos que las dosis restantes las ingiriera de la manera correcta. 

En medio de todo comimos, una amiga reemplazó a otra, no sucedía nada aún y negábamos un poco el trasfondo de la situación. 

La segunda dosis comenzó a hacer el efecto propio del aborto. Dolores abdominales, temblores, presión baja, pérdidas de sangre. Claro que esto depende del umbral de dolor de quién lo vive, pero de por sí es un proceso doloroso. Nuestra amiga, muy  sensible al dolor, comenzó a sentir fuertes puntadas abdominales. Tratábamos de calmarla, le  hablábamos, intentábamos hacerles masajes. El mismo dolor y el miedo le dieron temblores y taquicardia.  

Fue allí cuando comenzó a tener náuseas. Hicimos como pudimos para que no vomitara, pero  fue más fuerte que ella. Pensamos que había eliminado todo el fármaco de su organismo y  nuevamente temíamos que el aborto no se realizara.  

Nuestra amiga se paraba, se acostaba, se arrodillaba junto a la cama. La  acompañábamos por miedo a que se desmayara. Sentada en el piso del baño, una de las chicas la sostenía por la  espalda, se abrazaban y lloraban. En la puerta del baño con mi otra amiga, tomadas de la mano, aguantábamos el llanto, temblando. Ya no teníamos miedo por su integridad física, sino que nos angustiaba mucho verla sufrir, en ese estado  tan frágil. El caos duró aproximadamente cuarenta minutos.  

Transcurrido ese tiempo los dolores comenzaron a disminuir progresivamente y a todas nos volvía el alma al cuerpo. Pero faltaba la tercera y última fase. Alertadas  por la médica de que esta se debía completar para que el aborto se efectuara, y con la tranquilidad de que según sus palabras lo peor ya había pasado, mi amiga  finalizó con lo que había empezado, siendo la una de la mañana. 

Paréntesis: ¿y las empanadas? Casi se nos queman, claramente nos olvidamos de su  existencia. ¡Qué ocurrencia ponernos a hacer empanadas! Insólito. Después cuando todo se  calmó las comimos y nos dimos cuenta que teníamos hambre. Mi amiga comió un poco de arroz con queso. 

Vuelvo. Luego de ese momento todas nos acostamos, pusimos la alarma a las cuatro de la  mañana, para corroborar que todo esté bien. Nos costó conciliar  el sueño, pero finalmente todas pudimos descansar un poco, incluso nuestra amiga. Si se levantaba al baño, enseguida le preguntábamos si estaba bien, estábamos atentas a cualquier ruido. Ella respondía que todo estaba bien y nos volvíamos a dormir. 

Esa mañana nos levantamos temprano. Desayunamos, hablamos de lo sucedido. Nos reímos un poco de algunas cosas, nos preocupamos por otras. Pero estábamos tranquilas de que nuestra amiga estuviera entera, ya tenía otro semblante y se la veía más animada.  Recordamos los momentos dramáticos, sucedidos apenas unas horas atrás. Parecía increíble,  pensábamos qué habrían dicho los vecinos cuando nuestra amiga gritaba del dolor,  imaginábamos cosas. 

Luego de ese día fue necesario que se realizara controles, debía corroborar que tras el consumo de las pastillas abortivas y las pérdidas de sangre no quedaran restos del embarazo. Todo había salido bien y teníamos un gran alivio y una alegría inmensa. 

Resignificando

Pensábamos en todas aquellas mujeres –en todos los cuerpos gestantes– que deben pasar por situaciones similares, de embarazos no deseados, en soledad y clandestinidad. Ya sea porque no reciben apoyo de sus círculos cercanos o tienen miedo de pedirlo, o porque no encuentran personas capacitadas que las guíen en el proceso. Considerando que en el país el aborto como práctica aún no es legal, ni tampoco gratuito, muchas  personas quedan por fuera de las posibilidades de acceso. Entonces aparece en escena  el aborto clandestino que tantas muertes ocasiona. El silencio mata.

Hay que decir que de manera legal o clandestina, el aborto es una realidad. Una realidad que manifiesta la necesidad urgente de que abortar sea un derecho. Derecho a que todas  las mujeres podamos elegir, y con ello ser dueñas de nuestros  propios cuerpos y de nuestro porvenir. En esos instantes donde suceden hechos inesperados, tal como el embarazo de  nuestra amiga, resulta crucial tener un entorno que aloje y respete. 

Las mujeres día a día seguimos viviendo  la sexualidad invadidas de miedos, entre ellos, el embarazo. Cuando éste no se planea puede traer consigo una hecatombe inimaginable. El solo hecho de figurarlo ya nos perturba y nos rebasa de inseguridades a la hora de relacionarnos con un otre. Por ello nos sostenemos, como grupos, como familias, como colectivo. Tener una amiga, un amigue, que mitigue la soledad y las  angustias, nos lleva a pensar que sin otre al lado no podemos enfrentar situaciones de esta índole. La importancia de los vínculos cercanos nos lleva a agradecer tenernos. Nos informamos, debatimos, construimos salud junto a otres.

Sin embargo, es necesario y resulta imprescindible que contemos en el país con la existencia de una ley nacional que asegure llevar a cabo abortos de forma legal, segura y gratuita. Las  mujeres nos cansamos de temer, temerle a las reglas de la sociedad patriarcal y a un destino que  se nos presenta como ya escrito. Estamos más que nunca decididas a elegir y escribir cada una nuestro propio camino, despojado de cualquier atadura que nos limite y aprisione. 

Nos resistimos a movernos acorde a lo que el imaginario colectivo produce y reproduce. Existen representaciones vetustas que no encajan en las formas actuales de vincularse. Elegimos no asentir frente a los “decires” que circulan y cuestionarlos, tomando una posición activa, ante una realidad que no aceptamos como dada y concluida, sino que escogemos construir día a día, junto a otres.



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Melisa Benedetti. Nací en la Ciudad de Venado Tuerto, tengo 25 años. Hoy en día, llevo 7 años viviendo en la Ciudad de Rosario. Soy estudiante de Psicología, me quedan las últimas materias por rendir. Hace algunos años descubrí la escritura, como medio de expresión, como pasatiempo, como herramienta para transmitir cosas bellas. Me aventuro en el arte de dibujar con las palabras, en el camino encuentro sorpresas, obstáculos, miedos, pero lo que más predomina es la satisfacción y la emoción del proceso. Intento ser clara cuando escribo, a veces me enredo con mis pensamientos. La psicología me enseñó a enredarme, el Feminismo también. La vida compartida y con amor es mejor.

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Una respuesta

  1. Eugenia Argañaraz
    | Responder

    Por más amigas como vos Melisa!! Sentí cada palabra como un abrazo a tantas que han vivido abortos clandestinos solas. ¡Será ley!

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