
Confesiones incómodas y alguna que otra lección
La Susana me mira con gesto de tierna incredulidad. Le cuesta entender cómo fue que hice eso y yo entro en pánico. Me dijo que tire los sobrecitos de mate cocido en la enorme olla con leche que calienta sobre el mechero y, acto seguido, por motu proprio, agarro un batidor gigante, como los que se usan para hacer merengue, pero gigante (no sé por qué Susana tiene un batidor gigante), y revuelvo con fuerza, como quien revuelve un guiso de arroz. Los sobrecitos, lógicamente, se abren y se esparce su contenido; la leche, de impoluto color blanco, adquiere de repente un tono granizado gris. Tenemos que tirar todo a la mierda, pienso. Tirar leche de un merendero, no existe pecado peor. Las situaciones incómodas me ruborizan (casi tanto como la exposición pública); el color rojo, que sube por mi cuello hasta mis pómulos pálidos, cambia mi fisonomía tan rápida y abruptamente que no puedo ocultarlo. ¡Qué vergüenza, qué boludo! Las chicas del comedor, en actitud cómplice, se miran entre ellas y se ríen. Saben que existe solución, pero tardan en decírmela, disfrutan con mi sufrimiento.
―¿Y ahora? ¿Qué hacemos?
Con una media cancán usada como filtro colamos la leche y sanseacabó. No era terminal la situación. Mis pómulos recuperan lentamente su pálido tono, que desciende hacia el cuello. La merienda se reparte como Dios manda.
Pasados algunos años ya, cada tanto el recuerdo emerge y me cargan.
Lección 1: cuando se hace mate cocido en leche, nunca remover los saquitos (mucho menos con batidor).
***
Hay que recaudar fondos. Frecuentemente en los comedores hay que juntar guita por algo: para comprar algún bártulo de cocina (ollas, utensilios, anafes), para hacer algún arreglo edilicio, para pintar puertas, paredes, etc., etc. Puede ser muy amplio y diverso el destino de los fondos a recaudar. Un compañero no tiene mejor idea que proponer una venta de canelones. El trabajo es desmedido en relación con los frutos que se obtienen. Siempre es así. El equipo de compañeras del comedor lo sabe, refunfuñan, pero lo aceptan; no quieren bajar el entusiasmo del compañero. En definitiva, somos muchas manos y podemos dividir el trabajo.
Relleno, panqueques y salsa; mucho relleno, pilas de panqueques, litros de salsa. Yo hago mi parte en mi casa. Mi vieja, eximia canelonera, me pasa su receta: leche, harina, huevos, sal, manteca.
Toda una tarde de trabajo; el desorden de mi cocina parece el de un restaurante. Llego al comedor con el plato de panqueques apilados (envuelto en una bolsa, claro, para conservar su humedad y evitar contaminaciones), feliz por el deber cumplido; el esfuerzo tenía, según mi criterio, su premio. Pero mi criterio no suele ser un buen criterio. El aporte de 23 panqueques (eran 24 pero el primero siempre se rompe, es ley universal), a las pilas y pilas de panqueques con que me encuentro, es inexistente: un granito de arena en el desierto. Otra vez las burlas, otra vez muy merecidas.
―Dante, ¿cómo hiciste los panqueques? ―me curiosea la Susi.
―Con harina, leche, huevos… todo lo que llevan los panqueques.
¡Qué inocente inexperto!
―Hacelos con agua la próxima vez, es más barato y rinde más.
Lección 2: los panqueques de canelones para vender, para recaudar fondos, se hacen con agua, no con leche; salen muy ricos también.
Lección 2 bis: para recaudar fondos, nunca jamás hacer canelones. Y si a algún compañero entusiasta se le ocurre semejante idea, no sentir culpa de bajarle el entusiasmo de un hondazo.
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El trabajo previo suele ser el más arduo: picar cebollas, cortar las zanahorias, pelar y cortar las papas, trozar el pollo, etc. Ese guiso pintaba de lujo, llevaba zapallos cabutia. Cortar en trozos pequeños un cabutia con un cuchillo de serruchito, el comunardo, el que se usa para comer, no es tan fácil como a priori puede parecer. En el patio, Ani y yo armamos nuestra mesa de trabajo. Casi de inmediato nos damos cuenta de que va a ser una dura batalla; cada uno mira cómo reniega el otro… y eso nos divierte. Cuando llega Vivi, se apiada de nosotros y se suma a la tarea. Bah, no sé si tanto por piedad (es bastante guacha la Vivi), como porque nota que quizás no lleguemos a tiempo para tirar los cabutias trozados a la olla; cada ingrediente tiene un momento de entrada al fuego que se debe respetar. Al cabo de un rato, mientras Ani y yo seguimos batallando con nuestro primer cabutia, Vivi, que llegó considerablemente después, va terminando su segundo.
Lección 3: No hay lección tres… Perdón, sí, hay una, aunque más que lección es consejo: si aparece una ampolla en la palma de la mano (como me pasó a mí en esa lucha desigual con un vanidoso zapallo cabutia) nos la bancamos y escondemos, porque puede haber Vivis, Daianas y Marielas que se burlen de uno por ello.
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Situación inverosímil: un vecino de Villa Fiorito llama por teléfono a Benegas Lynch para quejarse de los comedores comunitarios de su barrio:
―Bertie, no sabés lo que es esto, se afanan la comida de los comedores.
Un vecino de Villa Fiorito tiene línea directa con un Benegas Lynch; no solo línea directa, sino la suficiente confianza como para llamarlo Bertie. Y Bertie Benegas Lynch cuenta esto en una entrevista radial y no se ruboriza (como me ruborizo yo en situaciones incómodas, como por ejemplo cuando tengo que mentir); miente descaradamente, trata de estúpidos a todos los oyentes que él piensa que van (vamos) a creer que un vecino de Villa Fiorito tiene línea directa con un Benegas Lynch, y no le tiembla la voz.
Este tipo, miembro conspicuo de la clase parasitaria por excelencia de nuestro país, que seguramente (y voy a pecar de prejuicioso) jamás tomó mate cocido, el alimento de los pobres, y mucho menos lo habrá cocinado en una olla de 20 litros; un tipo al que nunca en su vida le habrá salido una ampolla en la mano, al menos no por laburar; un tipo que jamás debe haber pisado un comedor comunitario y dudo que haya pisado una calle de tierra que no sea la de sus hectáreas de campo, justifica el corte de entrega de alimentos por parte del Gobierno nacional alegando que un vecino de Villa Fiorito, que tiene línea directa con él y lo llama Bertie, le dice que en los comedores se roban la comida.
Lección 4: Nunca, jamás volver a votar como representante del pueblo a un patrón de estancia de doble apellido.
Desechar las lecciones anteriores; esta es la que cuenta, la verdaderamente importante. La que va en serio.

Dante Robba. Rosario, 1984.
Militante de Ciudad Futura. Hasta 2022 trabajó en supermercados. En 2021 publicó un libro titulado «Un Repositor que Escribe», que no sólo es un compendio de historias y experiencias reales, sino un análisis desde adentro y en profundidad sobre el funcionamiento de las grandes cadenas de comercialización (locales y extranjeras).

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Una respuesta
Ana
Gracias por el relato tan corto como preciso.Un gusto leerlo