la rebelión de la audiencia / tomás vaneskeheian

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Detrás de los gritos y acusaciones, detrás de los periodistas enchupinados y las batidas de posta, el pasado viernes a la noche en los estudios de LN+ fue batida una posta mayor, armonizada en la secuencia completa que protagonizaron el conductor Luis Majul y un Alfredo Casero en modo bomba. Y si bien Casero ha sido eventualmente protagonista de algunos exabruptos en la televisión, este último resulta especialmente significativo no por su histrionismo sino porque acusa la potencial detonación de los sentidos que vinculan a los periodistas del canal con su más acabado perfil de espectador. Uno de esos claros perfiles de espectador, en consonancia con la línea editorial del canal, resultaba hasta esa noche el representado por el señor Casero, a quien los mismos periodistas legitimaron como una voz más de la mesa.

“Lo estoy diciendo como una persona de la calle”. Casero suele enunciar con la representatividad de quien está del otro lado de la pantalla y consiente las interpretaciones acerca de la realidad política en boca de aquellos analistas profesionales. Sólo que esta vez fue demasiado. “Nos están robando la República” empezaba acusando el invitado a tono con la charla, pero la escalada no terminaría ahí. Contrario a la mayoría de las veces, donde el discurso entendido como “de la gente” queda contenido por los profesionales y su formato de administración de la palabra, aquí el invitado quebró la dinámica desde el comienzo.

En primer lugar, Casero no responde, sino que interrumpe al periodista Pablo Rossi, quien delegaba la charla en el pase hacia el programa de Majul. “Perdón Rossi…” advierte con el pulgar en alto, como el puntapié a un desplante que le pasará por encima al protocolo periodístico y sus tiempos cronometrados. Este gesto resulta un primer indicador del hartazgo: a la persona de la calle ya no le importan las reglas del estudio de televisión. Y los conductores, ocupando dos tercios de la pantalla partida, callan y otorgan, esperando encontrar tal vez los tan usuales misiles retóricos hacia el siempre vapuleado campo popular. Pero no: el invitado sintomatiza en cambio su rechazo político ya no hacia la obvia figura de CFK, sino hacia los mismos mediadores que le dan entidad a su palabra, los analistas del discurso vicepresidencial, o sea, el periodismo. “Están metidos todos en la misma trenza…” acusa e incluye también a los “periodistas que dicen lo que le mandan a decir, para cuidarse el culo”.

Esta acusación mueve el tablero porque por primera vez redirecciona la bronca, absorbiendo también al periodismo en su hongo radioactivo. Asegurando que “nos toman por estúpidos a nosotros que estamos detrás de esa pantalla en nuestras casas” la rebelión queda declarada; ya van largos segundos en que el invitado confronta a la conducción del programa.

Pero este altercado no debe ser visto al nivel de lo histriónico o lo bizarro, tampoco de lo anecdótico o como fuente de potenciales memes, sino que debe ser interpretado en los términos identitarios que dan lugar a tan acalorada interlocución: un espectador fiel que reprueba el tratamiento periodístico del comunicador central. Dos identidades -antes tan bien vinculadas por intermedio de la pantalla y el rechazo hacia la dama en cuestión- finalmente colisionan. De esto es prueba la incontinencia caseriana con la que el desplante sigue y sigue sin que Majul pueda cortarlo, apenas interrumpiéndolo en su aluvión de críticas. El hecho capital de esta escena fellinesca es que la misma audiencia alimentada por años y años de desaprobación antikirchnerista, ahora se retoba frente a quienes siempre han sembrado tal reprobación, y cual Dr. Frankeinstein comprueban que la criatura ¡está viva! y se deshace en su furia de las interrupciones opresivas del protocolo periodístico ya a sus ojos inútil. 

“Te puedo pedir una cosa, ¿se puede conversar tranquilo?” “¿Qué significa estar tranquilo, Majul?” es el intercambio que marcará el comienzo del fin. Majul trata de apaciguar la exaltación con un chiste, pero el tiro le sale por la culata: el indignado espectador de LN+ se indigna diez veces más frente al buen humor de su interlocutor, y, luego de otra interrupción, una ñapi rompe la mesa y trastoca el registro de tevelandia.

¿Pero qué? ¿Casero se volvió K? Lo curioso es que sucede más bien todo lo contrario. La sorpresa del periodista proviene de que su invitado lo reprueba por seguir dándole entidad a la señora vicepresidente. “Yo me acordaba el otro día que Alfredo dijo ¡basta de Cristina!” asegura Pablo Rossi al introducir la charla, creyendo que el invitado repetiría el mismo discurso del otro día; pero Alfredo, el artista popular, fue mucho más allá. Su bronca significa el siguiente paso por parte de un sector de la audiencia, que, aparentemente, si nos atenemos a sus recursos retóricos y gestuales, no acepta ni siquiera que Cristina Fernandez exista dentro de la misma oferta periodística de los profesionales. Tal es el nudo del conflicto. Una nueva etapa de lo anticristinista, que ni siquiera la asume dentro del discurso periodístico hipercrítico que consume. Y con esa convicción el espectador infatuado golpea como un tornado, es decir, a diestra y siniestra, o a K y anti K.

Pero claro, la noticia del día era el doctorado honoris causa que recibió la señora por parte de la Universidad del Chaco Austral, ocasión donde la fémina infamante se despachó con frondoso discurso. Y el periodismo de La Nación, frente a tal acontecimiento, hizo lo que suele hacer: criticarla, ubicarla como el centro de atención de su prédica incendiaria, sin sospechar que en el Alfred of the people anidaba ya un rechazo fundamental frente a esa mujer. Es esta circunstancia la que gatilla luego el descontrol cual escena de un chachacha trágico: la intolerancia de Casero pretendía que la discusión estuviese más allá de la figura de CFK, desconociendo curiosamente que para Luis Majul tal figura resulta central en la elaboración de su discurso periodístico, tal es así que, como dijera el Coki Capitanich, gobernador-anfitrión de la señora, hablan hasta de sus silencios. Y bien, señoras y señores, tal es la paradoja massmediática: el monotema de la prédica anticristinista luego de tanto tiempo ha construido a un receptor que directamente ya no la soporta, autoboicoteándose así el principal artificio que les daba identidad discursiva en primera instancia. 

Y tales evidencias se pueden rastrear a través de un sketch freudianamente fértil, donde fallidos y significantes acusan la paradoja.

En primer lugar, el rechazo de Casero es fundamental (o sea que tal rechazo es fundamento para el resto de su discurso) porque a la vicepresidenta, en su deriva reaccionaria, no logra ni nombrarla. Durante la charla se refiere a su figura como “esta persona” (negando cualquier rasgo de relevancia subjetiva), luego “esta mujer”, e incluso “esta enfermedad” (clásica acepción antiperonista) demostrando una de las condiciones más básicas de este síntoma que derivará en desplante: el significante en cuestión resulta innombrable. Es ignominioso. Cuesta mucho decirlo. Sólo cuando la autoridad televisiva lo apura a nombrarlo (“¿pero quién?”) el invitado revela el cuerpo del fantasma en toda su materia, el vital significante que flota en redor de su furia: ¡Cristina Fernández de Kirchner! Una mujer a la cual, aclara, “no le tengo ni un puto miedo” para minutos después, abandonando el estudio en pleno acceso de rabia, asegurar que el que asegura “no te tengo miedo, es porque está cagado’ en las pata’”, funcionando en este caso la unidad de medida “un puto” como multiplicador del valor, de modo que la putez, rasgo históricamente achacado al género femenino, expandiría aún más la magnitud de la cagada’ en las pata’.

El segundo rasgo que demuestra este rechazo fundamental, es que, minuto antes, Majul se había dedicado a abordar la figura vicepresidencial tratando de “despicopatearla” -neologismo majuliano- y, en el programa anterior, Pablo Rossi venía de describirla como una reina desnuda, graficándola en una caricatura montada a pelo limpio sobre un blanco corcel. Es decir, un tratamiento bastante incendiario por parte de ambos, que aún así dejaba insatisfecho al famoso intérprete del personaje Juan Carlos Batman. Porque en tal rasgo reside la fundamentación de su rechazo: no quiere que la traten de loca, sino que, directamente, no la traten.

Con todo, no es útil anclarnos puntualmente en Alfredo Casero, sino en la voluble representatividad que su figura puede guardar sobre un sector de la sociedad que, además, es audiencia. Y que, en tanto figura de la audiencia, supo boicotear en un rapto reaccionario los modos de comunicar de uno de los medios más convocantes del país. Casero es apenas una anécdota, un actor genial e incontinente, un intérprete rico en histrionismo pero sumamente desarticulado en concepto, que casi no puede defender su punto de vista si el periodista de turno lo interrumpe.

El hecho es que hubo un cortocircuito en la red de sentidos de La Nación, y esto no es ni bueno ni malo, sólo deja las cosas en latencia. Por más que luego Pablo Rossi haya blandido la teoría del fenómeno Will Smith, donde la sociedad quiere castigar a algún político con su voto, dejando por fuera de la ecuación lo verdaderamente sucedido en esta célebre secuencia televisiva: una auténtica rebelión de audiencia en la granja del periodismo.

Y sino, buscá Mandela.


 Tomás Vaneskeheian es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por UBA.



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