DE MEMORIA

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Recuerdo que me sorprendí al advertir que el programa que Chiche Gelblung estrenaba en la televisión bajo el nombre connotado de “Memoria” no se refería, como yo di en suponer, a la historia, sino a hechos más bien recientes. Tanto que, sin mayor esfuerzo, podría también haberse declarado como un programa de actualidad; no de los hechos del día, como un noticiero, pero sí de un presente extendido. La elección de la palabra “memoria”, sin embargo, indicaba otra opción temporal: la de convocar, no ya ese presente extendido, sino un pasado reciente. La memoria se representaba, en un gesto del conductor que se volvió emblemático, no como un ejercicio de evocación (el gesto de mirar hacia arriba con ojos entrecerrados), sino como una necesidad incluso perentoria (el gesto del dedo clavado en la sien y la vista clavada en el interlocutor). Comenzaban los años ’90. A contrapelo del contexto menemista, que se esmeraba en prestigiar el olvido, este programa postulaba en principio la conveniencia del recordar. Pero ese recordar no se aplicaba a hechos lejanos que pudiesen por eso mismo ya perderse y difuminarse, sino a hechos más bien cercanos, suprimidos aunque próximos.

Buena parte de los contenidos del programa eran banales o amarillistas (el efecto de comicidad radicaba precisamente en eso, en tratar con una seriedad extrema asuntos sin mayor seriedad). Pero la invocación de la memoria (y lo que esa invocación implicaba como advertencia contra el olvido) cobraba un carácter decisivo, más allá de que su objeto fuera relevante o irrelevante, consistente o escandaloso, medular o solamente macabro. Había en eso una premisa, y hasta podría decirse que una hipótesis: que en cierto modo a la sociedad argentina, hasta donde quepa una generalización tal, le pasa lo que según se dice les pasa a los viejos: recordar con nitidez las cosas del tiempo remoto y olvidarse de las que, en cambio, acaban nomás de ocurrir. Tener en mente los años del ñaupa (el nombre del hotel de unas vacaciones de antaño, el número de teléfono de un amigo ya perdido, el jingle radial de un producto discontinuado) y en cambio borrar por completo lo inmediato (quién fue que llamó esta tarde con un recado urgente, cuál es el monto exacto de una deuda que es imperioso pagar). ¿No pasa eso, de alguna forma? ¿No pasa eso con la memoria colectiva que practicamos? Memoria eficaz, por ejemplo, con el empréstito Baring tomado por Rivadavia (lo cual me parece, ni qué decirlo, encomiable). Pero que de pronto se debilita si se quiere mencionar cuál fue el ministro de economía que hace no tanto contrajo una nueva deuda bestial con el Fondo Monetario o cuál el que, ya secretario, atentó en la salud contra el sistema sanitario público. Vivimos como en “Memento”: con pérdida de la memoria inmediata.

Entiendo que el menemismo se benefició en gran medida con este tipo de mecanismo. Todo lo que sucedió en esos años pareció muy pronto volatilizarse, traspasando a un tiempo abstracto y cargándose de irrealidad, hasta parecer imaginado o soñado pero no exactamente vivido, no exactamente ocurrido. De hecho el propio Carlos Menem persiste en el presente sin un lazo de continuidad conceptual con aquel que gobernó el país durante diez años. Este que ahora se nos presenta, algo momia, algo ausente, no termina de recordarnos a aquel otro, que es el mismo, el de la revolución productiva y el salariazo, el de las privatizaciones y la voladura de Río Tercero.

Con el gobierno de Cristina Kirchner sucedió una cosa distinta, porque varios de los medios de prensa más importantes del país resolvieron ocuparse de ella durante el curso del gobierno siguiente, más incluso que de las cosas que en esos mismos días pasaban. En el diario Clarín, por ejemplo, había que llegar a menudo hasta la página 10 u 11 para encontrar la primera mención al presidente en funciones, mientras en todas las anteriores se hablaba de la ex presidenta. Respondían así a la “memoria” de Gelblung, memoria aplicada a lo recientemente sido, pero al precio exorbitante de desentenderse de la realidad del tiempo presente. No quisiera insistir en este punto, al que ya me referí alguna vez, para no perder amigos, pero tengo para mí que al pensar tanto y tanto en Cristina Kirchner, en Cristina y sólo en Cristina, muchos macristas perdieron de vista qué tan graves eran los desastres ocasionados por la gestión que ellos habían votado y apoyado, tanto como para estar seguros de que las elecciones de 2019 las ganaban, tanto como para pasmarse y ofuscarse hasta la exasperación y la agresividad al notar el descontento claramente expresado en las urnas. Abocados con pasión a la hostilidad retroactiva (memoria del pasado reciente), desatendieron los destrozos del presente y el daño que para el futuro proyectaban esos destrozos.

¿Y ahora, con el macrismo, qué es lo que va pasando? En especial porque la pandemia, entre tantos otros efectos, produjo una sensación de suspensión temporal, una especie de detención cronológica de un ahora que se repite a sí mismo y que no se parece a nada, un colapso sin aviso y una espera sin desenlace. Y los años del macrismo, tan cercanos y perniciosos, empiezan tal vez a desvanecerse en un recuerdo sospechosamente vago, sospechosamente debilitado, ese por el cual Macri declara hoy como recienvenido, ese en el cual María Eugenia Vidal se escabulle y se solapa, ese en el cual Marcos Peña o Nicolás Dujovne se ausentan; como si empezara a tramarse otra sugestión de irrealidad política, esa que instala en el imaginario que no pasó lo que pasó, que no fueron los que fueron, que no hicieron lo que hicieron.

La pretensión de que la Argentina alcanzó por fin ese destino de primer mundo que le corresponde por fatalidad, rasgo ideológico compartido por el menemismo (“un peso, un dólar”) y por el macrismo (“volvimos al mundo”, sobreentendiendo que al primero), puede que predisponga, como utopía, una sugestión de acronía. El no lugar, supuestamente alcanzado, deriva luego en algo así como un no-tiempo. La realidad de lo que pasó se desrealiza hasta parecer no haber pasado. Y el olvido se precipita como consecuencia engañosamente natural.

A menos que, remedando a Chiche Gelblung, pero sin desatender el presente, llevamos el dedo a la sien y digamos y nos digamos: memoria.



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Martín Kohan
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Escritor.

Anda dando vuelta tanto gil que se publicita escritor. Y Martín Kohan, tres libros de ensayo, tres de cuentos, diez novelas dice que en un sentido estricto nunca descubrió haberlo sido. Que su relación siempre fue con el escribir y no con el ser escritor, que para él eso nunca representó una ambición o un deseo.

Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires. Enseña teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de la Patagonia. Cree que por haber elegido la literatura resignó un aprendizaje, integración, sociabilidad, disfrutes compartidos. Al estar tanto tiempo solo, leyendo o escribiendo, dejó que discretos pasaran por un costado.

Entre sus tantos libros se encuentran El informe, Los cautivos, Dos veces junio, Ciencias morales, Bahía Blanca y el último, de cuentos, Cuerpo a tierra.

En la infancia tuvo una perra: Yenny. En la adultez, un gato: Dumas. Kohan prefiere la ropa de Adidas, es fanático de Boca como su hijo Agustín y al acostarse, antes de quedarse dormido, implora que no lo atraviese el insomnio.

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