cuerpo errante /paola lospinoso y graciela m. ramírez

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“Creo que el cielo y el infierno son lo mismo. El alma pertenece al cielo, el cuerpo al infierno” (Lars Von Trier/ Película “La casa de Jack”)

Consideramos el libro Desmorir: Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista de Anne Boyer, como “la escritura de un cuerpo errante”, por lo estremecedor, la desorientación y vacilación que irrumpe frente al diagnóstico de la enfermedad (cáncer de pecho). Cuerpo conmocionado al escuchar la sentencia diagnóstica, en ese impacto se desvanece el saber y desde ese punto trágico e inicial se produce un desvío, emerge Desmorir. Escritura que adviene desde el vacío, desde la errancia. Así la autora dice: “Un pequeño y encantador diagnóstico amenaza con arrastrarte, sepultarte en la muerte arquetípica repartida (repetida) por el cuerpo femenino”.

El encontronazo inevitable que nos produce leernos en este texto: nos preguntamos por el saber acerca de la muerte. ¿Se puede acaso tomar nota o significancia de la muerte? ¿Cómo recorrer la muerte en este escrito, como aproximarla, como bordearla? El texto nos convoca a pensar en el par significante cáncer-muerte por la carga simbólica que portan esas palabras en su anudación. 

La muerte carece de significante, es el otro gran poder que nos hace tener presente la única verdad de la que tenemos certeza. 

Desmorir, de Anne Boyer nos conduce a esta experiencia, como un punto de partida, se desvanece el saber, desde ese sitio vacío surge algo de la escritura que habilita la existencia. La muerte cuestiona nuestro saber, lo fractura y a veces lo vacía. “Y luego está este cuerpo, que no está dotado para la incertidumbre, una vida que se rompe bajo el peso de la terminología oncológica que le es ajena, y que luego cae en la grieta de ese lenguaje”. Surge la siguiente interrogación: si el cuerpo es una manera de experimentar el mundo y el lazo social, la relación con el otro: ¿qué ocurre cuando el cuerpo enferma?

Susan Sontag en su libro La enfermedad  y sus metáforas da cuenta de cómo las diversas sociedades o momentos históricos producen discursos completamente diferentes a la hora de explicar las enfermedades. Las metáforas con que nos referimos a las enfermedades son una forma de abordar lo traumático para la vida de las personas. Más aún si son enfermedades mortales, las metáforas son construcciones lingüísticas que a menudo son sólo un pretexto para no saber acerca de nuestros miedos. Las sociedades se resisten a saber sobre la enfermedad, la muerte y el dolor y esto es un revelador del tipo de sociedad en que vivimos. 

En el libro La Sociedad Paliativa Byung-chul Han considera: “Hoy impera en todas partes una algofobia o fobia al dolor, un miedo generalizado al sufrimiento. También la tolerancia al dolor disminuye rápidamente. La algofobia acarrea una anestesia permanente. Se trata de evitar todo estado doloroso”. Las políticas paliativas del liberalismo operan para minimizar el dolor. La idea es que no se interrumpa así la actividad productiva. 

Al decir de José Luis Juresa, “La maquinaria de la salud opera tratando el cuerpo de una forma particular, lo procesa y le extrae cualquier resto de humanidad que quede ahí”. Por eso toda crítica social tiene que desarrollar su propia hermenéutica de la enfermedad, la muerte y el dolor, el cuerpo. Se nos escapa el carácter de signo en clave que tiene el dolor si dejamos que solo la medicina se ocupe de él. La propuesta es entonces: “Asumir la mortalidad como límite temporal y no como un mero hecho biológico, salir del discurso científico, palabra habitada o vacía”. (*)

Hay un dolor expositivo, un dolor que deviene en metáfora y uno que se lee. Hannah Arendt describe el dolor como “la más privada y menos comunicable de las experiencias…”

A mitad del camino de la vida,

en una selva oscura me encontraba

porque mi ruta había extraviado… Dante Alighieri

La autora escribe, no hay manual o alguna receta o guía de qué hacer para los sujetos que portamos un cuerpo, cuerpo es la condición del sujeto; surge la pregunta de si se le debería dar una guía para morir tan pronto como se nace, y esa es la sustancia amarga, amargura que empapa al libro, el malestar de estar vivos; del cuerpo de carne viva al cuerpo enfermo, para el ser viviente inmerso en la cultura ¿es posible un morir natural?, ¿hay acaso un elogio de lo natural del morir?¿qué hay de natural en la vida de un sujeto que amó y vivió? Entonces, la muerte que se considera antinatural, es una irrupción violenta de la vida. No existe la muerte buena y natural, sino solamente la finitud del sujeto. 

Los modos de ver el cáncer, las metáforas que le hemos impuesto, precisamente denotan las vastas deficiencias de la cultura, la dificultad para encarar la muerte, las angustias, dolores, padecimientos, la negligencia e imprevisiones ante nuestra incapacidad de construir una sociedad industrial avanzada, que sepa reflexionar sobre los consumos impuestos sobre todo en el campo de la salud  intentando evitar protocolos violentos sobre el cuerpo femenino en estas enfermedades.

¿Qué relación guarda la letra, el cuerpo y la curación? ¿Cómo pensar ese pasaje de lo mortífero del goce a la letra? ¿Por qué la autora propone una reflexión sobre la enfermedad en el mundo capitalista?

¿Hay experiencias límites donde se puede quedar pegado al sacrificio del cuerpo? ¿Entregar el cuerpo como ofrenda a ese dios mortificante?

Arriesgar el sí mismo en una apuesta a la nada, para encontrarse en el acto creativo, esa aproximación que permite la escritura, posibilitando la emergencia del deseo y acotar el goce mortífero. 

No hay respuestas absolutas. Hay un cuerpo errante, en vacilación, un caminar en el medio, no en una línea, sino en múltiples líneas, a través de la letra se cifra y se posibilita anclar algo de la insoportable levedad del cuerpo.

El libro empieza con un cuerpo errante.

Hay un cuerpo a la deriva, errante de dolor, mortificado, mutilado, sometido a la lógica de la ciencia, al sentido que le otorga: un cuerpo programado y reprogramado desde los saberes hegemónicos. A veces el discurso de la medicina, se aproxima a  una repetición muerta, que no viene del cuerpo de nadie, sino quizás, precisamente, del cuerpo de los muertos. 

Después adviene la experiencia de escritura que permite exorcizar algo del dolor real, el dolor que late, el cuerpo ruidoso.

¿Cómo un sujeto ante su posible desaparición realiza el viraje misterioso y silencioso de la certeza de la muerte a la incerteza de la vida: el instante del infierno paraíso a la vez?

Este escrito es parte de una producción del grupo de lectura “Capitalismo y Clínica psicoanalítica” coordinado por José Luis Juresa.


Graciela M. Ramírez (izquierda en la imagen) es Licenciada y Profesora en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Miembro de la Escuela Abierta de Psicoanálisis y de la Red Colectiva Psi.


Paola Lospinoso (derecha en la imagen) es Licenciada y Profesora en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Ambas colegas producen escritos colectivos y forman parte del grupo de escritura “Capitalismo y clínica psicoanalítica” coordinado por Jose Luis Juresa de donde emerge el texto escrito. 



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