SIMULACIÓN

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Borges no entendió nada cuando escribió “El simulacro”. Es un cuento sobre el funeral de Evita. Cuando lo acusan de gorila siempre lo toman de ejemplo. El cuento no solamente es feo de leer sino que destila odio de clase. Transcurre en una chacra en Chaco, cerca del río. Tiene aire exterior por donde lo mires. Leer cosas donde hay mucho aire me da claustrofobia. Y también me enoja, porque Borges no tenía idea de lo que era simular. Ni la más pálida idea. Creo que nadie lo sabía hasta que nos tuvimos que encerrar todxs porque afuera estaba el bicho.

Todo el día vivimos en un “como si” . Simulamos que salimos entonces subimos a la terraza. Simulo hacer deporte, subo un tramo de escalera y lo vuelvo a bajar, una dos tres veces. Sami tiene las manos ocupadas, “si no estuviera con el mate te filmaría” me dice. Imito a esos que suben videítos a instagram diciendo que hay que aprovechar la cuarentena para. “¡¡¡Aprovechá este encierro para despertar a todo tu edificio haciendo esta pelotudez en tu escalera!!!” digo. Nos reímos en serio por primera vez en semanas. Finalmente termino de subir y me quedo sin aire. La terraza hace las veces de balcón, simulamos estar en el mundo exterior, me llama una amiga por zoom, tomamos mate cada una en su casa. Intento subir a una parte de la terraza donde está lleno de cables, pienso “no es un gran plan accidentarse en este momento”. Mi amiga se ríe, se fuma un pucho y la veo a través de la pantalla del celu y pienso en la última vez que fui a su casa a estudiar y estuvimos hablando dos horas de cómo nos habían roto el corazón hace poco.

Simulo un encuentro con familiares jugando al tutti frutti por videollamada. Nos conectamos a las 7 en punto. Tengo un mate y picada de frutas, siempre que voy a lo de mi mamá comemos picada de fruta y tomamos mate. Toca la letra “e” y en canciones pongo “el payaso plin plin”. Me deprimo. Todo esto de las videollamadas y los barbijos me deprime. Toda la estética hacemos lo que podemos con la pandemia me deprime. Ya sé que es buena onda y sarasa sarasa. Simplemente no puedo, no me la trago. Un rato está bien. Después ya no.

Mi abuela me envía un mensaje y simulo que me da risa. Sale al consultorio todos los días. Me preocupa que siga haciendo su vida como si nada porque si se muere nadie va a poder ir a verla. Mi padre me llama por whatsapp. Estoy pelando garbanzos y él también. Nos reímos de la casualidad: lxs dos vamos a hacer hummus esa noche. Simulo que estoy entera para contenerlo, simulo tener todo controlado. Unx se da cuenta de que creció cuando empieza a reconocer también la fragilidad de lxs padres.

Es sábado a la noche, simulo que estoy en una cita. Me pongo linda de la cintura para arriba pero abajo estoy en ojotas con medias. La noche es cálida, abro la ventana, tengo ganas de prenderme un cigarrillo. Tengo un rodete que me saco al minuto 10 de encuentro y dejo lucir mi melena que está más salvaje que nunca. La seducción se difumina entre una computadora y la otra, no hay forma de desempolvar mis encantos si no puedo mirar a los ojos a alguien, si no puedo sentir su cuerpo en el espacio. Mis muletillas se vuelven absurdas en esta distancia pero igual me río mucho. La piba es muy copada, no tenemos ningún conocidx en común y eso, a priori, me intriga. Tomamos cerveza y hablamos también de cómo hace poco nos rompieron el corazón.

Simulo que no tengo el corazón roto, entonces leo, leo y escribo, trabajo todo el día, me pongo algodón con té en los ojos. Cuando todo esto termine voy a estar más ciega que de costumbre. “Cuando todo esto termine” es un pensamiento recurrente, a la vez que “¿cuántas veces se pueden lavar los platos en un mismo día?” y “debería haberme hecho el corte que quería antes de que empezara la cuarentena”.

Simulo que no la extraño. Simulo que no quiero saber nada de ella y de cómo está pasando el encierro. Simulo que no me araño los dedos para no escribirle ningún mensaje. Desapareció de todos lados. No tengo modo de enterarme, no pregunto, no sé, pero quiero saber. “Qué dolor hacer como si fuéramos dos desconocidas” también es un pensamiento recurrente. Hay días en los que todo lo que tengo me hace acordar a ella, hay días en los que ni siquiera me acuerdo su cara, su voz o su nombre. Cuando era adolescente estaba obsesionada con una frase de Roger Waters que decía “la memoria es algo raro, la historia es para los tontos”. Simulo que le escribo un mail en son de paz, simulo que le escribo otro en son de guerra. Ningún acuerdo sirve. Hago pactos conmigo misma que después no cumplo. Me puse quince veces una fecha límite para dejar de estar triste por ella. Simulo que el desamor es un sentimiento controlable por la razón, me reitero que esto no puede atravesarme así, que no merece la pena: “un verano juntas no puede haberme significado tanto”. Prorrogo los deadlines sistemáticamente: hasta mediados de mayo está bien seguir dándole vueltas. Más tiempo no. Escucho mucha música, simulo que me lleva a algún lado pero sigo encerrada mirando por la ventana. Simulo que la música es otra cosa. No debemos estar hechxs para vivir sin todas las cosas que nos gustan alrededor. A la noche las luces de lxs vecinxs se prenden y es mi hora preferida del día, cuando se está poniendo el sol y están todas las ventanitas iluminadas. Simulo que todos los recuerdos del poco tiempo que pasamos juntas no me significan nada, que en comparación al resto de cosas que viví, pum, se difuminan, no existen. Que su amor no supo mostrarme cosas diferentes. Simulo que lo que vivimos no fue importante para mí. El mundo se puso en pausa el día que dejamos de hablarnos para siempre y se me quedó su existencia pegada al cuerpo. Quiero hacer ruido hasta que se entere que pienso en ella y que ya la perdoné, pero no sé bien cómo. Simulo que no me importa, sigo con mi vida. Cuando me pregunten qué hice durante la mitad del año 2020 voy a decir “estuve en mi casa simulando que vivía”. Por suerte están mi amiga y la gata, en casa tenemos una rutina. Hay días en los que ni siquiera hablamos, pero nos ofrecemos comida. Pedimos cosas ricas por delivery o las cocinamos nosotras, hablamos de cómo hace poco nos rompieron el corazón.

Arrancaron las clases a distancia, simulamos que esto es un cuatrimestre. Las estrategias de todxs para transmitir saberes son de las más ingeniosas, al punto de que un poco me emociona porque se nota la extrema voluntad y los pocos recursos con los que contamos. El amor toma formas muy diversas en el encierro. El llanto también. 

Río con amigues en los grupos de whatsapp, eso me mantiene con vida y me da la paciencia que necesito para afrontar la contienda cotidiana de la simulación. Ya se me acabaron las palabras. Duermo hasta 14 horas de noche, sueño como si no hubiera un mañana. El invierno es mi estación favorita y me la voy a perder. Me estoy perdiendo Puan a las seis de la tarde mientras cae el sol y hay planes de después del trabajo en algún barcito cerca. Me estoy perdiendo los cafés a las corridas, los almuerzos en el colectivo, la vida ajetreada que llevaba y de la que no debería haberme quejado tanto. Simulo que no es peor salir y enfermarse o enfermar, y me perdono a mí misma el egoísmo de querer por un minuto que todo sea como antes.



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Clara Charrúa
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(12 de septiembre de 1995). Profesora en Letras (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires) y guionista (Laboratorio de guión). Actualmente trabaja elaborando contenidos en diversos proyectos audiovisuales, y como Asistente de Proyectos Académicos del Departamento de Letras, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Está iniciando su formación como investigadora con interés particular en las relaciones entre melodrama y feminismos en la literatura argentina del siglo XX.

Clara Charrúa
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2 Respuestas

  1. Avatar
    María Emilia
    | Responder

    Excelente. Me encantó

  2. Avatar
    Melanie
    | Responder

    Hermoso. Gracias por compartir.

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