verdad y afectos / roque farrán

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Verdad y afectos: lo real en la transmisión

Una jauría de perros mata a una joven mujer que había salido a correr; los adolescentes de un colegio acosan a sus compañeras y amenazan por whatsapp con violarlas, secuestrarlas, torturarlas; un joven desalineado revuelve en la basura con odio en la mirada; alguien grita desde un edificio que han abierto un baúl y robaron un auto; la cara del payaso cínico que nos ha endeudado multiplicada en todas las pantallas. Sueño que los signos de violencia que proliferan son el último velo de lo que va a caer: la desesperación no puede ser infinita. En el mismo sueño, que parece una extraña película subtitulada, se abren dos planos en simultáneo: en uno veo lo que sucede de manera directa y el punto de inflexión que presiento, en otro se me explica por qué sucede lo que sucede y me resulta evidente. Apenas despierto siento que puedo explicarlo; luego se me ha ido. Me levanto aliviado: o las cosas son tan insoportables que la agonía será breve, o no eran tan graves —como pensábamos— y podremos soportarlas. En el medio, pienso, quizá lo que se nos ha ido en esta larga historia de la humanidad es la razón de los afectos, el modo concreto de materializar lo que pensamos y hace cuerpo; ese punto de incidencia singular en el cual sentimos que somos parte de la escena y damos con la causa adecuada de lo que nos afecta. ¿Cómo cortar con el círculo vicioso que lleva de la violencia al espanto, la indignación y el odio, sobre un fondo de insensibilidad generalizada que retroalimenta la crueldad sin cesar?

1. Se ha vuelto un lugar común hablar del odio como un fundamento fuerte de las identidades políticas, impenetrables a cualquier razonamiento o reflexión crítica. La indignación es una forma de odio basada en la imaginación del daño que se ha producido a otro con quien nos identificamos. La indignación es, pues, una forma primaria de identificación y de efímera cohesión. La razón y la indignación se refuerzan mutuamente: “Estoy indignado porque tengo razón, y tengo razón por estar indignado”. Según de Sutter, la razón crítica occidental se fundamenta en el escándalo y la indignación —¡y cuánta razón tiene!—: “El escándalo es ese pinchazo mental; cada día, casi a cada rato, aparece una causa para nuestra indignación, a veces ecológica, otras política, cada tanto alimentaria, el resto moral, sin que ninguna de ellas termine por constituir un todo con las otras, a partir del momento en que la llegada de una aísla a las anteriores en un pasado borroso. Esa es la razón por la cual, de manera inesperada, la indignación es el estado afectivo primario de la era de la anestesia; es lo que acompaña en el campo afectivo la organización general de la depresión de nuestras sociedades, en el hecho de que escandalizarnos es lo que nos queda para darnos la sensación de estar vivos.”[1] No obstante, como digno hijo de la tradición que critica, de Sutter señala sus impases pero no se aparta demasiado de ella: propone al final el ejercicio de una razón cómica que no ha practicado en su libro, el cual oscila más bien entre la puntuación explicativa, la indignación y la ironía. Otra propuesta sería la razón implicada en ejercicios de transformación afectiva, como trato de mostrar en lo que escribo, sin querer tener razón más que la que se desprende del modesto acto.

2. Tendríamos que preguntarnos entonces cuál es la raíz del odio, de esa inmunidad a la argumentación, incluso entre personas formadas universitariamente, profesionales y demás (no hace falta calificarlos como intelectuales); y de qué modo podríamos incidir en ello, no para convencer a nadie, sino para que la convivencia política sea posible. El odio no es solo un sentimiento, ni atañe a la dimensión psico-sociológica, hay una raíz ontológica del odio que encuentra en los afectos, pensados rigurosamente, su razón geométrica. Siguiendo a Spinoza, podemos entender que la disminución en la potencia de actuar genera tristeza y a quienes suponemos responsables de esa disminución los odiamos. El problema en la variación afectiva concreta, que toma individuos compuestos a cualquier nivel de integración (grupos, colectivos, comunidades), son las mediaciones que hacen creer en esas atribuciones de responsabilidad sin conocimiento de causa real; en términos spinozianos: los géneros de conocimiento. Entre lo que sentimos aumenta o disminuye nuestra potencia de obrar se inmiscuyen las interpretaciones y manipulaciones. El predominio de la imaginación, es decir, el conocimiento inadecuado basado en información confusa y fragmentaria impide captar las relaciones, variaciones, nociones comunes y, sobre todo, dificulta acceder al conocimiento de lo singular. La razón sin implicación tampoco alcanza la máxima potencia del pensamiento y no produce transformaciones efectivas. Podríamos decir que, en general, tanto en la formación cultural como en la universitaria, hemos fallado en transmitir no sólo el pensamiento crítico relacional, sino el pensamiento de lo singular y la disposición afectiva necesaria para entender las cosas según su causa inmanente. Por eso no cesamos de proyectar lo que malentendemos en el otro.

3. Un asunto de vital importancia es el modo en que abordamos nuestras investigaciones y objetos de estudio. Hay un libro que leí recientemente y me gustó mucho: A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan, de Vinciane Despret. No sólo trata de un tema absolutamente actual que es desestimado de manera recurrente por la cultura dominante: nuestra relación con los muertos, sino que lo hace desde un abordaje metodológico que resulta crucial: acorde al objeto tratado e inspirador para encarar otros temas con igual cuidado. En cuanto a lo primero, encuentro una entrevista donde la autora dice que se ha dedicado a estudiar los animales y los muertos porque constituyen dos tipos de existencia que suelen ser desestimadas, poco consideradas en su singularidad, marginadas ontológicamente. Despret logra expresar un amor por la investigación y por los seres que estudia (animales salvajes, animales de criaderos, difuntos y espectros) que no había encontrado en otros investigadores, y muestra que la filosofía puede ayudar a formular las preguntas que importan escuchando a quienes saben porque hacen: volver interesantes así otros modos de vida y conocimiento, disfrutar del trabajo y sentirse afectado por lo que se investiga. Se trata también de trazar las múltiples historias y temporalidades que se entrelazan en el movimiento de investigar y conocer junto a otros; ahí hay que encontrar el modo de implicarse singularmente. Como sugiere Despret, no hay que buscar explicaciones, hay que dejarse instruir y experimentar: “Nos dejamos instruir aceptando que nos encontramos en el punto de conexión, o que somos el punto de pasaje entre dos órdenes de realidad diferentes. No hay aquí ninguna explicación. Hay solamente experimentación de sentidos que podrían volverse posibles. Digo sentidos —no significaciones— pero de los tropismos, es decir afectos que te imantan, fuerzas que te atraviesan y dirigen. Es una experimentación, una puesta a prueba. ¿Qué hago con esto? ¿Qué sentido me solicita? ¿Qué devenir le ofrezco? No se trata de explicar, sino de comprender, en el sentido de llevar consigo. Dejarse instruir. Hacer de una historia una matriz narrativa. Una máquina de hacer historias de una en una, una matriz de historias que se elaboran a partir de las precedentes y que, por este hecho, se conectan unas con otras no sobre un hilo, sino de manera tal que forman un tejido —lo que podríamos llamar escribir en tres dimensiones; cualquier punto de la trama puede dar nacimiento a una nueva dirección narrativa—.”[2] Despret, no obstante, muestra cierta reticencia respecto a la historia de la filosofía; no acude mucho a citas o conceptos filosóficos clásicos. Creo que ahí también vemos un problema de transmisión que ha idealizado en exceso a la filosofía, olvidándose que es una práctica concreta, inhibiendo la conversación fluida y los préstamos con esos muertos ilustres.

4. No podemos orientarnos en lo real, en lo que aumenta o disminuye nuestra potencia de obrar, si no contamos con un concepto de verdad que nos implique materialmente. Una verdad no se reduce a un mero punto de vista, un parecer, o un gusto. Una verdad implica materialmente al sujeto que ella ayuda a crear, punto por punto; le da cuerpo, alma y genera un afecto que potencia: alegría, entusiasmo, felicidad, placer. No hace falta reponer grandes valores o esquemas trascendentales que permitan juzgar lo que es verdadero y lo que no, lo que vale y lo que no, lo bueno y lo malo, porque una verdad no es del orden del Uno excluyente y jerarquizante; no es elitista. Pero tampoco es que todo dé lo mismo y cada opinión cuente, tanto la de quien odia y segrega como la de quien abre y compone, porque lo que cuenta en verdad es cómo uno se implica en eso que dice, piensa y hace. Una verdad es, ante todo, práctica y ejercicio cotidiano, modo de ser y hacer junto a otros. Allí reside la diferencia. ¿Qué es más verdadero, acaso, lo que dicen Platón, Aristóteles, Epicuro o Epicteto? ¿Spinoza, Descartes o Hegel? ¿Despret, Haraway o Malabou? ¿Cuál es la música verdadera, la que componen Bach o Beethoven? ¿Schönberg o Satie? ¿Los Beatles, Spinetta, L-Gante o Sara Hebe? No hay lo verdadero o lo falso en absoluto. En todo caso, como mostró Foucault, es cuestión de un régimen de veridicción histórico que enlaza el saber y el poder. Pero la verdad es otra cosa, que los anuda y excede: es un proceso inmanente que despliega sus propios procedimientos y permite a los sujetos constituirse a sí mismos, haciendo uso de los dispositivos y abriendo su potencia para componer junto a otros. Hay que escuchar cómo resuenan los cuerpos en cada caso y qué nos ayuda a componer(nos). La verdad es no-toda, es un proceso genérico infinito, es un modo de anudamiento singular; pero sobre todo es el conjunto de enunciados, legados y saberes, técnicas y procedimientos que nos ayudan a constituirnos a nosotros mismos. Hay que sostener el concepto de verdad con el propio cuerpo, con la propia vida, sin creérsela en absoluto, confiando que también los otros pueden encontrar su modo singular. Antes del fin.

Roque Farrán, Córdoba, 7 de noviembre de 2021.


[1] Laurent de Sutter, Indignación total, Adrogué, La cebra, 2020, p. 118.

[2] Vinciane Despret, A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan, Buenos Aires, Cactus, 2021, p. 32.


Roque Farrán es filósofo e Investigador del Conicet, sus últimos libros publicados en 2021 son La razón de los afectos y Militantes ¡ocúpense de sí mismos!



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