CRÓNICA DE LOS CONFINES III

con 2 comentarios

La banda sonora de esta parte de mi vida 

Si la estructura de la sociedad carcelaria reproduce la de la sociedad exterior, al Pabellón Tercero de la entonces Cárcel de Contraventores de Villa Devoto le había tocado ser ni más ni menos que una villa. Pero una villa de las de antes, de cuando se las denominaba como lo que son: villa miseria.

Un lugar en donde el hacinamiento, la promiscuidad, el abandono, producto de la intensa política de encarcelamiento indiscriminado ordenada por la Dictadura que hacía de estos lugares meros depósitos de aquellos a los que la norma vigente consideraba excluidos del sistema.

La vista hacia el interior nos había dejado inmovilizados frente a la reja de entrada al Pabellón. En un rectángulo de unos 12 metros de ancho por más o menos 30 de largo –previsto para 80 personas–, se amontonaban  (lo supimos después) más  de 170. Un pasillo central, regularmente mal iluminado por unas lámparas altas colgando del techo, estaba delimitado por sendas hileras de camas de hierro superpuestas. Por detrás de ambas, había un espacio más reducido donde se acomodaban –no necesariamente en ese orden–, mesas, cajones, bancos, fueyes, enseres y personas, que por contraste con el movimiento del pasillo, parecían estar en un lugar más íntimo, si es que se pudiera hablar de intimidad en medio de una escena tan multitudinaria. Sobre las paredes laterales había una especie de armario de mampostería (en rigor: dos estantes de cemento, uno superior que hacía las veces de “techo” y otro a la altura de un banco para sentarse), donde los presos malacomodaban sus escasas pertenencias.

Mirando desde el Pabellón hacia la entrada, a la izquierda estaba el comedor  y a la derecha, el baño. Todo, panópticamente vigilado por el pasarella (1), que en un sitio enrejado por encima del túnel de acceso, podía observar alternativamente los tres lugares: al frente el pabellón, y a los lados el biorsi (2) y el palito (3).

Muchos presos caminaban ida y vuelta el largo del pasillo, solos o en pequeños grupos; otros estaban sentados en las camas inferiores; otros en rústicos bancos de madera detrás de las camas, alrededor de calentadores encendidos, tomando mate, conversando o escuchando la radio. Aunque cada quien estaba en lo suyo, yo sentí que todos nos miraban a nosotros, los recién llegados.

El conjunto era apabullante. Música, conversaciones, risas, sonidos todavía indiscernibles, olor a kerosén, a grasa, a orines, a sudor, a ropa húmeda, gente parada, gente sentada, gente caminando, gente entrando y saliendo del baño y del comedor.

–Medina –dijo un morocho, quien se nos acercó, presentándose espontáneamente. –Pero todos me dicen el Negro –aclaró sin mucha necesidad. Era alto y fornido y con cara de mejor no te metas conmigo.

–Daniel y el Payu –dijo mi compañero, señalándome. Nos saludamos, serios, respetuosos. El trato era de Usted, nada de voseo ni efusividades.

–Si quieren pueden venir a ranchar (4) conmigo. Somos sólo el viejo y yo –dijo indicando a un hombre grande, para nosotros entonces que, valga la ironía, debería tener apenas unos 50 y pico.

–Falón –dijo el hombre y me tendió un mate que acababa de cebar con una pava bastante ennegrecida por la llama defectuosa del fueye. –Mañana voy a tener que lustrarla –dijo a modo de disculpa.

–…el mundo llora a Elvis… –dijo la radio y el viejo Falón giró el dial. –…el primer gran fenómeno de masas de alcance planetario… –insistió otro locutor y el viejo volvió a cambiar de emisora. –…Take my hand, take my whole life too/ For I can’t help falling in love with you… –dijo Elvis y Falón apagó la cantora. (5) –Ya me tiene podrido el gringo este –dijo justificándose.

Un silbato estridente nos alarmó. –Los colchones –dijo el Negro Medina.

Había que salir a buscarlos. La fila caminó por el túnel hasta antes de la Celaduría, donde en un reducto enrejado –el locutorio– se encontraba una pila de colchones de poliuretano de una plaza, sin fundas, sucios, rotos, malolientes. Tomamos uno cada uno, sin elegir y tratando de no chocar con los que iban ingresando, volvimos al pabellón. Nosotros hacíamos como que sabíamos lo que había que hacer, pero por el rabillo del ojo íbamos viendo a los demás y copiando los movimientos. Los dejamos en el pasillo, al pie de las camas de nuestra ranchada, donde ya estaban acostándose tanto el Negro como el viejo.

Un nuevo pitazo y la orden de ¡Silencio! proferida por el Celador apuraron a los presos, quienes comenzaron a acostarse sin más vueltas.

–Acomódense como puedan –dijo el viejo y nos extendió una manta tumbera. (6) –Mañana vemos.

Aunque las luces seguían encendidas, el paulatino silencio oscureció el Tercero. Apenas si se escuchaban algunas radios cercanas, seguramente bajo las almohadas de los pocos presos que se arriesgaban a que se las requisaran en caso de ser descubiertos. 

Superpuestas, seguidas, repetidas, una heterodoxa sinfonía de canciones de Elvis nos fue envolviendo: Hotel de Corazones Destrozados, Zapatos de Gamuza Azul, Ámame Tiernamente, No Puedo Evitar Enamorarme de Ti y otras que ya no recuerdo. Era la primera de mis 1938 noches en Devoto. Pero eso todavía no lo sabía. Me dormí acunado por la banda sonora de mi llegada a esta parte de mi vida.


(1) Nombre que designa al guardia penitenciario que tiene la misión de estar permanente observando a los presos en todos los espacios, hasta en los más íntimos (retretes y duchas). El lugar donde se mueve (se pasea), está abierto y enrejado y se lo llama la pasarella (por el desfile de modelos).También se lo denomina pajarito (por estar enjaulado)
(2) Baño, espacio donde están las duchas, las pileta de lavar, los mingitorios y los retretes.  
(3) Comedor, espacio con mesadas y mesas, donde se cocina y eventualmente se come.
(4) Los presos conviven en ranchos o ranchadas, formas organizativas colaborativas que hacen las veces de estructura familiar, donde se comparten recursos. También se denomina así al espacio que tiene asignado de acuerdo con los demás presos, para distribuir sus enseres y hacer sus cosas (tomar mate, comer, cocinar, etc.).
(5) Radio portátil a pilas.
(6) Frazada gris, de lana áspera, entregada por el SPF. De ahí su denominación, aplicable a casi todo lo que se fabricaba y/o se conseguía en la cárcel.



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Oscar Estellés
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(1953) Nació en su casa, en la localidad de San Francisco de Santa Fe. En 1955, sus padres se mudaron a Venado Tuerto. Con el pretexto de estudiar Química, en 1971 se fue a Buenos Aires. Tuvo varios oficios, hasta que por su militancia política, fue detenido en 1977. Estuvo preso hasta fines de la Dictadura. Comunicador, especialista en planificación y desarrollo estratégico de campañas de imagen institucional y sobre temas sociales y políticos, comenzó como corrector tipográfico y de estilo. Trabajó como creativo publicitario en agencias de Argentina y Ecuador. Fue periodista y guionista documental en América 2. Publicó artículos en varias revistas culturales (El Porteño, Lote, Espacios) y en el diario Página 12. Se desempeñó como docente de publicidad y periodismo en la Universidad de Palermo y para el Ministerio de Cultura de la Nación. Desde su creación en 2006 hasta 2014, fue el responsable de la comunicación del Instituto Espacio para la Memoria de la CABA. Y después integró el área de publicaciones de la Secretaría de DDHH de la Nación. Actualmente trabaja en prensa y comunicación para el Ministerio de Justicia y co-conduce “Ahora y Siempre”, por Radio Caput, programa sobre DDHH y Memoria.

Oscar Estellés
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2 Respuestas

  1. Avatar
    José D Domínguez
    | Responder

    Gracuas Oscar por compartir, esa etapa durísima de tu vida. La lucha por un mundo mejor, te llevo a vivir varios años de cárcel, pero no te doblegaron, al contrario, seguis siendo un impresindible y persona totalmente querible. Ojalá que sigas con el relato y me cuentes como uno de tus lectores.
    Abrazo inmenso compañero!!!

  2. Avatar
    Leon Repetur
    | Responder

    abrazo Payu. Muy bueno el relato y te deja con gusto a más, a pesar de la tristeza. Leon

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