amor propio / josé luis juresa

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AMOR PROPIO

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Confundido con lo que se llama “autoestima”, el “amor propio” no tiene nada que ver con una dinámica de la personalidad en la que “lo mío” funciona como el principio organizador de una liberación individual que se “reapropia” de algo que hasta ese momento había sido colonizado y arrebatado por un “otro” vampírico y desagradecido del que me había ocupado hasta el cansancio (sin obtener nada a cambio más que desgracias y lamentos). Vemos que la “autoestima” sube y baja como si fueran acciones en bolsa, también subiendo y bajando a conveniencia de la especulación. No hay amor allí más que la pura y dura realidad de la ganancia extraída del cuero ajeno, extraída del juego comunitario, expropiada del cuerpo libidinal. “Ahora soy yo”, autoafirmación que hace subir las acciones personales hasta que el globo se pincha – necesariamente – y se produce la corrida de regreso hacia el otro, ahora ya tan alejado y bloqueado por la lógica de la “autoestima” que pareciera haberse perdido detrás de un brumoso abismo imposible de sortear. Curiosamente, se trabaja en la autoestima como en la musculación de cuerpos para la seducción, la competencia, la rivalidad y el triunfo “personal”. El amor propio presentaría algunas diferencias al respecto, sobre todo en la concepción del cuerpo, lo mismo que para “el inconsciente”

La “autoestima” subraya en el término “auto” un ejercicio del “sí mismo” muy parecido al individuo que se “hace a sí mismo”, que no le debe nada a nadie, porque lo pone en esos términos: deuda y facturas a pagar y a pasar. Es un individuo construido para tener “todo claro” y rechazar las opacidades, reconocerse en una corporeidad especular (otra vez, la “especulación”), cognoscible, que se regodea en un dominio de sí mismo y de todo el campo del goce, subsumido por completo en el terreno del placer. En la autoestima todo está “a la vista”.

El “amor propio” ya tiene, en la palabra “amor”, el germen de lo inexplicable, lo cómico, el chiste, ya que del mismo modo en que el amor no se explica porque pierde la gracia, del mismo modo se lo vive como una suerte de afectación lejana de toda capacidad de control absoluto. Incluso se lo puede sufrir y padecer, pero no dejar de experimentar, e incluso de quererlo vivir. Es decir, no pretende establecer un campo de dominio sobre el cuerpo, sino que se lo experimenta o se lo vive en una dimensión desconocida, aún novedosa. El “amor propio” supone una opacidad que le es inherente. Es un cuerpo con oscuridades, zonas de no reflejo, ausentes de luz, es decir, no representables.

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Sigmund Freud inauguró – a mi entender – una nueva era en relación al pensamiento sobre el cuerpo, y lo hizo “aparecer” en medio de una cultura, la occidental, dominada por el auge del desarrollo capitalista, a fines del siglo 19. Esto significa que el cuerpo, como todo lo que debe homogeneizarse al funcionamiento fluido de una lógica determinada que tiende a ser imperativa y universalizante, es otro medio de producción al servicio de la propiedad. Por eso, el capitalismo coloca al cuerpo en función de la productividad. Debe producir incluso enfermedades, ya que estas también “tiran” del carro capitalista. Todo un sistema ligado a la aparición, desarrollo, tratamiento y curación de la enfermedad se mueve gracias a esa producción. El psicoanálisis lo coloca en términos de goce. Esa maquinaria tiene que ver con el modo en que el significante mortifica, parasita y hasta lesiona – traumatiza – el cuerpo, lo constituye según reglas de funcionamiento que se le imponen al sujeto desde su nacimiento. El cuerpo desaparece debajo de un cúmulo de imperativos que lo sujetan a una construcción que le arrebata cualquier particularidad o singularidad, que no lo separa, y que lo hace vivir una vida parasitada, en la incomodidad y el disloque de algo que le resulta ajeno, una suerte de exilio de fondo nostálgico e incluso melancólico, la sensación de una vida perdida en la futilidad de los deberes familiares, comunitarios, patrióticos, etc., es decir, una vida perdida en el trabajo de la consistencia del Otro. La lengua, como decantado cultural y comunitario, es el Otro

 Lo que Freud ubicó como “el inconsciente” tiene que ver con esa parasitación y ese exilio que le es inherente al sujeto. El amor de transferencia, el amor en general, admite ese exilio y en él se fundamenta. El deseo es inconsciente porque la lengua inaugura uno fundamental que el propio Freud entrevió con el sueño: dormir en la cuna de las representaciones y los arrullos de la luz y los sonidos. Pero también es un deseo mudo, oscuro y profundo de retorno desde la lengua, de retorno del exilio que ésta impone, ¿hacia dónde?

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Es aquí donde ingresa lo que el propio Freud trató de conceptualizar como “pulsión de muerte”, la cual es esencialmente una fuerza de retorno, pero no de lo reprimido, sino de retorno de la lengua hacia la nada, del exilio del sujeto (como efecto del significante) hacia un punto des-enlazado del otro, autista respecto del goce, inaccesible para la representación silencioso, mudo. Es el regreso de un objeto irrecuperable para la vida, pero no para la muerte. La pulsión de muerte nos desparasita del lenguaje que nos habla, y hablar como un muerto sería el modo en que el psicoanálisis nos propone desarrollar esa desparasitación, la cual no será absoluta, ya que debe mantenerse del lado de la vida. Por decirlo de otra manera, más sencilla, la lengua “nos habla” con múltiples voces que no nos sirven para armar una vida, sino solo para interferirla. El psicoanálisis iría del exilio del sujeto a la construcción de un borde, de una “periferia”. Exilio no remite a periferia, no es lo mismo, ya que podemos decir que en la periferia se está en casa: el cuerpo. El cuerpo se desarrolla respecto de un centro vacío que ni siquiera es centro de nada, sino más bien la circunscripción de un objeto vacío, lo cual no significa que allí no haya nada. Allí habitan las parcialidades con las que esa vida se “poetiza”.

O sea que la lengua nos exilia y el cuerpo nos retorna a la periferia en la que habita nuestra – en fin – existencia, nuestra vida, porque allí, en el cuerpo, el goce se hace vida. El inconsciente transferencial, el de la lengua y las representaciones, nos ponen a producir goce y acumularlo del mismo modo en que lo impone el capitalismo: anunciando grandes olas de destrucción que relancen su lógica de funcionamiento, saturada y descompensada por exceso de acumulación. El síntoma es eso, precisamente, zonas de acumulación de goce sin uso, cuando se entiende que el “uso” del goce es vivir. El acumulado se plasma en los objetos en los que decanta, sustitutos falsos del objeto que nos retornaría del exilio de la lengua y nos desparasitaría de ese inconsciente del cual Lacan se harta al final de su enseñanza. Y nos retornaría hacia una periferia que recupera y hace reaparecer el cuerpo libidinal, el cuerpo vivo, envoltura del objeto “nada”, o, mejor dicho, del vacío de representaciones, pero no de partículas y de particularidades. Ese objeto sobre el que se envuelve el cuerpo es particularidad pura, una singularidad al modo en que lo constituye un agujero negro, en el que las leyes de la física no funcionan, y no se está sujeto a ninguna ley. Es sin ley. Es psicosis.

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La psicosis, desde este psicoanálisis renovado y convertido en instrumento del sinthome (el sinthome no se descifra, solo ES, en cambio el síntoma es enigma, y cifra, habita plenamente en el Otro. El sinthome es autismo, vinculo del individuo consigo mismo, “amor propio”, eso con lo que el sujeto deja de serlo para solo ser sin pensamientos, el “alma” material del individuo hecho ser humano) es un horizonte más que una patología, una orientación, más que una desgracia irresoluble desde el punto de vista clínico. Si para Freud, la neurosis es la “normalidad”, a partir de Lacan, sobre todo desde la última parte de su obra, la psicosis habita en cada ser humano como un aspecto de su estructuración humana. En verdad, cada patología se detona solamente por una ruptura en determinado punto del nudo de registros de la realidad, o, mejor dicho, del sinthome, de aquello que resulta no interpretable. ¿No es acaso precisamente lo que la psicosis siempre resultó siendo – con mucho susto – para cierto psicoanálisis de academia? Es lo no interpretable por excelencia.

Yo entonces diría, lejos, muy lejos de toda infatuación yoica al estilo del coucheo relacional o la autoarenga “new age”, y de la llamada “autoestima”, que el amor propio es exactamente eso: lo ininterpretable por excelencia, ese quantum de libido que Freud colocaba en el ego como afirmación de sí, necesario para la vida. El amor es no interpretable, involucra al cuerpo como algo que solo se “tiene” (no que se “posee”) como quien dice “tengo un alma”. Podríamos decir que en el núcleo de todo amor transferencial está recubierto este “amor propio” al que un análisis debe tocar como si se tocase la piedra mágica de nuestra existencia, después de su rehallazgo, por consecuencia de un extenso despeje y desmalezamiento del terreno “subjetivo” en el que el Otro es el poseedor de la cifra de su localización. El síntoma se expresa en el campo del Otro como cifra, y solo allí hay interpretación, siempre al filo y con la orientación de esta “kriptonita” con la que cada individuo puede sentir su propia vida como real.

EL amor, si es transferencial, no es “propio”, pero no es sin ese núcleo, esa “roca viva” que involucra al cuerpo en su singularidad, en su carácter de “reaparecido” o de “aparecido” – mejor – y la operatoria analítica se vale de lo transferencial solo para retornar a ese núcleo indescifrable, el del amor propio que no es más que la envoltura del cuerpo, la membrana (o protección) anti estimulo que nos deja “vivos para vivir” y no solo para respirar, es decir, no solo “funcionalmente” vivos.

El llamado “amor propio” que – como dijimos – no debe confundirse con la “autoestima”, es equivalente al sentimiento de tener un cuerpo, es decir, no es más que el “sentimiento” de recorrer el borde o la superficie que Freud situó en relación a la pulsión y su satisfacción. Por ende, el llamado “amor propio” es el umbral a partir del que la existencia viva de lo viviente, de la “vida viva”, puede correr peligro. Y es la perfecta afinación del deseo. “Tener un cuerpo” es un sentimiento sin cualidad que no es de órgano, es decir, no se da en la pesadez de la organicidad con la que se siente que se arrastra con la desventura biológica, como si se debiera cargar con la naturaleza a cuestas. La vida humana solo acontece despojada de tal pesadez y de las disfunciones del bios. A tal punto que alguien puede desear morir por eso, cuando siente que pesa con la presencia muda de la organicidad. Esa es la verdadera psicosis que Freud ubicó como “lenguaje de órgano”. Es entonces un borde extraño el que propicia un análisis, lleva del amor de transferencia al amor propio, una suerte de dignidad que podría homologarse a lo que Lacan nombró como “elevar el objeto a la dignidad de la Cosa”. Es el destino de la pulsión denominado: sublimación.

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El amor “propio” tiene, entonces, una directa relación con el “reconocimiento” del cuerpo, en el sentido del tener, un “tener”, sin pensarse, tal como no se piensa en que tenemos un corazón mientras este funciona: está incorporado a nuestro ser. La parasitación del lenguaje nos hace pensar y trabajar el pensar como una molestia sin cuerpo, siendo gozados por el Otro que pretende consistencia y se “preocupa” por el porvenir de esa ilusión. Trabajamos para taparle los agujeros los cuáles son nuestros propios agujeros, proyectados para poder pensarlos, dominarlos, objetos de control. Así sumamos y sumamos acciones y objetos de “relleno” con el fin de que esa consistencia “no decaiga”, y a su vez resulta fallida, retornándonos al cuerpo que no piensa, y solo lo afecta la angustia, en la medida en que no hay más que nada que lo tapone (sus agujeros).

Vamos entonces del amor de transferencia al amor propio, del inconsciente transferencial al inconsciente Real al que la pulsión de muerte nos devuelve en su límite: unos signos dispersos embutidos en la organicidad, con capacidad asociativa y de enlace, capacidad “transferencial” para “desembutirse” de la organicidad sin perder su relación a la carne, punto límite del “a-pensamiento”. No es por nada que Lacan elige la letra “a” para situar ese objeto que es nada y al que le sigue el pensamiento que habla y habla de ese signo del cuerpo desde el que arranca sin poderse desatar. Lacan lo escribe en la relación entre S1 y S2, entre los significantes-amo, la marca y el saber.

El sinthome se “afina” en ese límite, y tal como el corazón es la “bomba” de la organicidad y su funcionamiento, el sinthome, del mismo modo en que no se lo “piensa” todo el tiempo y funciona y nos sostiene “siendo”, el sinthome hace lo mismo con nuestro “espíritu”, un espíritu ligado radicalmente al cuerpo y a su economía libidinal. Horizonte de sucesos de la realidad del sujeto más allá del cual está “lo negro” de su agujero, la muerte, o, mejor dicho, la descomposición, que al fin y al cabo lo es, en sus elementos primordiales.

Un análisis se dirige hacia esa zona límite, la forma singular, la más ligada a la singularidad del origen, horizonte de sucesos de la realidad representacional- nuestro punto inicial del “big bang” de nuestra vida – porque en esa zona límite se produce esa “afinación” del sinthome: ya no es la “cifra” que se anuda en el síntoma, completamente alejada de esa zona límite, alojada plenamente en los enredos del Otro con el que el individuo se confunde, se pierde, no sabe qué hacer. Aquí, en el sinthome, no hay más allá posible, es la distancia óptima entre esa nada y el ser en el que hay existencia, en la medida en que la existencia es lo que se pierde en la masa del sentido común, en la consistencia del Otro, en los vericuetos y las vueltas con las que nos creemos destinados a algo, o las suposiciones acerca de lo que se espera de nosotros. No hay transferencia ni amor transferencial, porque en ese límite, allí, en ese punto, es el “amor propio” – muy lejos del individualismo y de la bella indiferencia – el que rige, ya sin nada que suponer.


Jose Luis Juresa, (1964), psicoanalista y escritor, fue miembro de Analytica Buenos Aires y de la Escuela Abierta de Psicoanálisis. Actualmente miembro fundador de EPC (Espacio de Psicoanalisis Contemporáneo) y Co-director del espacio de publicación “Psicoanálisis:zona franca – junto a la Lic. Alexandra Kohan – Publicó Psicoanálisis, los nuevos signos. La escritura hablante como don del lenguaje. Ed. Atuel 2009. Ganador del Premio Lucien Freud de ensayo psicoanalítico, con su trabajo: ¿Un pase? Clarice Lispector y la Historia de una Transformación, 2013. Recibió menciones especiales del mismo premio en los años 2008 y 2011 con los trabajos “Psicoanalisis:los nuevos signos” y “Mas allá del Individuo”.  



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