OTRAS ORTODOXIAS

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Hace unos años, cuando la cultura machista aún imperaba, por así decir, a sus anchas, existía, entre tantas otras lacerantes inequidades, un criterio severamente dispar acerca de la iniciación sexual, según se tratara de varones o de mujeres. A los varones se los instigaba, por no decir que se los impelía, a eso que, con un término de inspiración deportiva, se llamaba “debutar” (a menudo con una partenaire que accedía a ello tan sólo por dinero, es decir, sin ella misma desearlo, lo cual no podía sino resultar penoso). A las chicas, por el contrario, se las desalentaba fuertemente, mediante un intenso repertorio de prevenciones y reprimendas morales. Y curiosamente, la misma palabra que, en masculino, servía para tender un manto de sospecha sobre el varón que no se iniciaba (“¿puto?”), se empleaba en femenino para sellar el veredicto sobre las chicas que sí (“¡puta!”). Esta visible asimetría proyectaba su desigualdad sobre las respectivas edades: todo varón que se preciara debía encaminar su iniciación sexual no mucho después de los quince años; toda mujer que se preciara debía, en cambio, diferirla para más adelante, a veces bastante más adelante.

Todo esto pasaba y mucho, y es ampliamente sabido. Después las cosas, luchas mediante, se fueron equiparando. Los avances de la liberación sexual permitieron, por una parte, eximir a los varones de mandatos y deberes (ahí donde la libertad lo es también para decir que no, cosa hasta entonces obturada); y por otra, a las mujeres, vivir su sexualidad cada vez más como quisieran, cuando quisieran, con quienes quisieran. La diferencia impuesta sobre las edades se fue atenuando o disolviendo también; pasada la infancia, varones y mujeres elegían el momento en que explorar tal o cual experiencia sexual, sin que la fijación de una edad determinada castigara bochornosos retardos (su dictamen: ser “lenteja”) u oprobiosas audacias (su dictamen: ser “rapidita”).

No obstante, contrariamente a lo que se pensaba, o incluso a lo que uno mismo quisiera, la historia no avanza siempre en una línea progresiva y continua, sin estancamientos ni retrocesos, sin contradicciones ni vueltas atrás. Se entiende así, aunque sorprenda, que aún en estos tiempos tan despejados y promisorios persistan algunos remanentes de aquel deplorable machismo, resurjan algunos lastres de prejuicios allí cimentados. Para el caso, concretamente: aparece, y no sin frecuencia, una infantilización mendaz que se asesta a algunas chicas en la pretensión de que no están todavía en “edad sexual” (pero no se dice algo igual de los varones, aun de esos mismos años); se las devuelve así a la posición de minoridad de las que, bajo una inspiración netamente feminista, habían logrado emanciparse para disponer de su cuerpo y de sus goces sin esperar autorización (ni líneas de largada establecidas desde presuntas experticias en etapas de la vida).

Otras veces esta represión asume un carácter distinto: no se veda a las mujeres el acceso a la libertad sexual difiriéndola para un momento posterior, pero sí se les restringe el derecho a la elección, digitando que no pueden disponer del todo con quiénes quieren estar (hay vedas de franjas etarias: se les prohíben los hombres más grandes, más allá de los gustos y preferencias que ellas mismas puedan tener). Una especie de ley, no escrita pero firme, les acota sus elecciones y las conmina a desistir; o da por sentado que, de “caer” en ellas, corresponde instrumentar un mecanismo de salvataje para subsanar de inmediato su extravío de inmadura.

Nada demasiado distinto, en fin, de lo que, por ejemplo, se vio y se discutió a propósito de Unorthodox. Con la diferencia, nada menor, de que al menos en ese caso se tenía la franqueza de sustentar las imposiciones invocando como valores a la religión y a la tradición; no a la libertad o a la autonomía.



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Martín Kohan
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Escritor.

Anda dando vuelta tanto gil que se publicita escritor. Y Martín Kohan, tres libros de ensayo, tres de cuentos, diez novelas dice que en un sentido estricto nunca descubrió haberlo sido. Que su relación siempre fue con el escribir y no con el ser escritor, que para él eso nunca representó una ambición o un deseo.

Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires. Enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia. Cree que por haber elegido la literatura resignó un aprendizaje, integración, sociabilidad, disfrutes compartidos. Al estar tanto tiempo solo, leyendo o escribiendo, dejó que discretos pasaran por un costado.

Entre sus tantos libros se encuentran El informe, Los cautivos, Dos veces junio, Ciencias morales, Bahía Blanca y el último, de cuentos, Cuerpo a tierra.

En la infancia tuvo una perra: Yenny. En la adultez, un gato: Dumas. Kohan prefiere la ropa de Adidas, es fanático de Boca como su hijo Agustín y al acostarse, antes de quedarse dormido, implora que no lo atraviese el insomnio.

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