COMPLACER O CON PLACER

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En el marco de la celebración que el 8 de agosto de cada año se da por el día mundial del orgasmo femenino leí una nota que se titulaba: “Según una encuesta realizada por la Sociedad Argentina sobre Sexualidad Humana el 20% de la población femenina rara vez alcanza un orgasmo en Argentina”, lo que constituye un dato para nada menor y síntoma de una problemática muy compleja y abarcativa. 

Que 2 de cada 10 mujeres rara vez tengan un orgasmo, o que algunas mujeres directamente jamás hayan tenido uno, aunque hayan tenido numerosos encuentros sexuales, es resultado de numerosísimas variables. Creo que el disfrute en nuestra vida es algo que ha sido históricamente relegado, en pos de complacer, en pos de la crianza de lxs hijxs, en pos de la censura y la represión católica, los mandatos patriarcales y el sistema capitalista. 

Desde muy pequeñas hemos sido educadas para callar, parir, complacer, soportar y contemplar el placer ajeno a templanzas de construir el propio. 

No puedo evitar pensar en las infinitas charlas con mis amigas al respecto, la cantidad de encuentros sexuales donde el placer propio ha sido pasivizado en pos de complacer a otro, en cómo el orgasmo masculino ha gozado históricamente de un lugar central y legitimante del encuentro sexual, la falta de una educación sexual que aborde la problemática del derecho al goce.

La educación sexual que recibí por haber asistido a un colegio católico fue puramente biologicista y reproductiva. A través de representaciones en powerpoint y algún que otro video donde se representaba al cuerpo humano —femenino y masculino como las únicas realidades biológicas posibles— recuerdo haber aprendido en la misma materia sobre la reproducción de las plantas, los anfibios y seres humanos, dejando afuera cuestiones fundamentales como el consentimiento, el cuidado del propio cuerpo, el respeto por el cuerpo ajeno y el lugar del goce y el placer femenino en la sexualidad.

Nada de esto es ingenuo ni accidental en un mundo donde el patriarcado nos oprime a través de la culpa, la censura y la violencia. Se torna fundamental entonces sacudir la culpa, quitarnos el bozal, hablar de sexualidad, de orgasmos y llenarnos la boca de preguntas, nunca más solas sino en colectivo y organizadas, porque el feminismo como fuerza de transformación social es eso, una invitación a repensarlo y cuestionarlo todo, y en ese todo, la sexualidad es una trinchera vital para la liberación.   

La sexualidad femenina no está al margen de las relaciones de poder y una buena forma de quitar poder es pasivizar y apuntar al goce ajeno; en virtud de esto el patriarcado, el capitalismo y la religión han jugado sus cartas para construir lo que significa la sexualidad a sus propios fines. Es así que la sexualidad opera como una dinámica más de sometimiento por medio de la cual la dominación masculina erotiza y con ello define el rol del hombre y la mujer en los encuentros sexuales, otorgando primordial importancia al orgasmo masculino, anulando nuestro goce e incluso reduciendo el encuentro con otrx a este único fin. A todas nos pasó alguna vez, de fingir, de callar, de sentir que todo encuentro sexual gira en torno a complacer a otro y el orgasmo es la única meta a alcanzar, siendo utilizado como variable para definir si un encuentro sexual fue satisfactorio o no.

Así como nuestro cuerpo no es un objeto de placer, el orgasmo no es un premio que tenemos que ganarnos, ambos deben ser entendidos como territorios de disputa política y cultural en pos de la emancipación de aquellos arcaicos preceptos patriarcales que aún operan sobre el disfrute femenino. Acá se torna fundamental la lógica de reapropiación del goce, visibilizando qué lugar ocupa en nuestra vida, qué tiempo dedicamos a conocer nuestro cuerpo, dejar que el deseo se exprese, habilitar espacios para que las fantasías recuperen terreno, preguntarnos cuánto tiempo al día dedicamos al disfrute, entendiendo el derecho al goce como un asunto de salud pública y un elemento fundamental para la liberación femenina, no sólo el placer sexual, claro está, pero por sobre todo el placer sexual. Y creo que para esto se torna fundamental profanar todo aquello que siempre se nos ha presentado como improfanable.

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